uno

ESPEJO, ESPEJO...

"Espejo, espejo de luna y estrellas,
espejo, espejo en la pared,
espejo, espejo de plata y diamantes,
muéstrame lo que deseo ver..."

 

Tokio

El primer robo en Japón fue una acción rápida, endemoniadamente sencilla. El ladrón había refinado su arte hasta el extremo y si había salido de América (donde operaba normalmente) había sido sólo por probar algo distinto. No había estado en Japón desde... ¿el milenio anterior? Sí, algún momento de los años ochenta. Jamás había sido muy afecto a recordar nombres y fechas, a menos que lo necesitara para su trabajo y, francamente, mucho de lo que sucedió en su primera visita a Asia no era nada que quisiera recordar.

Ya en un sitio seguro, abrió la pequeña bolsa de terciopelo y examinó el contenido de su primer golpe. Pequeños diamantes, perfectos y de pocos kilates, fáciles de comercializar rápidamente. Ah, no había sido ningún reto, pero era mejor empezar con cosas sencillas mientras se establecía e iniciaba contactos...

Unos lentos aplausos lo pusieron en alerta. Ocultó rápidamente el botín y examinó los alrededores. ¿Quién estaba ahí? ¿Cómo era posible que alguien lo hubiera seguido?

Una silueta negra se recortó contra la luna llena.

-Ónix Black, supongo –dijo el recién llegado.

El ladrón sintió que se le secaba la boca. Quienquiera que fuese, no sólo lo había encontrado sino que además sabía su nombre. No hablaba como japonés. ¿Sería de la Interpol o algo peor? El mes anterior había robado un collar de zafiros a unos mafiosos rusos sólo por pasar el rato... luego le había regalado el collar a aquella chica del bar que tenía una sonrisa linda...

-¿Quién quiere saberlo? –preguntó fingiendo calma.

Ahora que miraba con más atención, de pronto le parecía que la silueta tenía... ¿¿alas??

-Me llaman Gibil Xingú, soy el Edinmú del Fuego, Heraldo de la diosa Tiamat.

¿¿“Diosa”?? Oh, eso sonaba espantosamente familiar.

-¿Ah, sí? ¡Pues te felicito! ¡Tienes un gran empleo! –el ladrón sonrió con cinismo.

-Indudablemente –respondió Gibil, al parecer sin captar el sarcasmo.

-Bueno, pues fue un placer conocerte, y, si me disculpas...

-¿A dónde crees que vas, Ónix Black?

-Pues... a mi casa, aunque tal vez me detenga a comer algo por el camino, si encuentro un restaurante medio decente en esta ciudad... vaya, si es la capital, ahora que me acuerdo, debe haber alguno que otro restaurante, ¿no?

De un salto, Gibil lo había alcanzado, cosa que no le agradó al ladrón.

-Mi Ama y Señora desea proponerte un trato, Ónix Black.

-No hace falta que repitas mi nombre a cada rato, lo vas a gastar –replicó el ladrón-. Y no quiero hacer negocios con los dioses, siempre terminan enviándote a algún infierno.

-Mi Ama y Señora te enviará sin duda al infierno babilónico si te atreves a rechazar su propuesta. Además, creo que te interesará.

-¿Qué cosa? –suspiró el ladrón.

-¿Serías capaz de robar la joya más valiosa del mundo, resguardada en el lugar más seguro del mundo?

-¿De qué se trata? ¿El diamante Hope? ¿La Estrella del Amazonas? ¿Las joyas de la Corona? ¿Algún tesoro del Vaticano?

-El Esplendor de Occidente.

-... ¿El qué?

-Una joya que no sólo es valiosa sino que además está dotada de un gran poder. Se trata de un rubí que está resguardado desde hace tres años en el Santuario de Atenea. 

-El San... ¡Oh, no, no, no, no... NO! ¡Mi hermano me mataría si me metiera en líos con la Orden de Atenea otra vez! 

-Me temo que no tienes elección. Mi Ama y Señora no aceptará un “no” por respuesta...

-No le estoy dando un “no” por respuesta: ¡le estoy dando cinco! Y un millón más si hace falta. Es mejor que no cuenten conmigo.

-Me gustaría poder darte gusto en eso, Ónix Black, pero los deseos de mi Ama y Señora son ley. Lo siento.

-Bueno, supongo que no es tu culpa, son cosas que pasan cuando se tiene que trabajar para una mujer, no te preocupes...

-No, decía “lo siento” por algo más.

-¿Qué cosa?

-Esto: ¡sujétenlo bien!

-¿Eh? ¡Ouh! ¡Suéltenme!!... ¿Qué diablos son estas cosas?

El ladrón se refería a dos seres de cuerpo humano, cabeza de águila y grandes alas que habían aparecido de repente para inmovilizarlo.

-¿Ellos? Sólo son un par de genios alados, nada de importancia. Ahora, volviendo a lo del negocio...

Casa de Géminis

La luz del amanecer empezaba a iluminar la armadura dorada cuando el fantasma de Saga entró a aquella parte del templo. No fue una sorpresa encontrar a Ginsei ahí, meditando.

Luego de tres años desde la muerte de Saori, la presencia de Ginsei en Géminis se había vuelto algo normal. Saga sólo esperaba ya verla llegar un día con su maleta para trasladarse ahí en forma definitiva.

Al principio lo había incomodado un poco verla meditando frente a la armadura, pero había acabado por darse cuenta de que Ginsei elegía esa habitación no por lo que contenía sino porque era la más silenciosa de la Casa. La habitación de la armadura (que Kanon solía llamar “la cámara del Tesoro”) estaba en el centro del laberinto y ni siquiera un soplo de viento llegaba a interrumpir el perfecto silencio. Era un centro lleno de paz en medio de todos los vericuetos del laberinto. Algo así como el eje de un universo caótico.

 “Buenos días, alteza”

-Hola, Saga –la muchacha sonrió dulcemente-. Hoy tendremos visitas, ¿verdad?

Saga repasó mentalmente la agenda del día. Sí, acababan de iniciarse las vacaciones de verano en esa parte de Europa, eso significaba que los aprendices de una edad similar a la de Ginsei empezarían a regresar de sus respectivos colegios o universidades. Andy había regresado el día anterior, Ten y Sora estarían por ahí en la tarde. Había carta de Misha avisando que él y Hyoga regresarían de Siberia en algún momento durante la semana, Jabu estaría por ahí muy pronto, ya que tenía que tratar con Shun y Shiryu un asunto referente a las Empresas Kido... ah, sí, y Kanon le había comentado que era posible que los Nemo llegaran a Rodorio “un día de estos”. Sí, podría decirse que habría visitas.

“¿Ya saludaste a Azrael hoy?” preguntó.

Ginsei sacudió la cabeza.

-Ya estaba en su oficina cuando bajé, no quise molestarlo. Ha estado de muy mal humor en estos días. Recibió ayer un mensaje de sus otros hermanos, siempre se pone de mal humor cuando habla con ellos.

“No se separaron en buenos términos”

-Cierto. Pero es incómodo verlos pelear así. ¿Pudiste averiguar algo de lo que te encargué?

“Sí. Encontrarás un libro y unos mapas en tu habitación. Mylagros me hizo el favor de llevarlos allá”

-Gracias.

“¿Ginsei?”

-¿Sí?

“¿Por qué estás interesada en conocer eso? El año pasado dijiste que...”

-Bueno, me precipité entonces. Terry no me había terminado de aclarar lo de las corrientes de poder. O tal vez sí lo hizo, pero yo no le había entendido bien. Creía que las corrientes sólo se daban en los lugares cercanos a las Fuentes, cuando por fin entendí que es un fenómeno global, caí en la cuenta de que si hay un exceso de poder en el Santuario debe por fuerza haber una “sequía” en otro lugar. Ya sabes, aquello de “a toda acción corresponde una reacción igual pero contraria”.

Saga asintió.

“Bien pensado”

China

Obsidian se pasó la mano por la frente, apartándose el cabello que le caía sobre los ojos.

La imponente estructura del Palacio de las Máquinas abarcaba casi la total extensión del valle cercano a Rozan. Aquello no podía ser bueno. No por la forma en que se estaba secando la tierra en los alrededores. En los últimos años las cosechas habían bajado demasiado su rendimiento y él no podía dejar de pensar que el castillo negro tenía algo que ver. ¿Sería un auténtico presentimiento o sólo aversión hacia la mala arquitectura?

Quizá sería mejor consultarlo con su Maestro.

Era el momento de viajar al Santuario.

