LA ÚLTIMA LÍNEA

para Ucchan

 

 

-¿Qué haremos ahora?

 

¿Por qué me lo preguntan a mí? ¿Es tan obvio cuál es mi papel aquí?

En otro momento esa pregunta habría halagado mi vanidad que, lo confieso, no es poca. Pero no me gustó que me lo preguntara a mí. Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun ya partieron, subiendo las escaleras hacia la Primera Casa a todo correr, como si no hubiera un mañana.

Y en cierto modo eso es precisamente lo que sucede. Doce horas para encontrar una forma de salvar a Atenea o no habrá un mañana.

Tal vez sí lo haya, pero si Atenea no llega a mañana, entonces no importará mucho que nosotros tampoco lo hagamos.

Me arrodillo junto a la Señorita y finjo examinar la herida, en realidad estoy tratando de ganar tiempo mientras pienso en algo.

Hay algo que siempre me ha llamado la atención. Al resto de los Caballeros suele pedírseles que actúen. A mí me piden que piense, como si nadie se diera cuenta de que hay momentos en que no me siento capaz de pensar con claridad. Como cuando me perdí en el desierto.

Aquella vez todo a mi alrededor se veía igual, un infinito de arena amarilla y cielo amarillo. Era como estar rodeado de fuego. No había huellas detrás de mí, y no lograba orientarme porque el sol parecía abarcar todo el cielo. Era como si aquello no tuviera principio ni fin y yo estaba perdido en medio de ninguna parte, así que cuando encontré el manantial fue tan de repente que creí estarlo imaginando. Argelia es así.

Llegué al diminuto oasis todavía sin poder creerlo y, lógicamente, lo primero que hice fue caer de rodillas junto al manantial y beber... Grave error.

Tardé varios tragos en darme cuenta del sabor del agua. No se supone que el agua tenga sabor, pero aquella era amarga. Agua muerta, por decirlo de alguna manera, envenenada, imposible de beber.

Vomité de inmediato, y cuando me di cuenta estaba llorando también, aunque estaba demasiado deshidratado como para tener lágrimas. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que se puede llorar sin derramar una sola lágrima.

Me dije a mí mismo que iba a morir ahí. Debía haber cruzado una franja del desierto como parte de una prueba de supervivencia y había fallado miserablemente. Lo único bueno era que con eso terminaría todo y ya no tendría que preocuparme por volver a la Fundación, ni por obtener la armadura, ni por ver unicornios en el desierto...

Una de las primeras cosas que le escuché decir a mi Maestro fue que antes de ser capaces de considerarnos candidatos para la armadura debíamos empezar a ver unicornios. Semanas después, algunos de los aprendices opinaban que había estado refiriéndose a alucinaciones provocadas por el calor y el agotamiento.

Pero fue precisamente ese día cuando empecé a ver unicornios, cuando ya estaba al límite de mi resistencia y sólo me quedaba morir junto al agua que no podía beber. Por supuesto, al principio pensé que estaba alucinando.

Escuché un galope y levanté la mirada. Durante unos minutos creí que se trataba de una manada de caballos salvajes, pero cuando pasaron cerca de mí, sin disminuir la velocidad en ningún momento, pude ver los cuernos.

Los unicornios de Argelia no son como los unicornios japoneses (bueno, eso lo supe después) que son más bien solitarios (algo parecido ocurre con la mayoría de los unicornios europeos), los de África tienen en común con sus parientes americanos la preferencia por vivir en manadas, entre más grandes, mejor.

Y sus colores... no son blancos y luminosos como la mayor parte de los unicornios; varían del violeta al negro azabache, siempre colores enteros, jamás una mancha o una variación en el tono. Tampoco son pequeños y suaves. Son grandes, como caballos árabes, fuertes y poderosos, hermosos... y una manada de unicornios al galope es un espectáculo hipnotizante y aterrador. Aún no logro acostumbrarme a eso, siempre que los veo correr lo hago con el corazón en la boca y una punzada de terror, aunque sepa que no hay por qué temer. La misma sensación que provoca ver la lava deslizándose por la ladera de un volcán aunque uno se encuentre a una distancia segura y, por supuesto, los unicornios son mucho más veloces que la lava.

