Sidestory
4
CANCIÓN
PARA ELISA
Para
Elisa la dulce canción
que al trovador ella inspiró...
Las notas de “Canción para Elisa” llegaban claras y soñadoras desde
el salón y José apresuró el paso imperceptiblemente. Elisa estaba ahí.
Siempre que tenía algún rato libre en la mansión, la secretaria del señor
Kido aprovechaba para practicar en el piano de cola del salón. Y si deseaba que
José se acercara para conversar un rato, tocaba “Canción para Elisa”.
José tenía cinco años de vivir en Japón, el mismo tiempo que tenía
de trabajar como traductor de inglés y español para el señor Kido, y estaba
casado con Elisa desde hacía cuatro años. cuatro años que cualquier persona
habría podido describir como de felicidad absoluta si tuviera que basarse sólo
en la conversación de José, siempre desbordante de cariño por su esposa y por
el hijo de ambos. Pero cuando quien lo escuchaba pertenecía también a la élite
de las Empresas Kido, esa persona tenía que reprimir un gesto de asombro y algo
de angustia. ¿Sería posible que el gaijin realmente creyera que el niño era
hijo suyo? ¿Realmente estaba tan enamorado de la extraña muchacha que le tenía
sin cuidado el haber dado su nombre a un hijo ajeno? ¿Lo hacía por su propia
convicción o por orden del señor Kido? Todos sabían que la secretaria había
sido la amante del jefe durante unas pocas semanas y que ya tenía un hijo
cuando el traductor le propuso matrimonio,
pero nadie lo decía en voz alta. No sería honorable comentarlo.
-Vida mía –saludó José desde la entrada del salón.
Elisa dejó de tocar y se volvió a medias hacia él, con las manos
enlazadas sobre el regazo y una sonrisa dulce. Era muy raro que mirara a los
ojos a la mayoría de la gente que trataba, pero siempre lo miraba a él
directamente.
-Debo volver al trabajo en unos minutos, el señor Kido desea viajar a
Grecia esta tarde y yo lo acompañaré. Por esta vez no será necesario un
traductor.
-De todos modos no hablo griego –la sonrisa que José llevaba desde que
había escuchado la canción se evaporó sin dejar rastro-. ¿Es absolutamente
indispensable que vayas con él?
-Sí. Sólo serán dos días. Él se quedará en Grecia para fotografiar
unas ruinas y yo regresaré aquí. ¿Estarán bien tú y Jabu?
-Sí, pero... no me gusta que vayas con él tú sola.
-No estaré sola, Tatsumi viene con nosotros, ya sabes que tengo que
entrenarlo para que tome mi lugar como asistente del señor Kido.
José asintió. Había sido un alivio el anuncio de Elisa de que ese año
se retiraría para dedicarse a su hogar. Tatsumi era un sujeto tan extraño como
el mismo señor Kido y nadie tenía idea de dónde había salido, pero aprendía
con rapidez y eso le valía el agradecimiento de José.
Estaba pensando en eso mientras esperaba a Jabu en el patio de la guardería.
Imposible confundirlo entre la pequeña multitud de niños, su cabello
castaño claro lo hacía destacar a la distancia. Por otro lado, Jabu lo reconocía
a él también desde lejos y corría a su encuentro tan pronto como podía
verlo. A veces lo asombraba la agudeza de la vista del niño, más de una vez
había visto una pequeña figura correr hacia él aún estando demasiado lejos
para distinguir rasgos.
Esa vez, como tantas otras, Jabu se arrojó a sus brazos, todo risas y
con la mirada brillante.
-Tiene usted un niño muy afectivo –comentó una de las madres que se
encontraban por ahí esperando a algún niño.
-¡Hola, mamá de Karin! –saludó Jabu a la señora.
Ella le devolvió el saludo.
-Hola, Jabu. ¡Cada día creces más! ¿Qué vas a ser cuando seas
grande?
-¡Traductor, igual que José!
