una notita previa de parte de Daga
Antes de que empieces a leer, sería bueno que tuvieras en cuenta que se trata de una historia angst, y que explora temas sumamente difíciles de tratar, incluyendo abuso e incesto. Este fic de Claudia es un trabajo muy fino, en mi humilde opinión, y lo recomiendo sinceramente a todos los que aprecian un buen angst.
¿Que qué es "angst"? Literalmente, significa "angustia", las historias de este tipo poseen altas dosis de dolor emocional. Una sugerencia: cuando leas un angst recuerda proveerte de pañuelos ^_0
DESPEDIDA
por Claudia
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“¡¿Qué,
no puedes hacer algo tan simple?!”
“Duele,
duele... Ikky... ¡Duele!”
"No hay otra forma, no hay otro modo de sobrevivir... por lo menos no para ti"
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Hermoso,
el lugar era realmente hermoso. El inmenso llano se extendía hasta el
horizonte, donde un ya desfalleciente sol se ocultaba detrás de las montañas.
El ocaso, con sus traslúcidos tonos carmesís y escarlatas, le daba al ambiente
un aspecto acogedor y grato.
Tupidos
árboles de cerezo bordeaban el lugar, matas de arbustos creciendo a sus pies,
el verde pasto por doquier y las margaritas en flor, espléndidas, brillantes en
su encendido amarillo.
Una
cálida brisa recorrió el lugar, haciendo estremecer las ramas de los árboles
en una danza armónica y continua.
Parpadeó,
mientras acomodaba su sedoso cabello detrás de una oreja. Tantos recuerdos...
Ese sitio le traía tantos recuerdos, remembranzas de tiempos idos, lejanos, de
tiempos mejores, sin duda alguna.
Recorrió
con los ojos el lugar, en busca de un sitio en particular. Se dirigió al claro
con paso lento cuando lo halló, semiescondido por las sombras de la tarde que
comenzaban a pronunciarse.
Tocó
el tronco del árbol que tenía enfrente, rozándolo con sus manos pudo sentir
su aspereza. Sus dedos se introdujeron en las hendiduras de su superficie.
Marcas de unos pequeños puños de niño, las marcas que su hermano había
dejado y que hasta ese entonces no habían podido borrarse a pesar del paso del
tiempo, de tantos años.
Recordó
a Ikky imprimiendo sus golpes en el grueso y duro tronco, recordó las palabras
que le había dicho al ver sus manos heridas: “Hermano... por favor, detente,
detente, te estás haciendo daño” con voz angustiosa. “Es tu turno” le
había respondido, con la mirada severa.
Dolor...
Observó sus manos ensangrentadas y el dolor que se apoderaba de ellas, levantó
los ojos llorosos, suplicantes hacia su hermano. “Eres demasiado débil” había
contestado Ikky, dándole la espalda y alejándose “Así no podrás
sobrevivir”. Las lágrimas del pequeño Shun brotaron incontenibles y se cubrió
los ojos, manchando su delicado rostro y sus cabellos con la sangre que de sus
manos emanaba.
Lanzó
un hondo suspiro levantando el rostro hacia las tupidas ramas, luego separó sus
manos y las observó. Blancas y delicadas. Las heridas de ese entonces habían
sanado. Sin embargo las cicatrices de su alma y corazón aún no se habían
cerrado completamente. Es más, temía que se volvieran a abrir.
“Débil,
demasiado débil”. Estas palabras siempre presentes en su mente. Demasiado débil
para defenderse, para sobrevivir... para negarse.
Se
recostó en el grueso tronco, cruzando los brazos sobre el pecho, dirigiendo su
mirada hacia el suelo. Comenzaba a hacer frío, el viento agitaba sus ropas y su
cabello.
Demasiado
débil para defenderse... para no depender de los demás, para sobrevivir por sí
mismo...
Agitación
en su mente.
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-Sabía
que estabas aquí –dijo, entrecortadamente, jadeando con fuerza y apoyando las
palmas en las rodillas.
Shun
levantó el rostro y observó al joven que tenía enfrente. Su pecho subía y
bajaba tratando de regular su irregular respiración.
-Hyoga...
-Como
no te encontré en la mansión pensé que estarías aquí, así que me apresuré
en venir...
-¿Pero
por qué estás tan agitado?
-Corrí
mucho – sus mejillas estaban enrojecidas por el esfuerzo – tenía que hablar
contigo.
-¿Cómo
me encontraste? –preguntó con curiosidad, acercándose a su amigo.
-Es
lógico, este lugar es donde venías a entrenar con Ikky ¿no es cierto? ¿Dónde
más podías estar?
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-¿Así
que viniste a despedirte? – le dijo Hyoga, a la vez que pasaba el pañuelo
blanco que Shun le había ofrecido sobre su rostro sudoroso.
El
joven dirigió su mirada hacia el horizonte, donde parecía perderse en los
matices naranjas del cielo.
Ambos
estaban sentados debajo de las ramas de un frondoso árbol, sus rostros
iluminados a medias por los haces de sol que las hojas filtraban.
-Mañana
partiré hacia Osaka y no podía irme sin visitar este lugar.
-Estarás
fuera por cinco años ¿cierto?
-Sí,
pero vendré a visitarlos cada verano, en las vacaciones. Las clases son muy
duras así que tendré que esforzarme mucho si quiero aprobar los cursos.
-Claro que lo harás, siempre fuiste un muchacho muy decidido. La Universidad no será la excepción
El
sol casi se había ocultado y las oscuras sombras empezaban a reemplazar a la
anaranjada luz que las antecedía.
-Ese
árbol, es donde Ikky y tú practicaban, ¿verdad? –dijo el rubio ladeando la
cabeza hacia donde habían estado minutos antes - ¿Aún
tienes esas cicatrices?
El
muchacho volvió a observar sus manos.
-Algunas,
aunque no se notan mucho.
-Él siempre fue muy duro contigo. Aún lo recuerdo, jamás me pareció justo. Después de todo él era un tipo duro, recio... insensible. Irónico, a pesar de ser su hermano resultaste ser muy diferente a él.
Shun
entrecerró los ojos.