Lo que vi no era una estampida, como pensé en el primer momento, simplemente les gusta moverse así de rápido mientras patrullan su territorio. Yo no era una amenaza y por eso pasaron junto a mí sin prestarme atención, excepto uno.

Disminuyó su velocidad pero no se detuvo del todo, trotó un poco a mi alrededor y yo no me atrevía a moverme mientras él parecía estar examinándome. Desde el primer momento me pareció “sentir” una sonrisa en él. No creo que pueda explicarlo bien. Los unicornios no sonríen como los seres humanos, para ellos una sonrisa no es una expresión física sino un estado emocional... hay que tener un poco de empatía para poder captar una sonrisa de esas, modestia aparte.

Con todo, para entonces me había dado cuenta de que no estaba más allá del miedo como había pensado hasta ese momento y entre más se acercaba a mí el unicornio, más aterrorizado y paralizado estaba yo. Entonces tocó mi frente con su cuerno.

Tampoco en eso se parecen a sus parientes europeos, el muy chistoso me golpeó, con fuerza. Dolió, en serio. Caí de espaldas preguntándome si en lugar de obtener la armadura iba a acabar asesinado por un supuesto herbívoro.

Estaba empezando a dudar de que los unicornios fueran herbívoros.

Y entonces lo escuché reír por primera vez. La primera de muchas veces, nunca he sabido si Enki se ríe del universo en general o sólo de mí, pero sólo una vez lo he visto serio.

En todo caso, su risa me molestó todavía más que el golpe que me había dado.

-¡Bueno! ¡Me alegra mucho que te diviertas tanto! –le dije, con todo el sarcasmo que pude y sin detenerme a pensar si podría entenderme.

-La situación es graciosa, créeme. ¿Estás perdido, niño?

¡¿“Niño”?! Bueno, yo tenía diez años, tal vez el unicornio no estaba demasiado equivocado.

-Yo... -¿qué se le dice a un animal mitológico que aparece de repente y te pregunta si estás perdido?... la verdad, supongo-. Sí.

-¿Eres de los chicos de Denali? Oh, sí, claro, por supuesto, cada año le envían aprendices más jóvenes. Y tontos. Así que te perdiste... ¿en una prueba de supervivencia o de orientación? Ambas cosas, supongo -sin dejar de hablar, se acercó al manantial y tocó el agua con su cuerno, mucho más gentilmente que a mí, por cierto-. Un día de estos le diré a Denali lo que opino de sus ideas sobre la educación, listo... ¿Querías agua, no? Bebe.

-Pero...

-¿Pero qué?

Había muchos peros, sin embargo decidí hacerle caso y, para mi asombro, el agua se había vuelto potable. Decididamente, yo no sabía mucho sobre los unicornios en aquel entonces.

Cuando volví a levantar la mirada, el unicornio estaba mirándome y parecía un tanto intrigado aunque no dejaba de sonreír como si hubiera algún chiste en todo eso.

-El norte queda hacia allá –me indicó con la cabeza-. Yo soy Enki.

Resultó que estábamos a dos kilómetros del campamento. Me sentí bastante humillado cuando me reuní con el resto para averiguar que había sido el último en completar la prueba. Por supuesto, no le dije a nadie que había estado a punto de morir de sed tan cerca de mi destino.

Descubrí además que no era el primero en ver unicornios, otros cuatro muchachos (algunos menores que yo) ya habían visto la manada e incluso habían hablado con varios unicornios: Abiram, Alkaid, Tamara y Kaled... esos eran los líderes de la manada. Enki, como lo descubrí más tarde, era uno de los unicornios de menor rango dentro del grupo.

Durante el año que siguió vi a Enki con alguna frecuencia, pero el resto de la manada se negaba a hablar conmigo, cosa que me frustraba bastante. Si le preguntaba a Enki el por qué de ese rechazo, solamente se reía y cambiaba de tema.

Llegaba a buscarme en los momentos más inesperados y daba por un hecho que yo dejaría de inmediato lo que estuviera haciendo para acompañarlo a donde quisiera guiarme para prestar atención a todo lo que quisiera enseñarme. Su costumbre me trajo problemas, porque las visitas de un unicornio no se consideraban una excusa válida para dejar labores incompletas.