La señora sonrió levemente desconcertada.
-¿José es algún pariente del niño?
-Soy yo...
-Oh, perdón, pensé que Jabu era hijo suyo.
-Y lo es, pero es hijo único y se confunde a veces...
José sintió que las mejillas le ardían. Esa era una de sus pequeñas
congojas diarias. No había manera de que el niño lo llamara papá. Sólo tenía
seis meses cuando él y Elisa se habían casado, pero desde que comenzó a
hablar, Jabu lo llamaba siempre por su nombre.
-¿Le dijiste que no soy su padre? –preguntó José un día, ya medio
desesperado.
-No. No tengo interés en que sepa que es ilegítimo, y el señor Kido no
tiene ningún interés tampoco en que sepa la verdad. Jamás se lo diría.
-Pero entonces... ¿crees que alguien se lo haya dicho?
-¿Quién? Vivimos lejos de la Mansión Kido y él no conoce a ninguno de
los otros empleados, nadie se lo ha dicho.
Elisa hablaba con tanta convicción que a él no le quedaba más remedio
que creerle. Pura y simplemente, Jabu sabía que no era su padre.
Hubiera preferido que fuera de otra forma.
-Realmente quisiera que me llamara papá.
-Tal vez lo haga más adelante.
-¿Más adelante? Ya casi tiene cinco años.
-¿Qué es lo que te preocupa? ¿La forma en que se dirija a ti o cuánto
te quiere en realidad? No puedes negar que te adora. Hay días en que me siento
celosa.
-¿Celosa? Ah, vamos, Elisa...
-Es en serio. Te llama por tu nombre, pero es a ti a quien abraza
primero.
-¿Mamá está bien? –preguntó Jabu, volviéndolo a la realidad.
-Sí, ¿por qué lo preguntas?
-Ella iba a venir hoy, lo prometió.
Cierto, Elisa nunca rompería una promesa, ni siquiera por una orden
directa de Kido.
-¿Mamá está bien? –insistió Jabu, con un tono ligeramente más
preocupado.
José apretó los labios y condujo de vuelta a la Mansión Kido. No
estaba de más asegurarse.
Una vez ahí le indicó a Jabu que lo esperara en el auto y entró a
buscar a Elisa. De reojo observó que había tres o cuatro niños en el jardín
y sintió un escalofrío repentino. El Proyecto Santuario. ¿Qué fuerza extraña
había hecho que lo olvidara? Se había sentido asombrado y un poco asqueado
cuando se enteró de que el verdadero propósito de la Fundación Graude no era
financiar los estudios de niños de bajos recursos, como había creído al
principio, sino reunir a los hijos ilegítimos del señor Kido para convertirlos
en alguna especie de guerreros. Había querido renunciar y llevarse a Elisa y a
Jabu a algún otro país, lejos de ese psicópata, pero ella lo había
disuadido, asegurándole que no había nada que temer...
Casi corrió por los pasillos de la mansión buscando a su esposa, sin
dar con ella en ninguno de los sitios habituales. Ya estaba a punto de llamar a
alguien del cuerpo de seguridad cuando escuchó la voz del señor Kido llamándolo.
-Pensé que ya estaría usted en su casa.
-Sí, pero recordé que había olvidado hacerle una pregunta a Elisa.
-Ella no está aquí, se marchó poco después de usted... dijo que usted
se encargaría del niño mientras ella viaja a Grecia, me pidió que le diera
unos días de vacaciones para que pueda atenderlo bien.
José miró fijamente a Kido sientiendo un sudor helado en la frente.
-¿No iba usted también a Grecia?
-Sí, pero hasta dentro de quince días. Ella tenía prisa por visitar ahí
a un pariente, según me dijo.
No podía ser. Eso no podía estar pasando. Elisa no podía haberle
mentido.
-Kido-sama, cuando venía hacia acá vi a algunos niños...