-El
sólo quería lo mejor para mí –dijo, soltando un suspiro y apoyando la
cabeza en el árbol que tenía a su espalda.
-Nunca estuve seguro de ello. Tal vez... todos nosotros somos tan culpables como él.
Shun
lo miró sorprendido. Estaba a punto de preguntar sobre lo que significaba su última
frase.
-Ah,
casi lo olvido, toma – Interrumpió Hyoga, tendiéndole una pequeña caja de
cartón de forma rectangular de color blanco.
El
joven la tomó entre sus manos, algo intrigado, mirando primero al brillante
forro y luego a Hyoga para volver su vista de nuevo a la caja.
-Vamos, ábrelo.
Obedeció,
a pesar de su sorpresa, desatando con cuidado la cinta roja que estaba amarrada
en medio.
Sus
ojos se abrieron enormes, con gran asombro.
-¿Hyoga...
pero por qué? Yo... esto no es necesario...
Se
quedó sin habla por unos segundos. Luego levantó la cadena y la envolvió
cuidadosamente en su mano, observando la Cruz de plata que pendía de ella.
-¿Qué
dices, te gusta?
-Es...
es hermoso... Es el rosario de tu madre…
-Es
lo más valioso que tengo, podría decir incluso que es lo único valioso que
poseo. Quiero que lo conserves.
-Gracias,
pero yo... no puedo...
-¡Claro
que puedes, y lo harás! – Hyoga cogió con un brazo el cuello de Shun, luego
lo atrajo un poco hacia su pecho mientras que le daba leves coscorrones en la
cabeza-. Porque si no me enojaré y sabes lo que eso significa, ne Shun - chan-
dijo con falso enojo y riendo entre dientes.
-Está bien, está bien... –respondió a su vez, riendo, tratando de zafarse. El cisne lo dejó ir finalmente.
-Gracias...
- dijo, con una voz profunda - ¿Pero por qué?
-Bien,
estarás fuera cinco años, significa que no podremos cuidar de ti como lo hacíamos
aquí. ¿Sabes tú cuántas tentaciones y peligros existen en las ciudades tan
atestadas como esa? Mujeres... amigos... licor... discotecas...
Demasiado para un muchacho decente. Por eso quiero que la conserves, te
protegerá, te lo aseguro. Además es de buena suerte...
Shun
asintió, enternecido.
-Te
lo agradezco mucho, Hyoga.
Luego
se dirigió nuevamente a lo que tenía entre sus manos, lo miró fijamente, como
queriéndose perder en aquél resplandor, en aquella brillantez que parecía
fascinarlo. Levantó una mano y comenzó a jugar con las cuentas entre sus
dedos. Suaves,
nacaradas... Una ligera agitación
le hizo entreabrir los labios.
-¿Te recuerda a él? – Shun levantó los ojos, encontrándose con los de su amigo. Hyoga pudo distinguir en ellos un hondo sentimiento de tristeza. – Después de todo él me lo devolvió, al regresar de la Isla Reina Muerte, cuando creímos que estaba muerto.
Muerto...
Shun
sintió un nudo en la garganta, al mismo tiempo que las lágrimas se agolpaban
en sus ojos, presurosas por salir. Un agudo dolor comenzó a extenderse por su
pecho.
Recuerdos
comenzaron a arremolinarse en su mente, imágenes
de sucesos ya pasados, sensaciones que lo volvían a recorrer, estremeciéndolo...
Imágenes y sensaciones de dolor y lágrimas, de muerte. La sonrisa de Ikky, su
voz... su respiración agitada... sus ojos nublándose... La sangre que cubría
su cuerpo.
-Shun...
yo no quería...
-No,
no es tu culpa – dijo con pesar, sus palabras quebrándose- ... yo sólo
necesito...
Extendió
los brazos hacia Hyoga y se hundió en su pecho, sollozando suavemente.
-Está
bien... está bien... Shun, llora todo lo que quieras...– dijo con ternura,
estrechándolo contra sí, comprendiendo el dolor que embargaba a su amigo –
Desahógate.
-Este
lugar... está tan lleno de él... de tantos recuerdos... de tantas cosas...
Yo... debo ser fuerte... tengo que ser fuerte... porque si no lo hago... –
continuó, sus sollozos haciéndose cada vez más intensos y profundos.
-Siempre
trataste de ser fuerte, siempre Shun... – lo estrechó aún más, acariciando
su sedoso cabello.
Pasaron
algunos minutos. Las sombras ya habían cubierto el lugar casi por completo y la
luna comenzaba a alumbrar con haces platinados el paraje.
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“Es
tu turno, Shun”
Silencio
“¿Qué
no me oíste? ¡Dije que ahora era tu turno!”
“Basta...”
“¿Dijiste
algo?”
“¡Basta!
¡Basta! ¡No volveré a hacerlo! ¡No lo haré!
“Hummm...
El niño está siendo desobediente de nuevo... Creo que tendré que enseñarte a
obedecerme”
“Ikky...
no...”
-¿Te
sientes bien? – preguntó, separándolo un poco de sí, mirándolo a los ojos.
-Sí...
ya me siento mejor... gracias.
-Sigues
siendo un niño llorón... – agregó divertido.
Shun
sonrió levemente. En verdad se sentía mejor,
haber llorado parecía haberlo liberado en algo del enorme peso que
cargaba sobre sus hombros.
Hyoga
observó los ojos de Shun enrojecidos por el llanto. Las pupilas verde esmeralda
siempre lo habían fascinado, tan profundas y brillantes... como las de un niño
–pensó. Eso era Shun, un niño
inocente que por azares del destino había sido obligado a llevar una
vida que no le correspondía, que de ningún otro modo habría aceptado. Si tan
sólo hubiera podido elegir su destino... El destino... Ahora que las batallas y
enfrenteamientos habían terminado su vida podría tomar otro rumbo. Estaría
lejos, tratando de olvidar un pasado lleno de tristezas y rencores, de muertes
que le habían parecido inútiles, de sangrientas luchas en las que había
eliminado a muchos; olvidaría que tenía que proteger a una Diosa que en más
de una ocasión había ofrecido su vida por el bienestar de los demás, del
mundo entero.
Sí...