En el palacio, Araquiel entró a la habitación de Anmael. Si los otros cinco llegaran a enterarse de que iba ahí al menos una vez a la semana no dejarían de reírse de él en los próximos quinientos años, pero no podía evitarlo, se había vuelto una especie de vicio.

Quizá era porque el azul (que dominaba todo en aquella habitación) le calmaba un poco el estrés, terapia de colores. Tal vez era porque al estar ausente el dueño de la habitación, las fuertes emociones características de las Sombras ya no estaban impresas con tanta claridad en la materia y eso convertía la habitación en un sitio adecuado para meditar sin que las iras y los rencores de los otros lo distrajeran.

O tal vez era ese misterio que no conseguía resolver.

¿Por qué Anmael no había regresado? ¿Por qué Lilith no lo había enviado de vuelta a China? Asbeel podía ocuparse de vigilar el Santuario (y, ya puestos en eso, también de atormentar a Azrael) sin ningún problema. ¿Por qué le había encargado esa misión al pequeño llorón, sin nadie que lo supervisara?

Distraídamente, Araquiel empezó a hojear uno de los álbumes de fotos. Se detuvo en una foto. Venezuela, 1968. Estaban los siete junto a una fuente, en un parque de Caracas. Anmael estaba de espaldas a la cámara, sólo se veía la cabellera rubia, pero no fue la imagen de Anmael lo que atrajo la mirada de Araquiel, sino su propia cara en la foto. Estaba sonriéndole a Anmael, mientras le ofrecía un algodón de azúcar.

No podía ser.

¿No se había jurado a sí mismo que odiaría a Anmael por toda la eternidad, justo como habría odiado a Zoe si ella no hubiera muerto?

Fue en ese momento cuando por fin comprendió por qué Lilith había condenado a muerte a la primera Sombra Azul, temía que algún día los otros seis terminaran perdonándola. Por improbable que fuera, siempre existía esa posibilidad, por eso les había proporcionado un reemplazo al que odiaban doblemente, tanto por la traición de Zoe como por el hecho de que no era Zoe y estaba ocupando su lugar.

...ocupando su lugar.

Espantado, arrojó el álbum al otro extremo del cuarto.

¿Había alejado Lilith a Anmael de sus hermanos porque se había dado cuenta (incluso antes que ellos) que estaban empezando a encariñarse con alguien que sólo debía existir para que ellos pudieran odiarlo? ¿Era por eso que él pasaba tiempo en su habitación y veía sus fotos de cuando en cuando?

¿Estaba extrañando a su hermano?

“Imposible” se dijo. ¿Realmente era imposible?

Sólo había una forma de estar seguro: tendría que ir a buscarlo al Santuario.

Rodorio

Una ardilla empezó su recorrido matinal de un lado a otro de su árbol favorito. En determinado momento detuvo su carrera para mirar a unos humanos que caminaban por la acera cercana.

Conocía a dos de ellos a fuerza de verlos pasar de ida y vuelta varias veces al día. Esta vez los acompañaba una muchacha de largo cabello castaño que sólo estaba con ellos tres meses de cada año.

Los otros dos eran un muchacho y un niño pequeño, y la ardilla corrió hacia ellos sin poder evitarlo. El niño dejó escapar un gritito de entusiasmo y acarició a la ardilla para luego dejar media galleta frente a ella.

-¿Cómo es que consigue hacer eso? –exclamó la muchacha con asombro.

-No es sólo con las ardillas. Absolutamente todo lo que se mueva reacciona así con él. No me sorprendería que tuviéramos un domador de tigres en la familia.

-¡No habrás dejado que se acerque a un tigre!... ¿o sí?

-¡Claro que no! No hay tigres por aquí.

-Me gustaría un tigre –dijo el niño.

-Oh, no, ¿ves lo que has hecho, nei-san? Ahora tendré que conseguirle un tigre.

La muchacha rió alegremente.

-¡No puedo creerlo, otooto-san! ¡Mamá me dijo que te tiene completamente dominado, pero pensé que estaba bromeando!

El muchacho tomó en brazos al niño y lo acercó a la muchacha.

-Sonríele, Stephen -indicó.

-¿Cómo se dice? –preguntó el niño, provocando otro ataque de risa por parte de la muchacha.

-Por favor –dijo el muchacho, obedientemente.

El niño sonrió.

-¿Lo ves, nei-san? ¿Tú serías capaz de decirle que no a alguien que te sonriera así?

La muchacha lo contempló largamente.

-No, no podría –admitió finalmente-, este bebé es un peligro.

-No soy un peligro, soy Stephen –corrigió el niño.

-Cierto, cierto –dijo la muchacha-. Pero no me has contado todavía qué pasó con tu novia, otooto-san, la última vez que hablamos por teléfono no parabas de hablarme de ella y hoy no la has mencionado ni una sola vez.

-Rompimos –contestó el muchacho secamente.

-Oh, lo siento.

-No lo lamentes. Creo que fue lo mejor para ambos.

 -¿Y eso por qué?

-Decidió que no es “conveniente” tener alguna relación con la Orden, porque da mala imagen. Después de oír eso, creo que me desilusioné del todo.

-Oh.

-Prefiero que otooto no tenga novia –dijo el niño.

-No, Stephen, tú tienes que llamarme nii-san, ¿recuerdas?

El niño hizo un pucherito capaz de derretirle el corazón a una piedra.

-¿Por qué nei-san puede decirte otooto y yo no? ¡Yo quiero decirte otooto!

-Pero es que ella es la mayor, y yo soy mayor que tú...

-Pero otooto suena más bonito que nii –a esto, Stephen añadió una sonrisa encantadora y grandes ojos de cachorrito... la muchacha no pudo contener la risa y decidió intervenir antes de que el muchacho terminara aceptando.

-¿Por qué prefieres que Terry no tenga novia, Stephen?

El niño se abrazó con fuerza de Terry, sonriéndole a Andy.

-Así está siempre conmigo. Cuando tiene novia, mamá tiene que conseguir niñera los sábados. Prefiero a Terry. 

-El presidente, fundador y único miembro de mi club de admiradores... –sonrió Terry.

-Ya lo veo... pero será mejor que nos apresuremos a comprar la leche o no habrá desayuno.

-Ah, eso es importantísimo...

La ardilla esperó hasta estar segura de que no habría más galletas al menos hasta el día siguiente y luego regresó al árbol.

El Santuario

Anmael tuvo la sensación de que ese sería un mal día. No sabía cómo ni por qué, pero algo le decía que debería haberse quedado en la cama.

Primero fue el darse cuenta que había olvidado recoger su ropa de la lavandería y lo único formal que tenía para ponerse ese día era una túnica azul que no acababa de gustarle. Después de todo, era un regalo de parte de Raziel y Raquel, y todo indicaba que la había escogido Raziel; en otras palabras: aunque la hechura era casi idéntica a las demás túnicas que usaban normalmente y sin ningún problema muchos de los habitantes masculinos del Santuario, Anmael lucía como si llevara puesto un vestido. Para colmo, le quedaba un poco larga y no había tenido tiempo de arreglar ese detalle, así que tenía que caminar a pasitos cortos para no pisarla.

Sus primeras labores del día estuvieron salpicadas de pequeñas discusiones con el resto del personal. Todo el mundo parecía estar de mal humor desde que Azrael estaba revisando el presupuesto y nadie se mordía la lengua para buscarle pleito a él, que tampoco era demasiado paciente con nadie.

Pensar en el presupuesto le hizo recordar a Azrael y la promesa que le había arrancado Raquel de vigilar que desayunara. Eran más de las diez... se le había olvidado de nuevo, señal de que le esperaba un serio regaño por parte de la madre de Raziel, que prácticamente había adoptado al otro ángel.

Con un suspiro de desesperación marchó a la cocina y preparó algo de café. En el remoto caso de que Azrael hubiera recordado desayunar, siempre podría tener la excusa de que no estaba de más un café a media mañana y con eso tal vez se ahorraría el disgusto de Azrael, que desde pequeño había estado acostumbrado a hacer una sola comida al día y seguía negándose a entender por qué Raquel insistía tanto en que debían ser tres. Claro que Anmael, que se alimentaba una vez cada dos semanas, tampoco entendía muy bien por qué era eso tan importante para la señora.

Llevar la bandeja con las dos manos y a la vez caminar con cuidado para no pisar la túnica resultó ser más difícil de lo que había esperado en un principio. Para colmo de males, encontró a Muffin, la recepcionista, mascando chicle, cosa que le estaba estrictamente prohibido. ¿Debería llamarle la atención? No tenía autoridad para eso, pero...

-Hola, Anmy –dijo ella, entre un globo de chicle y el siguiente.