-Los primeros niños del Proyecto Santuario. Hoy mismo iniciarán su
entrenamiento, en los próximos días empezarán a llegar los demás. Pero nada
de eso se relaciona con sus labores dentro de las Empresas Kido.
-Lo sé, pero... hay una pregunta que debo hacer al respecto.
-¿Sí?
-¿El Proyecto Santuario incluye a Jabu?
-¿Jabu? –el rostro de Mitsumasa Kido resultaba tan ilegible para José
como si la expresión del magnate estuviera grabada en piedra-. Ah, el hijo de
Elisa. ¿Entonces, le puso Jabu?
¿Cómo era posible? ¡Jabu tenía casi cinco años y Kido ni siquiera
sabía cómo se llamaba!
-Sí, el hijo de Elisa –logró decir sin perder la calma, cosa que lo
asombró.
-¿Lo adoptó al casarse con ella?
Igual habría podido preguntar si había tenido un buen día, era
evidente que sólo preguntaba por preguntar, no porque le interesara la
respuesta ni todos los conflictos que había tenido José los últimos años, ni
si Elisa estaba bien o mal con el arreglo.
-Quiero saber cómo afectará a Jabu el Proyecto Santuario –repitió
José.
Kido lo miró largamente.
-¿Realmente le preocupan ese niño y su madre?
-Sí.
-Entonces, tranquilícese. Quizá lo hubiera tomado en cuenta, pero no
será necesario. Tenía algunas esperanzas puestas en el hijo de Elisa, pero el
resultado fue decepcionante.
¿Decepcionante?
-Sus ojos –continuó Kido, leyendo la pregunta en la expresión de José-,
no son como deberían ser.
En ese momento, el traductor realmente sintió deseos de golpear a su
patrón. Creía entender a qué se refería. Kido quería un niño que heredara
los ojos de Elisa, negros, insondables, ... maravillosos.
La
primera vez que había podido ver su propio reflejo en los ojos de la joven se
había dado cuenta de que sería capaz de dejarse matar por ella, y supo que
pasaría el resto de su vida adorándola... Y, no, Jabu no tenía los ojos de
Elisa, tenía unos grandes y adorables ojos que cambiaban de azules a castaños
según la luz y su estado de ánimo, incluso varias veces al día, unos ojos
maravillosos, pero que no eran como los de Elisa, sólo Elisa de entre todos los
seres vivientes tenía unos ojos que podrían hacerte desear vivir y morir por
verte reflejado en su mirada..
-Tenía
algunas esperanzas –repitió Kido, y José casi pudo ver que la decepción que
sentía el otro hombre no era por un asunto de estética sino por algo más
profundo-. Pero usted no tiene de qué preocuparse. El Proyecto sólo incluirá
niños huérfanos. El hijo de Elisa no formará parte del proyecto, ya que ambos
padres viven. Y me alegra que el hijo de Elisa tenga un buen padre. En verdad,
José-san.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. José hizo una breve
reverencia, sintiendo la tentación de darle las gracias, pero conciente de que
no podría hacerlo nunca. Llegaron a la casa en silencio. Realmente el niño
era muy intuitivo, porque no preguntó más.
José preparó la comida para ambos, haciendo el firme propósito de
alejar la angustia por lo menos hasta que Elisa regresara y le diera una buena
explicación. Tenía que haber una explicación.
Ella volvió al tercer día, pero no volvió sola. José estaba regando
las plantas del jardín cuando vio un auto negro de la Fundación Graude
detenerse frente a su casa. Elisa bajó del vehículo seguida por cuatro
empleados de la Fundación.
-¿Qué es lo que ocurre? –preguntó José, sin recibir ninguna
respuesta.
Elisa entró a la casa y salió menos de diez minutos después, llevando
a Jabu de la mano y con la pequeña mochila de la escuela repleta... ¿de ropa?
¿qué estaba pasando ahí?
-¡Elisa! ¿No crees que podrías darme una explicación?