Era lo mejor para él. El recuerdo de Ikky aún estaba presente en la mente de
Shun, con el tiempo seguramente también lo dejaría atrás, presionado por la
tensión de los exámenes y la agitada vida en una ciudad como Osaka no tendría
tiempo para pensar en eso.
“¿Se
olvidará también de mí?” – se dijo con cierto pesar por décima vez en
ese día. Por lo menos tendría algo con que recordarlo. No tuvo que pensarlo
dos veces. Le daría lo más preciado que tenía, la única posesión que
consideraba valiosa. Shun sabía lo que ese rosario de plata significaba para él.
Era el único recuerdo que de ella le quedaba, el que su madre le había
entregado días antes de morir.
Sin
embargo...
Hyoga
bajó un poco los ojos y observó los brillantes surcos que las lágrimas habían
dejado en las mejillas de Shun. Levantó la mano y las limpió cuidadosamente
con el dorso. Se detuvo y reposó su palma en aquella piel, tan pálida y tersa.
Shun
pestañeó, algo en la mirada y el contacto de Hyoga lo estaban perturbando.
-No
sabes cuánto te extrañaré, mi querído Shun –dijo en un susurro, ladeando
ligeramente su rostro y acercándolo al del muchacho.
-Hyoga...
yo...
Un cálido contacto apagó las palabras que iba a pronunciar. Era Hyoga, Hyoga presionando su boca.
Abrió
los ojos con sorpresa, el repentino contacto le quitó el aliento. Sentía como
los suaves y blandos labios del caballero estaban posados sobre los suyos,
descansando con delicadeza, tiernamente.
Una
abrumadora sensación lo recorrió. Tan diferente era aquél beso de los que había
recibido antes, de los que en más de una ocasión le habían sido arrebatados
con fuerza y violencia. Demasiado suave, delicado, sutil, tan dócil...
Shun
sintió como sus mejillas comenzaban a encenderse.
Hyoga
rompió el beso y no evitó sonreír ante el rostro de incredulidad y confusión
de su amigo.
-Es
un beso de despedida, para que nunca me olvides...
-Ahhgmn...
– Shun sólo pudo articular algunas sílabas en su garganta, consternado y
confundido como estaba.
-Ya
es hora de que volvamos a la mansión –dijo el joven de ojos azules, volviendo
el rostro hacia atrás, con dirección al recinto - Vamos – se puso de pie de
un salto y luego tendió una mano hacia Shun para ayudarlo a levantarse. Éste
la tomó, algo desconfiado. Hyoga pasó un brazo por sobre el hombro del aún
sorprendido muchacho, sin tomar importancia a los cuestionantes ojos con los que
Shun lo estaba mirando.
-Si
no nos apuramos no quedará nada de la cena para nosotros –agregó, con una
sonrisa, apurando el paso.
El muchacho de ojos verdes sólo asintió, dejándose conducir por aquel que lo estrechaba. Mil preguntas agolpándose en su mente, el hormigueo aún presente en sus labios, la particular sensación y sabor que Hyoga había dejado en ellos.
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Miró
al techo blanco, tan lejano. Si pudiera extendería sus manos hacia él,
procurando tocarlo... Si sus dedos pudiesen alcanzar la lisa superficie
talvez... talvez... algo ocurriría, talvez despertaría de la terrible
pesadilla que en ese momento lo atormentaba.
Más
era inútil, demasiado alto para que lo pueda tocar.
Demasiado
real para ser un sueño.
Algo
tibio se escurrió por sus mejillas. Lágrimas.
Se
había jurado no volver a llorar, no delante de él, no
de nuevo.
Con
suerte, aquello acabaría pronto.
Pero
estaba equivocado, esta vez Ikky se mostraba más ávido que en otras ocasiones,
no apasionado, sino más bien voluptuoso.
Lo
estaba torturando en manera desmedida, estaba ejerciendo en él una violencia
inusual.
Ladeo
la cabeza, cerrando los ojos fuertemente, su mejilla reposando contra las sábanas
blancas.
Unos
dedos se posaron en su barbilla, haciéndolo volver el rostro con fuerza. “Hoy
estás algo tenso, itoshii” dijo la grave y sensual voz masculina. Shun podía
sentir el fuerte olor a virilidad y madurez que emanaba del sudoroso cuerpo de
Ikky. Conocía ese aroma, había aprendido a reconocerlo en todas las
oportunidades en las que había compartido su intimidad con él. Aquél aroma y
el salado sudor lo repelían en forma particular, asqueándolo.
-Ikky... detente... –susurró, mordiendo las palabras, con la voz quebrada casi en súplica.
-¿Detenerme?
Pero si recién estamos comenzando, pequeño... –sonrió lascivamente, Shun
sabía lo que ese gesto significaba, que no iba a poder evitar lo que su hermano
estaba dispuesto a hacerle, que no
sería considerado.
-Por
favor... - rogó, en un último y desesperado intento –muy a su pesar las lágrimas
rodaron libres por su sonrojado rostro.
Sus
puños apretaron con fuerza las sábanas cuando sintió la mano de Ikky
deslizarse pos su cuello, masajear su torso y bajar hacia su estómago.
-¿Sabes cuánto me excita verte así? – dijo, entrecerrando sus ojos.
Una incómoda sensación se apoderó de él cuando sintió al Fénix deslizarse hacia sus muslos. Comenzó a sollozar, en silencio.
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-¡Salud!
Las
copas se levantaron en alto, al unísono, el resplandeciente licor ladeándose
de un lado a otro dentro del brillante cristal.
-¡Por
nuestro amigo Shun!
-¡Sí
y por que deje muy en alto en nombre de los Caballeros de Atena!
Media
docena de labios se posaron sobre el frío cristal, sorbiendo el dulce elixir.
-Ah, este vino es realmente bueno –dijo agitando la copa frente a sus ojos -¿Saori, comprarás uno igual cuando yo estudie en la universidad?
Todos
lo miraron perplejos, sin poder creerlo. Luego estallaron en risas.
Seiya
hizo un mohín, con una mueca de disgusto en el rostro.
-¡¿Qué, acaso dije algo gracioso?! – gritó molesto, pasando de rostro en rostro.