¡Detestaba ese apodo! En el Santuario casi todos creían que era hermano de Azrael, pero nadie le tenía el menor respeto. Con un par de excepciones, todo el mundo lo llamaba “Anmy”. Tuvo que morderse la lengua para no responder con una grosería.

-No me digas –sonrió Muffin mirando la bandeja-, se te olvidó asegurarte de que el jefe desayunara.

-Debes referirte a él como “el Patriarca”, sabes que no le gusta que le digan “jefe”.

Muffin se encogió de hombros.

-Es lo mismo.

-No, no lo es.

-Lo que tú digas, Anmy. ¿Vas a pasar o no?

-¿Puedes abrir la puerta, por favor? Tengo las manos ocupadas.

-Mi trabajo no es abrir la puerta.

Anmael ahogó un juramento y dejó la bandeja en el escritorio de Muffin para abrir la puerta de la oficina. Azrael levantó la mirada de su trabajo y le dirigió una mirada de extrañeza.

-¿Pasa algo?

-Se dice “buenos días” primero –corrigió Anmael, que ya estaba sinceramente irritado-. Te traje el desayuno.

Azrael puso mala cara.

-¿Seguimos con eso? –protestó.

-No es culpa mía, yo sólo soy el mensajero.

Al dar media vuelta para recoger la bandeja, se encontró con que había llegado alguien más. Un muchacho con aspecto de oficinista que quería hablar con Azrael; todo indicaba que el café terminaría enfriándose, y Azrael tendría una excusa para no desayunar... Anmael estaba a punto de maldecir su suerte cuando se dio cuenta de que conocía al recién llegado... ¿pero de dónde?

Se quedó mirándolo fijamente por unos segundos... hasta que de repente sintió la urgencia de huir de ahí a toda velocidad. Bastaba con imaginarlo disfrazado de Tuxedo Mask para reconocer al tipo que lo había confundido con una chica en el Colegio San Pablo, tres años atrás, y lo había seguido por todo el salón de baile pidiéndole su número de teléfono y llamándolo...

-¡Ángel mío!

Anmael se quedó paralizado en su sitio. El sujeto lo había reconocido... y seguía pensando que era una chica.

-¡Esto tiene que ser el Destino! ¡No he dejado de pensar en ti los últimos años! ¡Fue amor a primera vista!

¡Demasiado! Anmael trató de correr para refugiarse en la oficina, pero al dar el primer paso se enredó con la túnica y cayó al suelo. La bandeja y su contenido rodaron por el mármol.

Antes de que pudiera comprender qué le había pasado, ya había alguien tomándolo por la cintura para ayudarle a ponerse en pie, levantándolo como si fuera una pluma, o una muñeca.

-¿Te hiciste daño, mi precioso ángel?

-¿“Ángel”? –dijo Azrael, enarcando una ceja.

Bastante aturdido, Anmael miró primero a Azrael, preguntándose por qué lo miraba de un modo tan extraño... y entonces cayó en la cuenta de que el otro todavía lo tenía sujeto por la cintura.

-¡Aaaah! ¡Suélteme! –gritó, horrorizándose al darse cuenta de que el pánico lo hacía subir el tono una octava.

Definitivamente, debería haber seguido durmiendo.

Isla de la Reina Muerte

Con una rápida sucesión de golpes y patadas, Dey e Ismael recorrieron el área reservada a los combates de entrenamiento. Poco a poco fueron elevando la velocidad y ya pronto sus movimientos eran demasiado rápidos para que pudiera verlos un ser humano normal. 

Sin embargo, cada uno bloqueaba los ataques del otro a la perfección, al punto que aquello incluso parecía ensayado. Media hora de práctica y ninguno de los dos había podido lanzar un golpe capaz de ser considerado certero. Ikki estaba a punto de estallar.

Tres años. Tres años de entrenar a Ismael, siete años de entrenar a Deyanira y el resultado era eso: un empate. Y si Junta se dignara aparecer por ahí en lugar de estar siempre viajando con Sheena, sin duda el empate sería triple.

Y no era que sus alumnos no fueran buenos combatientes, estaba seguro de que los tres eran capaces de derrotar a los aprendices de los demás caballeros con los ojos cerrados y dando ventaja. Los tres eran exactamente igual de buenos, ahí estaba el problema.

Tenía algunas esperanzas con Ismael, cuyo carácter era el que más se acercaba al suyo, pero no había contado con sus fuertes bloqueos autoimpuestos. Como aquello de no pegarle a una dama. Podría haberle ganado a Deyanira, pero se negaba a correr el riesgo de lastimarla... aún sabiendo que Deyanira era muy capaz de cuidarse sola (e Ikki conservaba el recuerdo de unos cuantos golpes bien dados que servían de testimonio), lo anterior hacía que Dey también se bloqueara y no quisiera arriesgarse a lastimar al “chiquillo” que se tomaba la molestia de ser amable con ella. Como para matarlos a ambos.

Fénix les habría dado una buena lección a los dos en la mitad del tiempo que llevaban con ese jueguito... Fénix... Ikki desvió la mirada, dejando de prestarle atención a sus alumnos. ¿Dónde estaría Fénix en ese momento? ¿Tendría qué comer, dónde pasar la noche? ¿Por qué no lo había buscado?

-¡Cuidado, Maestro!

Una roca acababa de estallar, lanzando fragmentos en todas direcciones. Antes de que pudiera encender su cosmos para vaporizar los que pudieran alcanzarlo, se encontró en el suelo, con sus dos alumnos tratando de protegerlo.

-¡¿Pero qué se han creído ustedes dos?! –exclamó, furioso, cuando consiguió desembarazarse de ambos.

-Pero, Maestro, usted no estaba reaccionando... –empezó Ismael.

-¡¿No te parece a ti que puedo cuidar de mí mismo sin tu ayuda?!

-No quise decir algo semejante, Maestro, es sólo que...

-¡¡NADA!! Será mejor que vayan a preparar sus cosas. Iremos al Santuario.

-¿Para qué? –preguntó Dey, antes de recordar que no era buena idea hacer preguntas cuando Ikki estaba de mal humor (es decir, la mayor parte del tiempo).

-¡Quiero que Junta entrene con ustedes dos! ¡A ver si entre los tres se puede conseguir algo! ¡Y ya que Junta no viene, habrá que ir a buscarlo! ¡¡Pero uno de ustedes va a reclamar este año la armadura de Hércules o los voy a echar a los tres!!! ¡Ya estoy cansado de este jueguito!

Ikki se alejó a grandes zancadas, e Ismael le ofreció la mano a Dey para ayudarla a levantarse.

-¡La próxima vez recuerda hacerlo como la acordamos! –dijo ella, casi en el mismo tono que acaba de emplear su Maestro-. ¡Si hay que salvarlo, me corresponde a mí! ¿recuerdas?

Ismael suspiró.

-¿El término “solterón empedernido” no significa nada para ti, Deyanira? –preguntó con aire de fastidio mezclado con resignación.

-No. ¿Existe eso? No en mi mundo...

-La Dimensión Desconocida, sin duda alguna...

Decir eso Ismael y recibir una patada en la espinilla fue una sola cosa.

-¡Ooouh! ¡Pero qué bárbara!

-Creo que acabo de ganar el combate.

-Lástima que el Maestro ya no está aquí para celebrar tu triunfo.

-Rayos. ¿Por qué siempre se va cuando estoy ganando?

Ismael pensó que era más bien que Deyanira se enfurecía lo suficiente como para ganar cuando Ikki se marchaba enojado, pero se guardó muy bien de comentarlo en voz alta. Esa dama pateaba con fuerza.

Japón

Ónix estaba sentado en un rincón de la habitación con los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos, con el aire mas aburrido que se pueda imaginar. Ya había probado todos los sistemas de escape que conocía y esa habitación había resultado ser a prueba de todo. ¿Tal vez la habían sellado con magia? No le sorprendería, ya que estaba enfrentándose a dioses y demonios. Vaya suerte.

Lo habían dejado solo para reflexionara acerca de la propuesta, pero también podría tratarse de una prueba. La única razón por la que los servidores de Tiamat lo habían buscado era porque el poder del Santuario les impedía robar ellos mismos la joya que querían conseguir, si Ónix no podía escaparse de esa habitación, ¿cómo podía garantizar que podía robarla?

Aquello empezaba a volverse un asunto cada vez más incómodo.

El Santuario

Vanessa Metallium llegó a la oficina del Patriarca para encontrarse con un curioso espectáculo. Anmael escondido detrás de Azrael, que tenía muy mala cara, por cierto, y el chico nuevo del departamento de Contabilidad estaba tartamudeando y tratando de decir algo sin conseguirlo, mientras Muffin reía a carcajada limpia.