Ella lo ignoró, se acercó al auto, entregó la mochila a uno de los
hombres y soltó la mano del niño.
-Este es Jabu –dijo, con voz neutra-. Llévenlo con los demás.
José soltó la manguera y corrió hacia ellos, con intención de tomar
al niño en brazos y apartarlo de esos hombres de negro a los que el niño
miraba con ojos asustados.
-¡Aléjense de mi hijo! ¿Te has vuelto loca, Elisa?
Ella lo miró por fin, habría esperado cualquier cosa, menos verla con
los ojos secos en una situación así.
-No, José. Tú no eres el padre legal, no puedes intervenir en esto...
he cedido mis derechos al señor Kido. Ahora Jabu pertenece a la Fundación
Graude.
-¡¿Qué?!
Dos de los hombres lo sujetaron, los otros dos se llevaron a Jabu, que
gritaba y lloraba aterrorizado, llamándolos a ambos. Elisa permaneció
impasible.
No supo cuánto tiempo transcurrió desde el momento en que uno de los
empleados de la Fundación se cansó de ser “amable” y zanjó el problema
golpéandolo hasta dejarlo inconciente, pero ya había oscurecido cuando se
encontró en el sofá de la sala, de una casa irreconociblemente silenciosa sin
Jabu. Elisa estaba sentada en uno de los sillones... respirando de un modo extraño,
como cansada...
-¿Por qué? –logró preguntar él.
-Tenía que hacerlo... Jabu nació para ser parte del Proyecto Santuario.
De otro modo jamás habría buscado tener un hijo con Mitsumasa Kido. Manaña te
ofrecerán un cambio de puesto, trabajarás en la sucursal de Inglaterra...
-¿Qué dices? ¡Elisa, no entiendo! ¡¿Por qué le entregaste a Jabu?!
¡Kido ni siquiera se preocupó por saber su nombre!
-Era mi deber tener un hijo que sirviera a la diosa Atenea. Si no hubiera
sido así...
-No... no lo entiendo...
-Lo sé...
Su respiración se hacía más débil y José se dio cuenta de algún
modo que Elisa estaba muriendo. Se levantó del sofá y fue a arrodillarse junto
a ella, tomando sus manos entre las suyas.
-Hace mucho tiempo, el último unicornio se encontró solo sobre la faz
de la Tierra. Los demás unicornios habían muerto o habían regresado al lugar
de donde vinieron. Unicornio habría podido regresar también, pero no lo hizo.
Estaba en la Tierra porque amaba a los seres humanos y quería ayudarlos, y
cuando se quedó solo y se dio cuenta de que su poder, aunque inmenso, no era
suficiente como para cumplir sus sueños, buscó a una diosa y le pidió que lo
convirtiera en un ser humano; así, sus descendientes harían que hubiera
personas buenas en el mundo, vivirían para ayudar a los demás, y los siglos de
Unicornio en el mundo de los hombres no serían en vano.
“La diosa le dijo que cumpliría su deseo, pero quería algo a cambio:
que Unicornio conservara su poder en lugar de repartirlo entre sus descendientes
y la sirviera, protegiéndola para poder proteger a la Tierra.
“La diosa no tenía derecho a exigirle que se convirtiera en su
servidor, ya que los unicornios fueron creados por un poder más alto, y él
habría podido decírselo, pero no lo hizo, porque la diosa también era humana
y el error que estaba cometiendo era tan humano que le hizo sentir ternura. Ella
en verdad pensaba que su idea era buena... y Unicornio pensó que al fin de
cuentas el único que podría salir lastimado con eso era él...
esa fue la primera equivocación de Unicornio como humano.