-Discúlpame,
Seiya, pero antes de que tú ingreses en la universidad la Siberia se habrá
convertido en un hermoso paraíso tropical.
-¡Hyoga!
-Y
los polos se habrán derretido.
-¡Shiryu!
-Y
Zeus volverá a gobernar la tierra
-Atena...
¿Tú, tu también?
Seiya
tenía una cómica frustración en el rostro, lágrimas salían como chorros de
sus ojos.
-¿Así...?
- dijo, recuperando la compostura y con una media sonrisa en los labios
– Pues antes de que yo ingrese a la universidad, bien...
Entrecerró
los ojos con malicia
-Hyoga
podría tener una cita –El cisne acalló de pronto, sin saber que decir.
-O
Shiryu pediría a Sunrey en matrimonio – El caballero casi se atora con el
vino que estaba bebiendo.
-O
Saori podría conseguir un novio – La sonrisa desapareció instantáneamente
de su rostro, suplantada por un intenso rubor.
Se
miraron unos a otros, intercambiando impresiones, Seiya sabía como molestar a
los demás, era un don en él. Y en esta ocasión había dado en el clavo.
Un
sonido proveniente de una esquina llamó su atención. Era Shun, conteniéndose
para no soltar las risotadas que iba a lanzar. Demasiado tarde, el caballero de
Andrómeda rió de manera abierta, sujetando su estómago con ambas manos, de
una manera que le era usual y que todos tan bien conocían.
La
sonrisa volvió a los rostros de los otros y decidieron acompañar a Shun que se
desternillaba de risa y limpiaba las lágrimas que asomaban a sus ojos. Pronto
todo el comedor estaba envuelto en una sinfonía inacorde de carcajadas.
-Vaya,
pensé que estabas de mal humor o algo así, ya nos
estabas preocupando –dijo Shiryu dirigiéndose a él y acercando el
cristal a su boca.
-No
es eso, sólo… sólo estaba un poco nervioso por el viaje de mañana -
respondió Shun, apagando sus últimas risas.
Shun
había procurado guardar silencio durante toda la velada, esquivando cautamente
las ocasionales miradas del Cisne y riendo de vez en cuando de las tonterías de
sus camaradas. Sin embargo, ahora estaba menos tensionado.
La
cena concluyó y todos se despidieron amablemente del muchacho. Al día
siguiente tendrían que dirigirse muy temprano al aeropuerto que llevaría a
Shun a su destino, con todo el ajetreo del viaje ni siquiera tendrían el tiempo
para tales ceremonias.
Shiryu,
en un acto muy propio de él recomendó una selecta lista de libros que a su
criterio eran necesarios para todo buen estudiante de la universidad. Seiya,
contrariamente, hizo hincapié en un número notable de pistas de baile y
centros nocturnos, recibiendo, por supuesto, un sonoro coscorrón de su amigo
Dragón. Por su parte, Atena, aseveró en el tono maternal que era tan propio de
ella, que siempre, siempre podría contar con ellos, pasara lo que pasara, que
sin importar lo que fuera, sus amigos velarían por su bienestar, como siempre
lo habían hecho.
Shun
sonrió, satisfecho y agradecido. Antes de despedirse estrechó fuertemente a
cada uno de ellos, incluido Hyoga. Mañana sería un día muy ajetreado, sin
duda alguna...
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De repente apagó su llanto, fue inundado por un nuevo pensamiento que había asaltado su mente. De pronto todo se había aclarado, había encontrado la solución a sus problemas, la cura para su dolor... una suave, casi imperceptible sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
Ahora
sabía lo que tendría que hacer, lo sabía... Limpió sus lágrimas con el
dorso de su mano, sintiendo como una extraña tranquilidad lo embargaba...
Se
inclinó hacia delante, cogiendo de los brazos al joven que estaba sobre él,
con un movimiento rápido invirtió sus posiciones, aprisionándolo entre las sábanas.
Ikky
parecía confundido, aún más cuando sintió a Shun acercándose para tomar sus
labios en un apasionado beso. Gimió en medio de su sorpresa, sintiendo ser
invadido por una ávida y cálida lengua que recorría el interior de su boca
con un frenesí arrebatador.
Se
sintió completamente abrumado por la onda de estímulos a los que estaba siendo
sometido. Shun recorría con sus manos cada centímetro de su
cuerpo, haciéndolo contorcerse y gemir de placer, mientras que sus
labios descendían a través de su torso en un húmedo recorrido, desde su boca
hasta su cuello, mordiendo la piel suavemente, hasta detenerse en una de sus
rosadas tetillas.
Ikky
no podía creerlo... Shun... Shun le estaba haciendo el amor...
En
todo ese tiempo nunca había podido lograr que Shun tomara la iniciativa,
siempre era él quién tenía que hacerlo todo, todo. A veces se enojaba mucho
por la falta de interés de su hermano, en ocasiones estallaba de manera
agresiva ante eso, en otras se sentía súbitamente excitado ante la actitud
sumisa y dócil de Shun.
Pero
ahora, ahora...
Talvez
por fin Shun lo había comprendido... talvez... Sintió su corazón
enternecerse, mientras era invadido por todas esas otras sensaciones.
Sólo
había querido eso, sólo eso, que Shun comprendiera porque se comportaba así,
que comprendiera porque era necesario lo que estaban haciendo y lo importante
que era para él. Lo mucho que lo amaba y lo tanto que lo necesitaba, tanto su
amor como su cuerpo. Pero Shun no lo entendía. No... Y le causaba dolor el
tener que dañarlo en ocasiones, el tener que herirlo... que forzarlo, pero era
inevitable. Shun debía entender, debía hacerlo... tarde o temprano lo haría.
Ese era el momento... Su momento...
Enredó
sus dedos en el cabello del joven mientras lo sentía lamer suavemente su estómago.
-Tú...
tú... y yo nos pertenecemos... – dijo suave, muy suave, tanto como la
excitación que experimentaba se lo permitía - Eres mío ¿comprendes? Ah... Mío...
mío... Sólo mío. Nadie más puede tocarte, nadie más puede verte... porque
me perteneces... porque me debes tu vida...