-Buenos días... –saludó la abogada.

-Eran buenos –dijo Anmael, que ni en sus peores momentos perdía la oportunidad de darle guerra.

-Buenos días, Vanessa –saludó Azrael, con la calma de siempre.

-Oh, buenos días, señora Metallium –dijo el contador.

-¿Se ha metido Darien en algún lío? –preguntó Vanessa.

-No, nada de eso –la tranquilizó Azrael-. ¿O me equivoco? –añadió, mirando a Anmael.

-Ningún problema –dijo Anmael, recogió velozmente los restos de algo que parecía una bandeja, una taza y un croissant, y escapó a toda prisa, esquivando al muchacho, que había intentado tomarlo de una mano cuando pasó por su lado al huir.

-¡Espera, ángel mío! –exclamó el chico.

Vanessa lo miró boquiabierta.

-¡¡Espera tú un momento!! –exclamó la abogada-. ¿Vas a decirme que eso que acaba de salir es tu famoso ángel de cabello dorado, Darien?

No había nadie que conociera a Darien y que no hubiera escuchado en algún momento de su amor perdido, la adorable chica rubia que sólo había visto una vez en Inglaterra y a la que nunca había podido volver a encontrar...

-Sí, ¡es ella!

-Em... –empezó a decir Azrael.

-¿Nos disculpas un momento, Azrael? –dijo Vanessa con su sonrisa más encantadora.

Sin esperar respuesta por parte del Patriarca, la abogada sujetó al contador por un brazo y lo arrastró fuera de la oficina.

-Así que es tu ángel. Tu único y verdadero amor... ¿Estás seguro? –le preguntó.

-Cien por ciento... ¡suéltame, por favor, tengo que alcanzarla y hablar con ella!

-Espera, espera. Estás en horario de trabajo y el jefe te está mirando, ¿recuerdas? Habrá muchas ocasiones para que hables con tu... chica... –un brillo malévolo apareció en los ojos de Vanessa-. Y yo te recomendaría que no des un espectáculo delante de Azrael en este momento, Anmy es su... hermana...

-¿Anmy? ¿Es ese su nombre? 

Desde el punto de vista de Vanessa, a Darien sólo le faltaban unas cuantas estrellitas brillando en sus ojos y un fondo de corazoncitos y pétalos de rosa.  

-Sí, así se llama y la verás con mucha frecuencia porque vive y trabaja aquí. Ella se encarga de coordinar el servicio doméstico del palacio, así que pasa todo el día en este lugar. Pero tienes que tomártelo con calma. Es la única mujer en una familia con siete varones y siempre ha estado MUY protegida, en especial por Azrael, que es el segundo hermano, pero es el que más la cuida... es realmente feroz a la hora de espantar posibles novios, no quiere que nadie le rompa el corazón a su hermanita consentida... Es mejor que trates que Azrael no te vea demasiado interesado en ella hasta que la chica te haya aceptado y quiera presentarte con su familia como novio oficial...

-Está bien, lo entiendo. Tendré cuidado. 

-Además, Anmy es una chica terriblemente tímida y no sabe expresar sus sentimientos... ¿Quieres una sugerencia?

-Soy todo oídos.

-La próxima vez que la encuentres, no trates de hablarle: sé directo y róbale un beso.

Darien sonrió con ilusión.

-Es justo lo que voy a hacer. Gracias, señora Metallium, es usted un ángel.

La sonrisa de Vanessa se volvió decididamente malévola al oír eso, pero Darien estaba demasiado en las nubes como para darse cuenta.

Rodorio

Alhena se apartó el cabello de la cara con aire de fastidio. Estaba cansada de aquella misión imposible que le había encomendado Lord Ares. ¿Cómo secuestrar a alguien que aparecía y desaparecía constantemente?  No había manera de seguirle los pasos a Braulio Seadragon. No porque estuviera en un lugar un día y en otro al siguiente, sino porque estaba en un lugar en un momento determinad y se había esfumado en el aire al instante siguiente. ¿Cómo se puede planear un secuestro en toda regla si la víctima se niega a seguir una rutina que permita planear bien las cosas?

Se había quejado con su amo en unas cuantas ocasiones, rogándole que asignara aquel aburrimiento a alguien más, Cratos por ejemplo. Pero Ares se reía a carcajadas con sólo escuchar la sugerencia (carcajadas que terminaban en violentos ataques de tos que, francamente, la inquietaban bastante) y sólo le decía que continuara vigilando hasta que descubriera la forma de secuestrar al chico sin hacer demasiado ruido.

¿Y para qué rayos querría Lord Ares secuestrar a un simple estudiante? Bueno... no tan simple, no es muy común que un muchacho de dieciocho años se esfume en el aire...

El Santuario

Anmael miró discretamente en todas direcciones. No había moros en la costa...

-Hola, Anmy, cariño.

-¡Argh!

Corrección: no había moros en la costa, pero sí un demonio de Babilonia...

-No. Me. Llames. Anmy... –protestó Anmael, por enésima vez, aún sabiendo que era un esfuerzo inútil.

Vanessa contempló a Anmael con su sonrisa más malévola.

-Te llamaré como yo quiera. Tu madre te hizo prometer que serías obediente conmigo, ¿recuerdas?

-También te hizo prometer que cuidarías de mí.

-¡Pero si eso es lo que estoy haciendo! Darien es un muchacho educado, de buena familia, con buenas costumbres, un carácter agradable, un buen empleo y, hasta donde puedo darme cuenta, es completamente sincero cuando dice que te ama. ¿Qué más se puede pedir?

¿Darien? ¿Así se llamaba el sujeto aquel? Anmael frunció el ceño antes de responder.

-¿Que se tire a un barranquillo, por ejemplo? Eso me haría muy feliz justo ahora...

-Creo que sería capaz de hacerlo si se lo pides... Comprendo que te disguste el asunto del género, pero entiende, hijo, nadie es perfecto. Y, la verdad, tengo la ligera impresión de que estás resultando demasiado exigente, considerando tu origen. ¿Qué diría Zoe si supiera lo quisquilloso que resultaste ser? –Vanessa reflexionó unos instantes y luego empezó a recitar un hechizo, Anmael la miró con desconfianza pero no se atrevió a interrumpirla, sabía de sobra que eso sólo empeoraría las cosas.

-¿De qué se trató eso? –preguntó la Sombra Azul cuando Vanessa terminó.

-Un pequeño hechizo de confusión. Se me dan muy bien.

-¿Uh? ¿Por qué de confusión? –mientras hacía la pregunta, Anmael tomó conciencia de que seguramente no le gustaría la respuesta.

-Desde este momento y hasta que yo lo decida, NADIE será capaz de aclararle a Darien su pequeña confusión.

Anmael estuvo a punto de caer al suelo en shock. 

-¡Tú no me puedes hacer esto a mí!

-¡Pero si ya lo hice, cariñín!

-Yo... yo... no puedo creer que una hija de la noble y poderosa Tiamat desperdicie sus maravillosos poderes en algo tan poco trascendental como hacerle la vida imposible a alguien tan insignificante como yo... –dijo Anmael, con su mejor mirada de cachorrito huérfano. Aquello habría bastado para derretirle el corazón a cualquiera que no fuera un demonio.

-Anmy, yo no hago esto para mayor honra de mi madre. Lo hago porque es divertido verte rabiando.

Rodorio

Stephen todavía no alcanzaba la perilla de la puerta, así que se sintió muy afortunado cuando bastó un pequeño empujón para abrirla. La habitación de Terry era una especie de cueva de Alí-Babá para el pequeño, al que le fascinaba la pequeña colección de estatuillas de Buda que estaba perfectamente ordenada en una mesita que ocupaba un rincón y en la cual solía haber además algo de incienso. Cierto, Terry había puesto el grito en el cielo las veces que lo había pillado jugando con las figuras, pero eran más las veces que no lo había descubierto... Terry decía que esos seis budas debían estar siempre en un orden perfecto porque representaban el equilibrio cósmico... pero Stephen opinaba que eran más divertidos si se usaban para jugar.

-¿Pasa algo, bebé? –preguntó Terry.

Stephen miró con curiosidad a su hermano mayor. Estaba vestido para salir. ¡No! ¿Otra novia? 

-¿Vas a salir?

-Ya casi.

-¿Con quién?

Terry sonrió divertido, Stephen estaba repitiendo las preguntas que solían hacer Shun y Esmeralda.

-Unos amigos del colegio. Iremos a patinar y luego tal vez por una pizza.