A veces no podía menos que preguntarme por qué continuaba yo dirigiéndole la palabra a ese fastidio con cuatro patas.

Al final del año, mi Maestro dio orden de trasladar el campamento. Abandonamos la zona que ocupábamos cerca de una aldea y nos internamos en el desierto hasta llegar a un oasis del que mis condiscípulos y yo no teníamos idea que existiera. No era como otros oasis, éste tenía un verdadero manantial, casi un río (todo un tesoro en ese lugar) que nacía directamente de una piedra y llenaba un pequeño estanque sin salida, la evaporación por el calor era más que suficiente para encargarse de que no se desbordara nunca.

-Quizá podamos pescar algo –comentó uno de los muchachos mayores luego de contemplar maravillado el agua.

-Imposible –respondió el Maestro-. Es un manantial de cristal, corre por un lecho de piedra y el agua es tan pura que no tiene microorganismos... no hay peces ni plantas en esta agua porque no tiene con qué iniciar una cadena alimenticia.

Un manantial de cristal... la sola palabra parecía mágica y era un lugar del que resultaba demasiado fácil enamorarse. Suele suceder con los lugares donde se concentra la magia.

-No estamos aquí para contemplar el paisaje –continuó mi Maestro, luego de notar nuestras miradas embobadas-. Estamos aquí para ayudar a los unicornios.

Fue entonces cuando notamos que la manada estaba ahí. Ah, sí, también aprendimos que los unicornios pueden moverse muy silenciosamente, cuando quieren hacerlo.

Abiram tomó la palabra entonces y nos explicó que el manantial de cristal era su principal refugio en el desierto y que se encontraba en peligro en ese momento. Puntualmente, una vez cada cien años, las anfisbenas atacan a la manada con la esperanza de contaminar el manantial con su veneno en el momento en que el poder de los unicornios es más bajo, cuando la luna se encuentra más lejos de la Tierra. Esa vez los líderes de la manada querían atacar primero y habían pedido ayuda a mi Maestro, quien les habían asegurado que sus aprendices sabrían apoyar a los unicornios en el combate.

¿Cuál no sería mi sorpresa cuando resultó que yo sería el único aprendiz que no participaría del ataque?

Mi Maestro simplemente me dijo que me quedara junto al manantial y que ayudara a Enki... cuya misión en todo aquello era cuidar de los unicornios más pequeños mientras todos los demás iban a la batalla.

-No me habías dicho que fueras la niñera aquí –le reclamé a Enki en cuanto nos quedamos solos.

-No es tan grave como tratas de hacerlo parecer –me respondió-. Nuestro trabajo es igual de importante que el de los que se marchan, quizá más.

-¿Quedarnos cuidando a los potrillos? –grité-. ¿Qué hay de importante en eso cuando son los demás quienes van a salvar el manantial?

-¿Y si los demás fracasan?

Curioso, no se me había ocurrido que existiera esa posibilidad hasta que Enki la mencionó.

-Si los demás fracasan, las anfisbenas tendrán el camino libre hasta aquí y sólo estaremos tú y yo entre su veneno y el manantial. Pero si llegan a matar a los potrillos ya no importará lo que pase con el manantial.

-¿A qué te refieres?

-Porque aún si las anfisbenas llegaran a envenenar el agua, un solo unicornio bastaría para purificarla de nuevo, pero si los unicornios adultos mueren en el combate y los potrillos son exterminados, ¿quién salvará al agua? Es bueno estar dispuestos a dar la vida en combate, pero también es bueno estar dispuestos a sobrevivir al combate.

-¿Pero Abiram y los otros...?

-Ellos van al frente y atacarán a las anfisbenas para proteger al resto de la manada, tal vez tengan éxito y tal vez no. Y si no tienen éxito o si las anfisbenas tienen un segundo grupo para atacar aquí mientras ellos están lejos, entonces será nuestro turno, y ojalá no llegue nunca. Por eso estamos aquí. Somos la última línea de defensa.