Ikky
arqueó la espalda cuando sintió a Shun moverse sobre sus caderas, a un ritmo
constante y continuo, estimulando su sexo con el suyo en un contacto
enloquecedor. Eso fue suficiente para hacerlo perder el sentido de todo lo que
le rodeaba. Una corriente eléctrica pareció recorrerlo de extremo a extremo.
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La
habitación estaba en penumbras, un profundo y hondo silencio hacía presa del
lugar, evidenciando lo avanzado del anochecer.
Se
giró sobre su flanco derecho, cubriéndose con las blancas sábanas en un
intento de conciliar el sueño. Era imposible. En esas tres largas horas no había
conseguido apaciguar sus agitados pensamientos con el fin de hallar el tan
deseado descanso.
¿Y
cómo hacerlo, si había cometido esa locura?
¿Cómo,
si casi sin pensarlo había cedido ante sus ansias, ante su necesidad de
besar a ese hermoso muchacho?
Hyoga
se irguió a medias, apoyándose en sus codos para sentarse en sobre las sábanas,
con un movimiento rápido encendió la lámpara que estaba sobre la pequeña
mesilla al costado de la cama.
-¿No
es un poco tarde para que estés despierto? – preguntó, mientras se
restregaba los ojos, que se habían resentido un poco ante la repentina y tenue
claridad.
Había
una silueta en medio de la habitación, las débiles luces de la pequeña lámpara
apenas podían definir sus contornos, manteniendo ocultos los rasgos de ese
rostro. Sin embargo esa voz era inconfundible...
-¿Dime...
por qué lo hiciste? - la voz
sonaba severa, firme, resonando en todos los rincones de la habitación.
El
joven dio un suspiro, mientras ladeaba la cabeza para huir de la mirada
inquisidora de aquellos ojos color de esmeralda que lo observaban fijamente a
través de la velada oscuridad.
-¿Por qué más podría hacerlo? – respondió - Podría decirte que fue algo que no había querido hacer, que no había planeado, pero la verdad es que lo deseaba, hace mucho...
-¿Por
eso lo hiciste, por eso...?
Hyoga
sonrió levemente, dirigiendo su mirada hacia el muchacho de ojos verdes.
-¿Y
qué quieres que te diga? – pronunció, con una media sonrisa en el rostro y
levantando las palmas, para luego
dejarlas caer pesadamente entre las sábanas – ¿Que me he enamorado de ti, de
mi mejor amigo, de un hombre? ¿Que soy raro o algo por el estilo?... ¿Que me
gustas, que te amo?... Pues sí, es eso, es la verdad... te amo... te amo Shun.
Apretó
las sábanas blancas en sus manos, con fuerza. Lo había dicho, sí, por fin lo
había confesado. Sabía que no era el momento ni el lugar indicado, pero talvez
no tuviera ninguna otra oportunidad de hacerlo. Menos aún sabiendo que el
muchacho partiría a una ciudad muy lejana, que no lo vería durante mucho
tiempo.
¿Desde
cuándo había amado a ese joven de ojos verdes?
No
lo sabía exactamente, talvez desde el día en que lo vio por primera vez,
cuando lo encontró llorando detrás de un árbol porque algunos de los chicos
del orfanato lo habían golpeado. O talvez cuando regresó de su exigente
entrenamiento como caballero, viéndolo tan crecido, convertido en un apuesto
adolescente, pero aún conservando esa pureza e inocencia que le habían
caracterizado desde muy niño, las mismas que lo habían conmovido desde su
primer encuentro.
En
más de una ocasión había acariciado largamente ese deseo... Esos delicados
labios con los suyos, esa dulce tibieza mezclándose con la suya...
No
era algo que hubiera premeditado, sucedió sin que pudiera evitarlo. No había
podido contenerse, simplemente.
Se
había sentido irremediablemente atraído hacia ese chico, fascinado ante sus
hermosas facciones, ante la tersura de su piel de alabastro... teniéndolo tan
cerca, perdiéndose en las profundidades de esas pupilas esmeralda, viendo de
cerca esos labios rojos entreabiertos... seductores, insinuantes, irresistibles.
Ahora
tendría que pagar las consecuencias por ceder ante
su pasión. Shun se había notado algo tenso durante la cena, talvez no
le volvería a dirigir la palabra o simplemente se alejaría de su vida, sin
esperar explicaciones ni aclaraciones de su parte.
Era
un tonto... y un necio por actuar de manera tan atropellada, tan inconsciente,
tan impulsiva...
¿Mas
como evitarlo después de tanto tiempo de haberlo deseado?
Parpadeó
varias veces, con la mirada baja, mientras los mechones de cabello dorado le
ocultaban los ojos, junto con el ligero rubor que se había agolpado en sus
mejillas.
¿Qué
haría ahora? ¿Qué?
-¿Estás
satisfecho ahora? – dijo cansadamente, como queriendo terminar con esa estúpida
declaración.
Sintió
una cálida mano en su mejilla que le hizo volver el rostro suavemente. Se
encontró frente a frente de nuevo con esas brillantes pupilas, mirándolo con
fijeza, pero había una extraña seguridad en ellas, algo que no había visto
hasta ese entonces y que extrañamente lo hizo sentir intimidado. Esos ojos
verdes lo miraron profundamente, como queriendo hallar algo dentro de sus ojos
azules. De pronto parecieron suavizarse, haciendo menos severa la expresión de
ese rostro.
En
un gesto imprevisto, Shun se acomodó al lado suyo, tendiendo indolentemente su
cuerpo entre las desordenadas sábanas, apoyando su cabeza en las piernas de
Hyoga.
Hyoga
se sintió muy sorprendido ante el extraño proceder, y sintió su corazón
latir más rápido, mientras entreabría los labios para decir algo.
-Sh... Shun...
El
joven respiraba débilmente, los tenues haces de luz hacían brillar su
cabellera en cambiantes tonos azules y verdosos. No resistió la tentación de
enterrar sus dedos en la sedosa melena.
-Cuando era pequeño, muy pequeño, recuerdo que siempre había una mujer que me tenía en brazos, alguien que me hablaba con ternura, con cariño. Todavía sueño con esos ojos, mirándome con afecto...
-¿Era
tu madre...?