“Porque al conservar todo su poder siendo humano, Unicornio no tendría
hijos que fueran como él. Sus hijos fueron completamente humanos y él no podía
darle a ninguno una pequeña parte de sí mismo que pudiera vivir para siempre
en sus corazones. Lo único que pudo hacer fue elegir a uno entre ellos para que
heredara su poder a la hora de su muerte. Por eso siempre había sólo un único
unicornio sobre la faz de la Tierra. Tan solo como al principio y con todo el
sufrimiento que sólo pueden llevar sobre sí los seres humanos que aman sin
recibir nada a cambio, y además, tenía que servir a la diosa, que seguía
pensando que Unicornio debería estar muy agradecido por el favor que ella le
había hecho.
“Así ha sido desde entonces. Eso es lo que ni Atenea ni Zeus han
sabido nunca. Ellos creen que hay toda una raza de unicornios que viven entre
los seres humanos y que sólo un descendiente directo del que se presentó ante
Atenea sirve a la diosa por cada generación, pero la realidad es otra: después
de la primera generación, el unicornio sólo tiene un hijo, y ese hijo pasa a
ser unicornio sólo después de morir su antecesor.
“Por eso Mitsumasa se decepcionó tanto cuando Jabu nació y no tenía
mis ojos, por eso lo dejó fuera del proyecto... Pero Jabu tiene que estar en el
proyecto, debe ser un caballero de Atenea porque los unicornios no podemos dejar
de cumplir la palabra que dio nuestro ancestro...
“Ahora la diosa Hera está en el Santuario, señalando con espejos
rotos a las madres de los héroes, las que deberán morir para que sus hijos
sean Caballeros de Atenea. Y la muerte de cada una es la señal que Zeus espera
para reunir a los niños que protegerán a la reencarnación de Atenea... Mi
viaje a Grecia fue para suplicarle a Hera que me dejara vivir unos días más,
el tiempo suficiente para arreglar que Jabu fuera llevado a la Fundación sin
que tú te opusieras...
-¿Por qué? ¿Por qué, Elisa?
-Porque te habrías dejado matar o habrías matado a alguien antes que
permitir que se lo llevaran.
-Pero Jabu...
-Él estará bien. Las almas de todos los unicornios que murieron por los
humanos lo protegerán con la luz de Monoceros, mi constelación guardiana...
eso y su propio poder lo mantendrán a salvo hasta que sea el momento...
-¿El momento? ¿El momento para qué?
-El engaño que Atenea se impuso a sí misma no puede durar para
siempre... Por eso no quiero que dejes tu empleo en las Empresas Kido. Acepta el
traslado a Europa. Él te buscará cuando esté listo, y quiero que te
encuentre. Cuando eso suceda, dile que su madre lo amaba, aunque pudiera parecer
lo contrario. No importa cuántos años hayan pasado, sé que lo reconocerás
cuando lo veas...
No sabía si creerle o no. Era demasiado inverosímil, pero ella parecía
tan convencida...
-Elisa... –José estaba llorando y ya no se molestaba en evitarlo-.
Elisa...
-Hay algo más –con un esfuerzo increíble, Elisa sonrió-. Algo que
debes saber con respecto a los ojos de los humanos descendientes de
unicornios... En nuestros ojos sólo puede reflejarse aquello a lo que amamos...
José no estuvo seguro de entender al principio, pero ella continuó
hablando y a medida que lo iba haciendo el reflejo de José en sus ojos se hacía
más y más nítido, las últimas palabras de Elisa fueron algo que atesoró en
su corazón por el resto de su vida.
-...Mitsumasa Kido jamás se reflejó en mis ojos... sólo tú... hubiera
dado todo porque Jabu fuera tu hijo.
Elisa murió poco después.
José cumplió sus deseos de continuar trabajando para las Empresas Kido
y los siguientes años transcurrieron para él en Europa.
Cuando
tenía algún tiempo libre después de la intensa jornada de trabajo,
aprovechaba para practicar algunas piezas clásicas en el piano, y finalizaba
con “Canción para Elisa”, esperando siempre que en cualquier momento
llegara a su puerta un joven de cabello castaño y ojos que cambiaban del azul
al castaño según la luz y su estado de ánimo...
fin
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