Supe que tenía razón, pero de todas formas preferí no admitírselo demasiado pronto, me senté junto a él, refunfuñando.

-¿Pero tenemos que ser nosotros precisamente quienes nos quedemos atrás?

El unicornio apoyó su cabeza en mi hombro y fue como un abrazo.

-Bueno, el que estés aquí es culpa mía.

Aparté su cabeza de un empujón.

-¡¿Qué?!

¡Otra vez se estaba riendo!

-Porque si salimos con vida de esto, tú serás el Caballero del Unicornio.

-¡Deja de burlarte de mí!

Y fue entonces cuando, por primera y única vez, vi a Enki ponerse serio.

-Yo no miento, Jabu de Monoceros. Fui yo quien te escogió entre todos tus compañeros y es la decisión de la manada que tú seas el próximo servidor de Atenea que esté bajo nuestra protección.

-¡Pero los demás unicornios ni siquiera me dirigen la palabra!

-Porque aún no has reclamado la armadura. Hasta entonces sólo puede hablarte tu Guía. Y ese soy yo.

-...¿Por qué sí le hablan a los otros aprendices?

-¿Por qué no? Son agradables y buenos conversadores.

Definitivamente, la manera de pensar de un caballo está bastante lejos de la de un humano...

-¡¿Por una vez en la vida, podrías hablarme claro?! Si de verdad quieren que sea Caballero, ¿por qué tengo que quedarme atrás?

-Es lo que he tratado de enseñarte desde el principio, Jabu. El Caballero del Unicornio rara vez está en la vanguardia entre los Caballeros de Atenea. Es uno de los últimos defensores.

Entonces lo comprendí todo: ¿de qué sirve enfrentar al enemigo y dar la vida por la diosa si después de la batalla ella queda desprotegida? Sí, lo entendí entonces, pero no quise admitirlo delante de Enki.

De hecho, después de eso no le dirigí la palabra en unos cuantos meses.

Si sobrevivimos y puedo volver a Algeria, tendré que pasar por la vergüenza de buscarlo y decirle que tenía razón en eso también, como en todo.

Hay días en que de verdad lo odio.

 

-¿Qué haremos, Jabu?

-Nos quedaremos aquí. Protegeremos a la Señorita.

 

Los demás pueden reírse todo lo que quieran. Dudo que puedan comprender lo que aprendí en el manantial, al menos no todavía, primero necesitan crecer antes de darse cuenta de algunas cosas. Como que el dragón es solitario por naturaleza, que sólo existió un pegaso en la mitología, y sólo un fénix, que el cisne es un ave migratoria, que Andrómeda estaba destinada desde siempre a pasar por un martirio antes de conocer otra cosa.

Tampoco podrían darse cuenta de que los lobos, los leones y los osos son animales territoriales, al igual que la Hidra de Lerna. No podrían darse cuenta de que el unicornio nunca ataca primero. No...

No sabrían ver que estos cinco signos tienen buenos motivos para quedarse atrás mientras ellos buscan al enemigo. Nosotros cinco no somos los valientes guerreros que buscan al Mal y lo destruyen, somos los que se quedan atrás y defienden lo que es realmente importante cuando ya los héroes han caído.

Seiya, Shiryu, Hyoga y Shun... y tal vez Ikki... serán los primeros en el ataque esta vez y todas las que sigan después. Son los mejores guerreros al servicio de Atenea.

Ichi, Nachi, Geki, Ban y yo seremos siempre los últimos en entrar en acción y, como dijo Enki, ojalá nunca llegue nuestro turno, porque somos los que permaneceremos siempre cerca de la Señorita y mientras los otros cinco enfrentan al enemigo y salvan al mundo, nosotros nos aseguraremos de que tengan un lugar al cual volver y una diosa a la cual servir.

Porque somos la última línea de defensa.

fin

 

Notas:

Abiram = “Con el padre jefe” en hebreo.

Alkaid = “El jefe” en árabe.

Kaled = “Inmortal” en árabe.

Tamara = “Palmera” en hebreo.

Enki = “Señor de la Tierra” en asirio.

Anfisbena = “doble andadora”, se trata de una serpiente mítica de dos cabezas (una a cada extremo) y veneno mortal.