-No lo sé, creo que sí. Esos ojos, su voz tan dulce... es lo único que me queda de ella. Todavía guardo esos tiernos sentimientos que me inspiraba. Siempre pensé que existiría en el mundo alguien que fuera capaz de hacerme sentir lo mismo, de hacerme sentir amado y apreciado aunque yo fuera alguien pequeño, aunque fuera débil y desvalido.
Hyoga
ahora masajeaba suavemente la piel de su rostro, mientras escuchaba
pacientemente lo que Shun decía.
-Pero
también tenías a Ikky...
-Él siempre me protegía, estaba allí cuando yo lo necesitaba. Pero no dejaba de considerarme alguien débil, incapaz de defenderse por sí mismo. Es más, siempre me reclamaba el hecho de haber sido enviado a la isla Reina muerte. Nunca me pudo disculpar eso, nunca... Y yo nunca me lo pude perdonar, siempre me sentía culpable cada vez que él me reclamaba, siempre haciendo lo posible por conseguir que olvidara aquello, que dejara de atormentarme con aquello. Pero no... El no podía olvidarlo...
Hyoga
se sintió enternecido, no había esperado tales confesiones de su
amigo. En todos los años en los que se habían estado juntos había creído
conocerlo. No pensó que Shun estuviera pasando por todo ello.
-Él
decía que yo era muy débil, que no sería capaz de sobrevivir, que por eso
debería depender de él, para protegerme, para ayudarme, como cuando éramos niños.
Que de algún modo yo había hecho de su vida un infierno, que por mi culpa él
había tenido que sobrevivir a todo eso...
La
voz de Shun se quebraba mientras estaba hablando, y Hyoga se sintió impotente
al no poder consolarlo, sólo continuó con sus caricias sobre su piel, escuchándolo,
sabiendo que en ese momento era lo único que podía hacer.
-Él
dijo que yo tenía que pagar de algún modo por lo que había hecho, por todo lo
que le había hecho pasar, por todas las veces en las que salvó mi vida... Y
cuando eso ocurrió yo...
-Shun...
– Hyoga interrumpió, interviniendo finalmente, con un tono de voz muy suave
– Ikky, Ikky está muerto, talvez sea doloroso de aceptar, pero es la
verdad... No vale la pena que sigas recordando todo eso... Aquellas experiencias
tan dolorosas ya quedaron atrás, ahora, ahora tienes todo un futuro por
delante... ahora puedes elegir por ti mismo aquello que deseas, lo que tú
quieres... Ya no tienes que proteger a Saori, ni tienes que saldar cuentas con
tu hermano...
Shun
hundió su rostro entre las sábanas, disfrutando de las agradables caricias de
Hyoga en su piel.
-Debes procurar olvidar todo eso... ya pasaron seis largos meses... Shun... Sé que extrañas mucho a Ikky, que su muerte te dejó muy triste, a pesar de todo lo que pasó entre ustedes... pero...
-No
comprendes Hyoga... yo... yo... lo maté.
Se separó de las sábanas, pausadamente, levantando el rostro para encarar al del joven rubio. Hyoga tenía un gesto de asombro en el rostro, como si no hubiera escuchado bien lo que Shun acababa de decir. Frunció el entrecejo mientras sus ojos se encontraban con los del joven.
-¿Qué…?
-Lo
que oíste Hyoga, yo asesiné a mi hermano.
Hyoga
no hizo ninguna reacción, no podía ser cierto lo que oía, no podía serlo.
Miró con ojos perturbados a Shun, asombrado ante la tranquilidad en su rostro,
ante su voz tan serena, exenta de toda emoción. No... no podía ser... eso no
podía estar ocurriendo... Ladeo la cabeza de lado a lado con lentitud, como
queriendo sacudirse de esa terrible declaración.
-Shun,
tú... no...
El joven caballero se abrazó a su torso, apoyándose en su hombro y cubriéndolo con sus brazos.
-Necesitaba
decírselo a alguien... – susurró, esta vez había cierta inquietud en su voz
– Tampoco esperaba que lo comprendieras...
-Cierra
los ojos... – escuchó Hyoga, a la vez que sentía ser estrechado aún con más
fuerza que antes. De no haber estado tan aturdido por la revelación de Shun había
correspondido a esa caricia como era debido.
Y
obedeció inconscientemente, cuando sintió la suave energía de Shun extenderse
por su cuerpo, recorriendo cada uno de sus músculos, de sus nervios. Esa
sensación de absoluta posesión, de completa entrega de sí mismo... ya la había
sentido antes... sí, era como en aquella ocasión en la que había sido
reanimado por la misma energía al estar moribundo en la casa de Libra, ya hace
tantos años.
Todo
su ser se relajó, y sintió sus pensamientos vaciar su conciencia mientras las
deliciosas oleadas de esa suave tibieza se extendían por todo su cuerpo...
mientras se abandonaba a las agradables y reconfortantes sensaciones que estaba
experimentando. Entreabrió ligeramente los ojos, tratando de discernir lo que
estaba ocurriendo, cuando sintió unos gráciles dedos en sus párpados.
-Cierra...
cierra los ojos Hyoga... – fue lo último que pudo escuchar, antes de que una
profunda oscuridad lo embargara por completo.
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Nunca
pensó que acabaría así, nunca. Fue rápido y preciso, él casi no lo había
sentido, de eso podía estar seguro, un golpe certero y exacto, justo en el
lugar apropiado.
Shun
se levantó de la cama con lentitud y comenzó a vestirse, buscando algunas de
sus prendas en el suelo, donde habían ido a dar al ser desnudado sin mayores
consideraciones la noche anterior.
Un
cuerpo yacía inerte sobre las sábanas. Lo miró largamente, tristemente.
¿Por
qué lo había hecho, por qué?
Aún
no estaba seguro de ello... ¿Era la única forma de liberarse de él, del dolor
que le inflingía a su cuerpo y a su alma?
Una
profunda melancolía comenzó a invadir su ser, haciéndolo estremecerse. Se
llevó ambas manos al rostro mientras se sentaba en una banqueta al lado de la
puerta para poner en orden sus pensamientos, sus agitadas emociones...
¿Qué
había pasado, qué?