-¿Me llevas? 

-¿Por qué quieres ir? Te aburrirás.

-¿Si es aburrido, por qué vas tú?

Ouch.

Stephen había ido acercándose poco a poco al altar y había descubierto algo nuevo. Cuatro estatuillas más, cada una ocupando una esquina de la mesita.

No eran como los budas, parecían llevar más bien armaduras como las que Stephen había visto en el Santuario, y dos eran amazonas...

-¿Quiénes son? –preguntó.

-Los Guardianes de los Cuatro Cielos.

¡Ah, sí! Terry los había mencionado unas cuantas veces. Stephen fue señalándolos uno por uno.

-Orión, Guardián del Cielo del Este. Eridano, Guardiana del Cielo del Sur. Ursa Major, Guardiana del cielo del Norte... y...

El último nombre se le escapaba.

-Serpens, Guardián del Cielo del Oeste.

Terry se arrodilló, abrazó al niño y apoyó la mejilla en su cabello, sabía de sobra que las cuatro figuras nuevas serían toda una tentación para su hermano, pero también sabía que no sería capaz de cerrar su cuarto con llave para dejarlo afuera y que no revolviera sus cosas... sin duda encontraría la habitación patas arriba cuando regresara.

-Me debes un cuento –le recordó Stephen, con la esperanza de que a Terry se le hiciera tarde para reunirse con sus amigos y decidiera quedarse en casa.

-Hace mucho, mucho tiempo –empezó Terry, obediente- los espejos no servían para verse en ellos. Eran puertas que conducían a lugares lejanos, muy diferentes de todos los que conocemos. Por un espejo podía llegarse a un país en el que siempre era de noche y había cinco lunas, de las cuales una siempre estaba llena. Por otro podía llegarse a un país donde el cielo no era azul sino rojo. Por otro se llegaba a un palacio en el fondo del mar, un palacio habitado por dragones, tortugas y cangrejos... Y también había un espejo que llevaba hasta un lugar donde los árboles tienen las ramas de oro y hay un castillo construido sobre siete montañas...

-Sukhvati –dijo Stephen-, tu otra casa.

-Así es. En aquel tiempo todo el que quisiera ir a Sukhvati podía hacerlo cruzando el espejo y la gente que vive ahí recibía con frecuencia la visita de las personas de esta tierra.

-¿Y por qué ya no?

-El rey de uno de los otros países, al que llamábamos el “Tigre del Espejo”, decidió que quería ser el dueño de todos los países, reunió un ejército e invadió la Tierra. Empezó por China.

 “Afortunadamente, China estaba gobernada en ese tiempo por un hombre muy sabio y muy valiente, el Emperador Amarillo. Él supo que no podría vencer solo al Tigre del Espejo, así que le pidió ayuda a los Cinco Budas...

-¿No eran seis?

-Ahora somos seis, en aquel entonces sólo éramos cinco.

-Ah.

-Los Cinco Budas no estaban muy seguros de lo que podían hacer para salvar a todos los mundos de aquella amenaza, así que le pidieron ayuda a varios dioses de países lejanos. Llamaron a Odín de Asgaard, a Isis de Egipto, y a Némesis, Astrea y Temis de Grecia; todos ellos habían sido amigos de los Budas durante muchísimos años y entre todos protegían a cuatro Caballeros de Atenea.

-¿Caballeros como papá?

-Justamente. La idea de los Budas era llamar a esos cuatro caballeros y pedirles que ayudaran al Emperador Amarillo mientras ellos y sus dioses amigos conseguían más ayuda. Pero en ese tiempo sólo había un Guardián del Cielo, porque Orión y Eridano habían muerto unos años antes y Ursa Major no había nacido todavía. Así que Serpens fue el único que pudo acudir a ayudar al Emperador Amarillo.

-Las cuatro armaduras de los Cielos nunca han sido usadas todas al mismo tiempo.

-¡Bien! Me alegra que lo recuerdes.

-¿Y Serpens ayudó al Emperador?

-Sí, y mucho. Juntos consiguieron hacer retroceder al ejército del Tigre hasta que lo obligaron a regresar al espejo. Y entonces hicieron lo único que podían hacer... cerraron todos los espejos para que el Tigre no pudiera volver a la Tierra. Por eso ahora los espejos tienen reflejo, para que no veamos lo que hay del otro lado y nadie trate de liberar al Tigre de su prisión.

“Pero el Tigre del Espejo tenía aliados en la Tierra que nunca le perdonaron al Emperador ni a Serpens lo que habían hecho para vencerle. Una de ellos era una princesa de ojos verdes que juró vengar a su amigo en toda la Tierra, empezando por China. Y para lograrlo, se quedó a vivir en China esperando descubrir algún secreto que le permitiera llevar a cabo sus planes.

“Se hizo pasar por esclava y fue sirvienta de los emperadores que sucedieron al Emperador Amarillo, hasta que llegó uno, el constructor de la Gran Muralla, que cometió un error: mandó quemar todos los libros de China. Así fue como la princesa de los ojos verdes se dio cuenta de que los libros que el Emperador deseaba destruir contenían un gran secreto que podía serle útil. Averiguó cuál era y empezó a planear la destrucción del mundo.

“Pero los Budas y sus amigos nunca habían dejado de vigilarla a ella, conocían sus planes y buscaron a siete ángeles que eran enemigos de la princesa para que le estorbaran en su trabajo, y así fue como la venganza de la princesa se fue retrasando por miles y miles de años.

“Eso no podía durar para siempre y llegó un momento en que la princesa debía salirse con la suya la menos en parte. De la misma manera en que los budas habían recurrido a dioses de sitios lejanos, ella acudió a demonios de muchas clases y pronto hubo una guerra de dioses, ángeles, budas y demonios que todavía no ha terminado y en la cual se mezclan todos los posibles desastres que amenazan a la humanidad.

-¿Y qué pasó con Serpens?

-Él va y viene. Está bajo la protección de Isis y es una persona muy especial, por eso Atenea nunca pudo darle órdenes, sólo pedirle favores. Por lo mismo es muy amigo de Némesis y Temis y Astrea lo aprecian mucho, Odín lo respeta y los Budas le tenemos mucho cariño y siempre oramos por él.

-¿Es a él a quien vas a ir a buscar?

-¿Ahora? No, ahora debo reunirme con alguien más. A Serpens siempre he sabido dónde encontrarlo.

Contrario a su costumbre, esa vez Stephen no protestó demasiado cuando Terry se marchó, pero en el monto en que su hermano desapareció al doblar una esquina, el niño se dirigió a la habitación. Si Terry no iba a quedarse con él ni iba a llevarlo de paseo... ¿por qué no jugar un rato con las estatuillas, especialmente ahora que había algunas nuevas?

Aeropuerto de Atenas

-¿No se habrá retrasado el vuelo? –preguntó Seiya.

-Lo habrían anunciado –respondió Shiryu.

-Hum –Seiya miró de nuevo su reloj-. Preferiría no tener que retrasarme mucho aquí, Verena me hizo unos cuantos encargos y van a cerrar la tienda de herbología a la que quiere que vaya.

-Pensé que ella misma cultivaba sus hierbas medicinales.

-Así es, pero quiere probar un té que le recomendaron.

-Ah, míralo, ahí viene...

-¿Es él?

-Bueno... yo diría que sí...

-Pero no te atreverías a jurarlo, ¿verdad?

-Pues no...

El objeto de la conversación caminó directamente hacia ellos, con lo que pareció confirmar que era en efecto la persona que estaban esperando.

-Seiya, Shiryu, ¡cuánto tiempo sin verlos!

-¿En serio eres tú? –preguntó Seiya.

Jabu sintió una oleada de incomodidad. ¿Por qué esa pregunta tan extraña? ¿Qué tanto puede cambiar una persona en tres años? Tenía el cabello un poco más corto de lo habitual, pero aparte de eso...

-Debe ser ese disfraz de alto ejecutivo –sonrió Seiya.

-Gracias por lo de “alto” –respondió Jabu, sin demostrar si había captado la broma, para luego volverse hacia el caballero que lo acompañaba-. Amigos, este es mi padre, José Verner. Tou-san, estos son Seiya de Sagitario y Shiryu de Libra... 

Al menos Shiryu saludó a José con toda la corrección de siempre, pero Seiya había puesto una cara de asombro que irritó a Jabu. No había mucho de qué sorprenderse, después de todo Shiryu trabajaba con las Empresas Kido tanto como Jabu y había estado en contacto con José por teléfono y por internet más de una vez, ya sabía quién era y su parentesco con Jabu. Era con Seiya con quien casi no había hablado y el hecho de que Jabu se había reunido con su familia no había surgido ni una sola vez durante esas rápidas conversaciones.