Es
como si hubiera entrado a un estado de demencia o algo parecido, que lo había
hecho comportarse de esa manera, que lo había hecho actuar de modo muy
diferente a sus conocidas reacciones.
Talvez
era la tensión de saber que estaba siendo ultrajado por Ikky, o talvez el no
haber podido reaccionar hasta ese entonces de una manera más violenta o
agresiva ante él. Simplemente dejaba que Ikky hiciera esos juegos violentos
sobre su cuerpo, asistiendo a su propia violación de manera impasible,
sumisa... sollozando de vez en cuando, suplicando en otras... pero nunca con el
coraje ni valentía suficientes para apartarlo definitivamente de su ser...
Al
principio, creía que de alguna manera ese era el pago justo por lo que había
hecho pasar a Ikky, por todo el sufrimiento y dolor que había experimentado...
Era una forma de expiación, de autoflagelación por lo mucho que había
padecido su hermano por su causa...
Pero
aquello no tenía fin, no tenía cuando acabar... y su cuerpo y alma violentados
clamaban desesperadamente por una pronto alivio, por una duradera y renovada
paz, la que no hallaría si seguía siendo víctima de su propio hermano, de su
avidez... de su particular modo de hacerlo pagar por todo aquello que
supuestamente le debía.
Sintió
su corazón contraerse en un espasmo doloroso. Y separó sus manos de su rostro
para colocarlas en sus rodillas, donde sus delgados dedos se enredaban entre sí
tratando de calmar en algo la ansiedad que lo embargaba.
Pensó
si talvez algo de la locura de Ikky lo había afectado, como si el verse
expuesto a ese extraño ser, de tan particular temperamento y condición lo había
a su vez trastornado. Como si Ikky le hubiera transmitido algo de su demencia en
todo el tiempo en el que habían estado juntos...
Y
ahora... estaba muerto... muerto... No volvería a ver su mirada lujuriosa ni a
escuchar sus palabras sensuales en su oído, a sentir sus caricias ardientes en
su sensible piel... No... pero para ello lo había asesinado... había asesinado
a su propio hermano...
Por
todos los Dioses... ¿Cómo pudo hacerlo, Cómo?. No tenía excusas, no las tenía...
no eran suficientes... ¿Cómo explicarles eso a los demás, a sus amigos, a
Athena...?
La
angustia comenzó a invadirlo, y en un acto desesperado pensó en terminar con
su propia vida, con el fin de de acabar para siempre con toda esa entupida
representación que había hecho hasta entonces... con la triste escena que había
sido su existencia... con el doloroso remordimiento que comenzaba a morderle las
entrañas ante la muerte de su hermano.
Fue
cuando ocurrió. El techo de la cabaña comenzó a arder en diferentes lugares,
la madera crepitaba consumida por el incesante fuego. Las ventanas estallaron
ruidosamente, haciendo que los vidrios salieran despedidos hacia adentro en
afilados fragmentos que se dividieron en varios pedazos al golpear con fuerza
contra algunos muebles...
Gimió
de dolor mientras sentía como la sangre escurría abundantemente de su pierna.
Con algo de esfuerzo arrancó el gran trozo de vidrio que fue a incrustarse en
su muslo derecho, observando el refulgente cristal teñido de escarlata... de su
propia sangre.
Luego
una explosión tras otra, como si de todas partes estuvieran bombardeando la
casa por cada uno de sus flancos. El sonido era ensordecedor, tanto que le hacía
zumbar los oídos. Una intensa ola de calor le hizo volver el rostro, cubriéndoselo
con ambos brazos. Sentía como si una ráfaga ardiente le estuviera quemando la
piel con su contacto, haciendo arder todo su cuerpo en llamas... No recordó
nada más... había perdido el conocimiento.
Cuando
despertó estaba en la cama de un hospital, vendado por todas partes, con muchas
agujas proveyendo de líquido vital a su necesitado cuerpo...
Luego
de dos días de recuperación le habían dado la trágica noticia... Unos
antiguos enemigos de Ikky habían ido a zanjar algunas cuentas pendientes con él.
Y encontrándolo inadvertido y desprevenido habían atacado sin consideración
la cabaña en medio de un bosque apartado de la ciudad donde solía alojarse.
Era una suerte que él, que Shun, haya
sobrevivido a toda esa explosión y estallido, aún con heridas de consideración
podía juzgarse un verdadero milagro el que siguiera con vida... Pero el pobre
Ikky... Oh, cielos... había quedado tan incinerado que su cuerpo casi no se podía
identificar. Las ropas, su cabello y piel habían quedado completamente
calcinados... era irreconocible...
Pobre
Shun... ¿quién sería el encargado de decírselo?
Saori
tuvo la penosa tarea de informarle.
Shun
parecía impasible al escuchar la trágica muerte. Pero todos podían adivinar
en su interior el inmenso y hondo dolor que estaba sintiendo.
Entonces las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro... abundantes, incontenibles...
Así había ocurrido, sin que nadie se llegara a enterar de lo que había hecho, de lo que en realidad había pasado...
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Abrió
los ojos, con lentitud, parpadeando varias veces, tomando poco a poco conciencia
del lugar donde se encontraba, de lo que había ocurrido.
Estaba
otra vez en su habitación, iluminada a medias por la pequeña lámpara. Estaba
sentado en su cama, aún con el cuerpo de Shun estrechando el suyo.
Shun...
Las
lágrimas que inconscientemente había derramado durante su letargo se mezclaban
ahora con las que se escurrían de sus ojos, rodando libremente por sus
mejillas, hasta alcanzar su barbilla.
Shun
se apartó pausadamente y Hyoga se cubrió ambos ojos con las manos, sacudiendo
la cabeza con violencia, con verdadera violencia, queriendo apartar las
horribles imágenes que hace un momento había observado en su mente...
Lloró
amargamente, mientras sus gemidos se hacían más profundos ¿Eso... todo eso
que había visto era cierto?
Shun
entre los brazos de Ikky... siendo forzado... siendo ultrajado...
Toda
la violencia... toda la angustia... la impotencia. Las punzantes sensaciones
mezcladas con todo ese dolor...
Y
de algún modo Shun lo había hecho experimentar todas esas sensaciones, esos
sentimientos y emociones... Era para enloquecer... para enloquecer de dolor. Era
repulsivo... angustiante... horrible...
Y
ni él... ni él ni nadie habían podido darse cuenta... nadie. Ni la misma
Atena. ¡Maldita sea!... ¡Malditos todos por no darse cuenta!
¡Maldito
Ikky!... ¡Maldito bastardo!...
Su
amado Shun... Su dulce e inocente Shun...
¡¿Cómo
no lo había sabido, cómo?! Se suponía que lo amaba, que su bienestar y
felicidad le importaban más que la de ningún otro.
Y
de alguna manera había dejado que eso pasara...
Ese
mal nacido... Si lo hubiera sabido antes lo hubiera asesinado con sus propias
manos... con sus propias manos.
Apretó
los puños mientras cerraba los ojos con fuerza.
¿Cómo
pudo ser tan ciego, cómo pudo?
-Hyoga...
– abrió los ojos al oír su nombre, ladeando su rostro hacia el del joven.
Con
una mano temblorosa trató de alcanzar su mejilla, pero desistió de su intento.
Algo lo detuvo, no supo precisar exactamente lo que era, talvez culpabilidad,
talvez vergüenza, talvez reproche...
-Ikky...
él te...
Shun
no lo dejó terminar, colocó sus dedos sobre los trémulos labios de Hyoga,
mientras asistía levemente.
-Está
bien Hyoga... todo eso ya pasó, ya quedó atrás... Sólo, sólo quería que lo
supieras...
-¿Por
qué, por qué no me lo dijiste?...
Shun
suspiró, hondamente.
-No
lo sé – dijo, al no encontrar respuesta a la interrogante.
Entonces
Hyoga lo estrechó fuerte, tan fuerte como se lo permitieran sus brazos,
haciendo que Shun abriera los ojos con sorpresa.
-Todo está bien ahora... Nos tenemos el uno al otro... Ya nada puede estar mal... Disculpa por no haberlo sabido a tiempo, por no haber podido evitar todo eso que tuviste que pasar...
-Está
bien Hyoga... no fue tu culpa. Ahora todo está bien...
Shun
se separó un poco del joven, mientras observaba su expresión con interés. Sabía
que Hyoga entendería, sabía que comprendería. Y se sintió repentinamente
feliz al saberse amado a pesar de lo que había ocurrido, a pesar de todo lo que
había pasado... Creyó recordar en la entrega de su amigo todos aquellos
sentimientos que de niño había experimentado.
Había
sido débil, y aún así era amado. Había sido violento hasta el extremo de
asesinar a alguien y aún así era amado... Limpió las lágrimas de Hyoga con
sus labios. Se había dado cuenta de sus sentimientos... talvez por fin había
hallado aquello que durante mucho tiempo había buscado sin poder encontrar... Sí,
había sobrevivido a todo el sufrimiento, a todo el dolor... Talvez era el
momento de olvidar y comenzar, de nuevo.
Hyoga
le hacía sentir todo tan diferente... sin miedo, sin rencor, sin dolor. Por eso
se había conmovido por el beso que había recibido, tan cargado de emoción y a
la vez tan inocente... Distinto a lo que había sentido anteriormente, no creía
que podía existir algo como ello, que alguien pudiera hacerle sentir algo como
eso después de lo que le había ocurrido. Y sin embargo...
-Hyoga...
¿Quieres besarme de nuevo...?
El
cisne lo miró perplejo, pero inmediatamente tomó sus labios con ternura, en un
delicado beso.
La
lamparilla continuaba encendida, mientras ambos cuerpos se deslizaban al mismo
tiempo hasta tenderse en la cama.
-
Te amo... – se escuchó en la habitación, antes de que la lámpara fuera
apagada, dejando en completa penumbra la estancia.
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El
aeropuerto estaba más atestado que de costumbre, las personas saturaban
corredores y recibidores, algunos con maletas en la mano, otros haciendo
conmovedoras escenas de despedida, otros abrazándose alegremente por un
esperado reencuentro.
-Ya
es hora – dijo mirando a su reloj
de pulsera.
Sus
amigos lo miraron acongojados, sabían que pasaría mucho tiempo antes de que
volvieran a ver a ese joven de ojos verdes, que su presencia se haría extrañar
después de tanto tiempo de haber estado juntos, de haber compartido tantas
cosas.
-Buena
suerte – dijo Seiya mientras volvía a abrazar a Shun.
El
joven miró apesadumbrado a sus amigos, finalmente sonrió con dulzura.
-Athena, amigos... gracias por todo... Nunca los olvidaré, lo prometo.
-¿Me
pregunto donde estará ese tonto de Hyoga? – dijo Seiya mirando hacia todos
lados.
-En
la mañana toqué a la puerta de su habitación, pero nadie contestaba, supongo
que se quedó dormido.
-Aún
así es extraño que no llegue para despedirse.
-¿Y
quién dice que no me voy a despedir?
Hyoga
llegó corriendo, por uno de los corredores del aeropuerto, muy agitado por el
esfuerzo.
-Disculpen... – dijo, a la vez que tomaba grandes cantidades de aire – me quedé dormido. Cuando me di cuenta ya todos se habían ido, y vine lo más rápido que pude.
-Pensamos
que no ibas a venir... – le dijo Shiryu
-¿Y
sin darle la despedida a nuestro amigo Shun? No, claro que no.
Hyoga
miró dentro de los ojos verdes, recordando fugazmente todo aquello que habían
pasado la noche anterior. Cogió las manos de Shun entre las suyas. El joven
parpadeó, algo confundido.
-Nunca
me olvides, mi querido Shun... – dijo suavemente, como para que sólo ellos
dos pudieran escucharlo, luego
susurrándole al oído - La próxima vez seré yo el que tome la iniciativa ¿de
acuerdo?
Shun sintió sus mejillas enrojecer mientras asentía levemente.
El
avión ascendió por los aires, seguido de un estruendoso ruido. Unos ojos
azules siguieron su recorrido hasta perderlo de vista.
-Hasta pronto...
-¿Qué
fue lo que le dijiste a Shun? parecía algo avergonzado...
-Oh,
nada Seiya... nada importante.
FIN
Nota: Este es uno de mis fics favoritos.