En realidad era el propio Jabu el que tendría que haberse sorprendido al darse cuenta de que no se lo había mencionado a Seiya, hubo una época en la que se lo habría anunciado con algo más que un poco de presunción. Después de todo, era el único de los niños de la Fundación Graude que no era un huérfano del todo, aunque José no fuera más que su padrastro. ¿Pero por qué esa cara de incredulidad e incluso desconfianza por parte de Seiya?

-¿Tu padre? –dijo el Caballero de Sagitario-. No es posible que sea tu padre...

-¿Por qué dices eso? –el viejo Jabu estuvo a punto de salir a la superficie-. ¿Me estás llamando mentiroso? –corrección, el viejo Jabu sí había salido a la superficie.

-Pues porque... –Seiya empezó a decir algo, pero se detuvo. Parecía terriblemente incómodo-. Jabu... eh... uh… ¿no se supone que todos nosotros somos huérfanos? Fue por eso que el viejo Kido nos adoptó, en primer lugar... este...

José apoyó una mano en el hombro de Jabu para tranquilizarlo y le sonrió a Seiya.

-En realidad soy el padrastro de Jabu, pero a él le agrada llamarme papá.

-Oh... –Seiya parecía un tanto más incómodo que antes-. ¿Su padrastro?

-Mi padre –corrigió Jabu sin poder comprender por qué se sentía tan agresivo de repente.

-¿Quizá sería bueno que nos pusiéramos en camino? –sugirió José-. Tengo entendido que el ferry no trabaja de noche.

-Muy cierto –apoyó Shiryu-. Busquemos sus maletas.

Cuando Shiryu y Seiya se adelantaron para conseguir un taxi, Jabu sintió de repente un pellizco en un brazo.

-¡Ouch! ¿Por qué hiciste eso?

-Para bajarte a la realidad, Jabu-chan. ¿No me dijiste que Seiya era tu amigo? Si lo es, ¿por qué le hablaste así? Y aunque no lo fuera, ¿qué clase de modales son esos?

-Hum... Pensé que estabas en contra de castigar físicamente a los niños...

-Yo no veo ningún niño por aquí... Además, la encargada de mimarte es Deidre, a mí me corresponde corregirte.

-Oh, tou-san... –Jabu sonrió algo avergonzado-. No sé qué me pasó. Hacía años que no me dominaba así mi mal carácter. ¿Será el aire de Grecia?

-No es peor que el de Inglaterra, diría yo. 

-Creo... que no me gustó la forma en que reaccionó Seiya cuando le dije que eres mi padre. Como si le fuera completamente imposible creer algo así... –en ese instante, los ojos de Jabu cambiaron de azul a negro-. ¿Será posible?

-¿Qué cosa?

-Creo que sólo podría haber reaccionado así si le constara que no eres mi padre biológico.

Ahora era José el que se veía incómodo.

-¿Es posible que Seiya sepa quién era mi padre?

-Todos ustedes tienen acceso a los archivos de la Fundación desde hace algunos años, ¿no es así? Puede haber querido averiguar sobre su familia y tal vez también sobre las de sus amigos.

-Sí... –aceptó Jabu, un poco reticente-. Debería conversar con mis amigos más a menudo...

Japón

La puerta de la habitación se abrió y entró un hombre bastante alto, de cabello corto y negro. A Ónix le incomó un poco darse cuenta de que el visitante había perdido un ojo, quién sabe cómo, y desvió la mirada automáticamente.

-Hola. ¿Te han tratado bien?

-No me han tratado del todo, he estado aquí sin ver a nadie y sin enterarme de qué está pasando. Ahora, la pregunta obligada: ¿quién es usted?

-Me llamo Seishiro, trabajo para tu nueva jefa.

-¿La tal Tiamat?

-No, la hija de la tal Tiamat, Vanessa Metallium, y será mejor que hables con más respeto cuando te refieras a mi suegra. No lo digo por mí sino por mi dueña, ¿está claro?

-Cristalino –respondió Ónix, aunque no había entendido nada de nada-. Pero me agradaría que me dijera qué es exactamente lo que esperan de mí.

-Ah, por supuesto. Es muy sencillo...

A medida que Seishiro hablaba, Ónix iba convenciéndose más y más de que aquello no tenía nada de sencillo.

Y de que a Obsidian no iba a gustarle ni un poquito.

Rodorio

Anmael esperó con impaciencia que el semáforo cambiara para poder cruzar la calle. Tenía que apurarse para poder cumplir todos los recados que le habían encargado. Cuando Azrael le había dicho que iba a ponerlo a trabajar, poco después de que se establecieran en el Santuario, no había hablado en broma. Parte de lo malo de vivir con alguien tan obsesionado con el trabajo es que terminas trabajando al mismo ritmo. Por lo menos el mantenerse ocupado no le permitía pensar en muchas cosas que sólo servían para ponerlo tenso.

-¡Anmael!

Aquella voz, justo cuando estaba llegando a la otra acera, casi le hizo dar un paso en falso. ¿Araquiel? ¿Qué estaba haciendo Araquiel en Grecia?

-¿A... Araquiel? ¿C-c-cuándo llegaste?

-Hoy mismo.

La Sombra Dorada tenía una cara satisfecha muy poco familiar para Anmael, que empezó a retroceder sin proponérselo. Araquiel no pareció darse cuenta de eso.

-¿Y... a qué viniste? ¿Madre te envió? 

-Ella no sabe aún. Ven.

-¿A dónde?

-Volvemos a casa.

-¿Eh?

-Vine a buscarte para llevarte a casa –dijo Araquiel, muy despacio, como hablándole a un niño muy pequeño y no demasiado listo.

Anmael trató de continuar retrocediendo, pero Araquiel lo sujetó por la muñeca.

-Vamos.

-¿Es una orden de Madre? ¡No me ha comunicado nada al respecto!

-No tiene por qué ser una orden de ella. Basta con que yo diga que debes volver a China. Así que no protestes. ¿O es que quieres recoger algo antes de marcharnos? Lo siento, no voy a arriesgarme a que Azrael se entere de que vine por ti. Vámonos.

-¡No!

-¿Qué? –Araquiel estaba sorprendido. ¿Anmael tratando de desobedecer una orden suya? Y además forcejeaba para que lo soltara, como si no supiera que era un esfuerzo inútil.

-¡Suéltame! ¡Me estás haciendo daño!

Algunas personas se estaban deteniendo a mirar.

-No hagas que me enoje. No te gustará lo que voy a hacer si llego a perder la paciencia por tu culpa.

-¡Por favor! ¡No puedo irme ahora! ¡Madre ordenó que me quedara aquí hasta completar mi misión!

-¡Ya llevas tres años aquí y yo te quiero en casa, que es donde debes estar!

-¡No!

Exasperado, Araquiel levantó su mano libre con un movimiento deliberadamente lento, para que Anmael se diera cuenta con toda claridad que estaba a punto de pegarle. Vio cómo los ojos de la Sombra Azul se llenaban de terror y no pudo menos que sorprenderse un poco. Sabía que Anmael lo temía, ¿pero tanto?

Al momento de descargar el golpe, alguien le sujetó la mano, retorciéndole dolorosamente el brazo.

-¡Ni siquiera lo sueñes! –siseó una voz encolerizada.

¿Y ese tipo quién era?

-¡Suelta su mano! –ordenó el recién llegado.

Araquiel obedeció más por la sorpresa que por cualquier otra cosa. Anmael retrocedió un par de pasos, frotándose la muñeca lastimada.

-¿Quién diablos...? –empezó Araquiel.

-Vuelve a intentar pegarle y yo te arrancaré el brazo –advirtió el desconocido muy seriamente.

¡Eso era demasiado! Araquiel se cruzó de brazos y miró enojado a Anmael.

-¡¿Quién es este?! –exclamó.

-Soy Darien, el novio de Anmy –respondió el otro.

No es que Araquiel no fuera inteligente, sino que esa información era un tanto difícil de procesar, aún en las mejores circunstancias, así que tardó un par de segundos en relacionar el diminutivo “Anmy” con el nombre “Anmael”, luego de lo cual apartó la mirada de Darien muy lentamente para fijarla en la Sombra Azul. Anmael había visto muchas cosas en su vida, pero jamás había visto esa mezcla de sorpresa e hilaridad en la expresión de Araquiel.

-¿Es idea mía o ha dicho que es tu novio? –preguntó Araquiel, con calma, casi cariñosamente.

-¡No lo es! –se apresuró a aclarar Anmael-. ¡Es una confusión! ¡Una MUY grande!

-Definitivamente tiene que serlo... ¿En verdad no quieres volver a casa? Nos haces falta...

En ese momento, Anmael estuvo a punto de aceptar.

-¡Anmy, este tipo no puede obligarte a nada! ¡No importa quién sea!

-Es mi hermano –aclaró Anmael.

Darien los miró un tanto confuso. Contando a Araquiel, conocía entonces a tres hermanos de Anmy y los cuatro no podían ser más diferentes, vaya familia tan variada... 

-Como sea, de todos modos nada le da derecho a pegarte.

-Así es como saluda él –contestó Anmael, repentinamente molesto. ¿Y quién le daba derecho a Darien para criticar a SU familia?

El Santuario

Pocos minutos después de llegar al Santuario, Ikki despachó a Dey e Ismael para que localizaran a Junta y se reunieran con él en el anfiteatro. Ya lo había arreglado todo con Azrael para que el combate por la armadura de Hércules se realizara ese día de una vez por todas. Azrael lo había mirado con extrañeza, por lo repentino de su decisión, pero no se había opuesto. Si el Caballero de Leo consideraba que sus alumnos estaban listos, no tenía por qué discutírselo. Y ahora estaba Ikki contemplando el anfiteatro (que tenía mejor aspecto que nunca gracias a la última restauración) cuando tuvo la repentina y molesta sensación de no estar solo.

-¡Muéstrate! –exclamó, poniéndose alerta y mirando a su alrededor.

-No me he ocultado en ningún momento. Saludos, Maestro.

Ah, era Shiryu... ¿Pero por qué lo llamaba “Maestro”? ¡Oh, un momento! ¡Ese no era Shiryu! Habría podido hacerse pasar por él en caso necesario, pero era más moreno que el Caballero de Libra y sus ojos no eran azul grisáceo sino negros...

-Obsidian... ¿Qué te trae por aquí?

El antiguo Caballero del Dragón Negro hizo una profunda reverencia para saludarlo. Siempre tan exageradamente formal, más que suficiente como para ponerlo incómodo.

-Tengo un problema, Maestro, y vine a solicitar consejo.

Oh, oh, oh... ¿así le hablaría Shiryu a Dohko? ¿Y Dohko qué le contestaría? Al obtener la armadura del Fénix, años atrás, Ikki se había convertido además en el líder de los Caballeros Negros, en cierto modo podía decirse que los había heredado. Y todos insistían en llamarlo “Maestro”, especialmente Obsidian. Era algo que lo desesperaba pero que no podía remediar porque, para colmo de males, era lo correcto.

-¿Qué clase de problema? No, espera, déjame adivinar, es el pequeño Ónix otra vez.

¡Argh! ¡Lo había dicho de nuevo! No había manera. Ónix tenía casi la misma edad que Seiya, Shun y Jabu, pero Ikki nunca había sido capaz de pensar en él como un adulto, seguía viendo en él al niño pequeño que había encontrado a su llegada a la Isla de la Reina Muerte. La actitud protectora de Obsidian tampoco ayudaba mucho a evitar eso, pero Ikki tenía la sensación de que le molestaba que se refiriera así a Ónix.

-Otra vez no, Maestro.  Siempre.

Parecía avergonzado.

Bueno, no era para menos. Obsidian siempre había sido un hombre de honor, pero el pequeño Ónix, el hermanito al que había cuidado toda vida, era un criminal. Y lo peor era que se dedicaba a robar por diversión y no por necesidad. Jamás le había faltado nada, gracias a su hermano mayor.

-Bueno, si lo han atrapado por fin, creo que podremos hacer algo por él, solicitar que quede bajo la custodia de la Orden, por ejemplo, así podríamos vigilarlo de cerca...

Obsidian sacudió la cabeza.

-No, no se trata de la policía. Ónix desapareció hace una semana y estoy preocupado. Sé que huyó de Canadá luego de robarle a varios traficantes y no se ha sabido de él desde entonces.

Eso era serio.

-Estará ocultándose por un tiempo... –sugirió Ikki, en un intento por tranquilizarlo.

-¿Ónix ocultándose? –dijo Obsidian, como si aquello fuera más improbable que una lluvia de peces en mitad del desierto. Lo peor era que tenía razón-. Creo que es más posible que lo haya atrapado algún antiguo socio, o una de sus víctimas...

Rodorio

El lugar acordado era el parque. Un sitio pequeño, con árboles y una fuentecita que apenas daba abasto con las palomas. Terry repasó mentalmente lo que tenía que hablar con Fénix...

-Hola, Kido.

La chica que acababa de alcanzarlo hacía una bonita pareja con él, en opinión de un par de ancianitos que estaban a esa hora en el parque, viendo comer a las palomas. Era igual de alta y tenía el largo cabello de un blanco como nieve, en el que aparecían reflejos lila según como le diera la luz. Por alguna curiosa casualidad vestía ese día con ropa de los mismos colores que llevaba Terry, como si se hubieran puesto de acuerdo para salir así.

-Hola, Arien, no te había visto.

-La historia de mi vida. ¿Siempre soñando despierto?

-Más o menos. Ya me conoces, el eterno despistado.

La chica sonrió levemente.

-¿Cuándo regresaste? –preguntó Terry-. Pensé que lo de ir a vivir a Montecarlo era definitivo.

-Lo era... Mi padre está muy satisfecho con su nuevo trabajo, pero yo extrañaba Grecia, así que rogué y supliqué hasta que me dejó volver. Voy a vivir con mi hermano Darien, que acaba de establecerse aquí. Lo contrataron en el Santuario, ¿sabes?

-¿Ah, sí?

-Sí, ahora es parte del departamento de contabilidad. Está que no cabe en sí de contento.

-Me alegro por él. Y también me alegra que vayas a estar por aquí.

-¿En serio?... Hum... escuché que rompiste con Alicia.

¿Arien acababa de regresar y ya se había enterado de eso? O los chismes corrían con toda rapidez en Rodorio o ella había preguntado muy pronto por su exnovio. Terry la miró incómodo.

-Cosas que pasan. Nada más se terminó.

-Ya veo. ¿Fue porque formas parte de la Orden de Atenea o porque a ella también la engañabas con la chica de cabello negro?

Aquello sí fue un shock. Arien nunca había mencionado ninguna de las dos cosas ni cuando eran amigos, ni cuando eran novios, ni cuando rompieron.

-No creo que eso sea...

-Algo de mi incumbencia. Lo sé. Pero la curiosidad me mata.

-Fue por la Orden.

-Oh, ¿entonces ya no sales con esa otra chica?

-Jamás he salido con ella. Es mi prima.

-¿Sabes que eso suena como una excusa tan pero tan mala que acabaré creyendo que dices la verdad?

-Es la verdad. Dulce María es mi prima, la hija adoptiva de mi tío Ikki...

¿Por qué le estaba contando todo eso a Arien, a fin de cuentas? Ni siquiera debía interesarle...

-Bien, Kido, te creo –sonrió ella-. ¿Así que no me engañabas a mí tampoco?

-¿Por qué te iba a engañar? Si me hubiera cansado de ti, te lo habría dicho...

Oh, rayos, y ahora estaba hablando de más.

-Me parece maravilloso que digas eso, porque he decidido darte otra oportunidad.

-¿Eh?

Terry la miró aturdido, ¿de qué estaba hablando? Arien sonrió divertida y le dio un beso en la mejilla.

-Y ahora que ya está todo arreglado, ¿qué tal si me presentas a tu prima? Debe ser muy incómodo tratar de fingir que es invisible y yo ya me cansé de fingir que no la estoy viendo...

Fénix salió de su escondite muy sonrojada. Si esa chiquilla la había descubierto tan fácilmente, debía ser que estaba perdiendo la práctica.

Puerto de Laurión

Seiya contemplaba el mar, acodado en la barandilla del muelle mientras esperaban el ferry que debía conducirlos a la isla. Podía escuchar a Shiryu conversando con José acerca de cosas del trabajo. No era mucho lo que podía sacar en claro, la economía no era su especialidad. Jabu sólo intervenía de cuando en cuando, y sus pausas cada vez eran más largas hasta que Seiya dejó de oírlo del todo. ¿Se habría quedado callado o se habría alejado del grupo?

-¿En qué piensas?

Ah, se había acercado a hablar con él.

-En nada en particular.

-Hum, en lo de siempre, entonces.

-Muy chistoso, Jabu, muy chistoso...

-Tienes una cara de preocupación que resultas casi desconocido, Seiya...

-¿Desconocido, yo? Eres tú el que está irreconocible.

-¿Uh? ¿Qué me notas diferente?

Seiya se negó a mirarlo... ¿debería hacer la lista por orden de importancia, por orden alfabético o según se le fuera ocurriendo?

-Eres otra persona –dijo finalmente, sin ganas de ser demasiado específico.

-Algo de eso hay.

Definitivamente no se esperaba que Jabu fuera a estar de acuerdo con él. Seiya lo miró entonces y descubrió que se había puesto unos anteojos oscuros, eso tampoco era propio del Jabu que conocía.

-¿Hace cuánto que te encontró el señor Verner?

-No me encontró. En realidad no me estaba buscando, nos encontramos en Londres cuando Saori nos envió a Lilith y a mí a investigar qué andaba mal con las empresas Kido. Él me reconoció primero y luego yo lo reconocí a él.

-Ya. Y tres años después lo traes a Grecia para presentárselo a tus  amigos, ¿no?

-No exactamente. Vinimos a trabajar, primero. Luego... habrá que ver si se pueden arreglar otras cosas.

-Hum. Jabu... ¿estás seguro de que es quien dice ser?

Hubiera preferido poder mirarlo a los ojos, esos lentes eran como un escudo...

-No tengo dudas al respecto. Mis recuerdos son muy claros.

-¿No eras tú el que no recordaba absolutamente nada cuando te llevaron a la Fundación? Estabas en shock cuando llegaste, ni siquiera podías recordar tu nombre.

Jabu asintió lentamente.

-Ha llovido mucho desde entonces, Seiya. Ahora recuerdo incluso más de lo que debería. No es un impostor, realmente es el hombre que se casó con mi madre cuando yo tenía unos meses de nacido.

Seiya silbó, un silbido bajo y largo que podía significar infinidad de cosas.

-Yo no conocí a mi padre biológico, ¿sabes? –dijo Jabu de repente-. Mi madre nunca me habló de él y tou-san... José... –Jabu miró a José y Shiryu por encima del hombro antes de continuar hablando-. Se pone muy irritable si toco el tema. Conoció a mi padre y al parecer tenía motivos para odiarlo. Dice que es mejor que no averigüe al respecto.

Hasta ese momento, Seiya había tenido la firme convicción de que era mejor para Jabu no enterarse de la verdad; ahora ya no estaba tan seguro.

-¿Y qué es lo que piensas tú?

-He tratado de guiarme por mi sexto sentido.

Eso sería toda una hazaña. El sexto sentido nunca había sido muy fuerte en Jabu.

-¿Y qué has logrado?

-Tener la repentina necesidad de venir a Grecia. Supongo que luego sabré el porqué de eso.

-Y hablando de “porqués”... ¿Por qué esos lentes?

Jabu se los quitó y miró a Seiya, que sólo pudo tragar saliva, aturdido. Ojos negros, en los que parecían brillar las estrellas, pero que no reflejaban nada... o sí... había un tenue reflejo que Seiya no se atrevió a identificar.

-¿Seiya?

La voz de Jabu llegó desde muy lejos, mientras él caía lentamente y todo se volvía un abismo blanco...

-¡Eso lo hiciste a propósito! –exclamó Seiya cuando volvió en sí y se encontró sentado en el suelo con los otros tres rodeándolo, muy preocupados.

-¿De qué hablas? –preguntó Jabu, con cara de inocencia.

Shiryu tuvo que sujetar a Seiya para impedir que le pegara a Jabu.

-¡Contrólate, hombre! ¿Qué te pasa?

-¡¿No te has dado cuenta de la bromita que me hizo este?! ¡Mira sus ojos!

Shiryu miró a Jabu intrigado, ¿sus ojos? En ese momento eran de un tono tan claro que casi resultaba transparente...

-¿Qué hay con sus ojos? Yo los veo igual que siempre... bueno, no igual que siempre, creo que ese tono de celeste sólo se lo había visto dos veces antes... cuando la Batalla de las Doce Casas... ¿y cuándo fue la otra? fue antes, creo... ah, sí, cuando Tatsumi nos atrapó tratando de escapar de la Mansión Kido.

Jabu se  puso rojo.

-Hazlo de nuevo –exigió Seiya-, muéstrale.

-Casi siempre es involuntario –protestó Jabu-. Depende de mi estado de ánimo, ¿recuerdas? 

Siempre había sido así, castaño si estaba de buen humor, azul si estaba disgustado o triste. Seiya recordó con repentina claridad a Saori (no Saori/Atenea sino la niña que tanto se había reído a costillas suyas) comentando que los ojos de Jabu podían mostrar tres tonos de azul correspondientes a tres grados de enojo y uno más que era exclusivo para cuando estaba furioso con Seiya. “Azul Seiya” le decía Saori a ese tono que indicaba que Jabu estaba de humor como para matar a alguien.

Durante toda su infancia y adolescencia, Seiya no vio otro color que no fuera “azul Seiya” en los ojos de Jabu, al punto que estaba convencido de que lo que decían los demás acerca de que podían cambiar de color era un cuento que se había inventado alguno para molestarlo.

Fue después de su graduación en la universidad cuando por fin vio algo diferente. La primera vez que consiguió hacer reír a Jabu con uno de sus chistes, éste cerró los ojos por un instante y cuando los abrió se habían vuelto castaños. Seiya se había quedado mirándolo boquiabierto hasta que Ikki hizo un comentario burlón sobre el aspecto que ofrecía...

-Espera un momento –dijo Seiya, volviendo al presente-. ¿Cómo es eso de que CASI siempre es involuntario?

El celeste fue reemplazado por castaño, mientras Jabu lo ayudaba a ponerse en pie.

-Bueno, confieso, eso sí fue a propósito, pero no siempre lo consigo... en todo caso, no pensé que fuera a pasarte nada, por lo visto, a algunas personas las afecta un poco que un unicornio las mire a los ojos –explicó Jabu con voz calmada.

-¿Qué... qué es lo que te ha pasado?

-Recordé. Es una larga historia, pero recordé quién soy y de dónde vengo... Vamos, Seiya, no me mires como si me hubiera crecido un cuerno en medio de la frente...

En realidad, Seiya acababa de tener la visión de un unicornio junto a Jabu, mirándolo con idénticos ojos negros, pero sin el leve reflejo que había podido ver en los ojos de Jabu. ¿Le había llegado por medio del cosmos, o realmente había habido el fantasma de un animal mítico junto a su amigo por un instante?

Casa de Acuario

Misha sabía que estaba dormido. En los últimos años, solía darse cuenta de que estaba soñando mientras eso sucedía, así que no se sorprendió por aquel bosque extraño que lo rodeaba, ni se sorprendió cuando notó que estaba vestido a la usanza griega de la antigüedad, ni le extrañó ver su cara reflejada en el agua de un pequeño río y darse cuenta de que esa no era su cara de siempre. Estaba soñando que era Orión. Bueno, nada por qué alarmarse.

En su sueño, buscó en vano la pieza que quería cazar para llevarle a sus padres y se sintió agotado cerca del amanecer, así que dejó su arco y sus flechas a un lado, se recostó en la hierba y dejó su cuchillo desenvainado y cerca de él, para poder tomarlo con rapidez en caso necesario. Pronto se quedó dormido.

Un sueño dentro de otro sueño. 

Orión se sorprendió un poco al darse cuenta de que era un muchacho de cabello corto. Le intrigaron los ojos azul hielo de su propia imagen, qué extraño. Y la ropa que vestía también era extraña. Pero dejó de pensar en eso al ver a la joven que lo acompañaba. ¡Qué bella! Con aquel cabello castaño oro y los ojos casi dorados... esa sonrisa dulce... preciosa... ¿Por qué estaría él tan nervioso? Casi podría jurar que estaba aterrorizado... Ah, era eso. Un hombre caminaba hacia ellos con paso decidido y una mirada fiera en los ojos azules. Orión jamás lo había visto, pero comprendió que era el padre de la muchacha... ¿por qué al verlo le venía a la mente la imagen de un león? Sin duda estaba hecho una fiera, debía ser un padre muy celoso... ¿pero por qué precisamente un león? Un león contra el cazador, mal augurio si estaba soñando con el futuro y aquel hombre terminaba convirtiéndose en su suegro. 

Qué tontería. Orión ya tenía su pensamiento ocupado con Artemisa y Eos y el conflicto que no acababa de resolver. ¿Cómo iba a ponerse a pensar en esa chica de cabello castaño oro?

Aunque era preciosa...

Entonces empezó a verse a sí mismo como si estuviera fuera de su cuerpo, o como si estuviera viendo una película. Ya no se parecía a Orión, era Misha,