Sólo un error
Card
Captor Sakura le pertenece a las magníficas CLAMP y a las empresas encargadas
de su producción y distribución. Yo no tuve nada que ver en el proceso, e hice
este fic pura y exclusivamente para diversión personal, sin ninguna clase de
interés comercial. Eso dicho, no me demanden, ne? ^^U
Advertencia
especial:
Este
fic es triste. Lacrimógeno. No tiene un final feliz. Tiene ligeras
insinuaciones de shounen ai, pero nada más grave que lo que pueden encontrar en
la serie original, aunque en la serie original no creo que vayan a encontrar
tanto ANGST concentrado. Si no les gusta esa clase de historias, huyan por su
bien.
Fue
mi error. Mi increíble y estúpido error.
No
es algo de lo que pueda estar orgulloso, o algo que siquiera importe en este
momento, pero es lo único en lo que puedo pensar... en que éste fue mi error.
Me
sobrepasé con mis actividades nocturnas. Ni siquiera soy capaz de recordar qué
fue exactamente lo que me motivó a cambiar de forma y usar todo mi poder...
alguna inútil prueba con las cartas, o algo así... nada vital, nada
importante. Sólo un error.
Un
error nefasto, imperdonable y fatal.
Mi
fuente de magia, de energía, de vida, no es muy estable. Si tan sólo el
consumo mínimo de magia indispensable para hacerme respirar lo deja tan cansado
que apenas puede mantenerse de pie, es inevitable que le agote mucho más que yo
vaya por ahí desperdiciando aquél don tan maravilloso que me otorgó.
Oh, no es nada fatal, me dicta una monótona voz, que es la de mi experiencia o la de mi creador, no lo sé. Al menos no directamente. Incluso en el peor de los casos, sólo se sentirá extremadamente cansado y tendrá que dormir por un par de días, pero luego todo volverá a estar como antes. Nada de qué preocuparse. Nada por lo que valga la pena restringirse. Después de todo, *tienes* ciertas obligaciones con tu dueña, y limitarte sólo porque un exceso podría darle un cansancio extremo a tu fuente es algo estúpido, en serio. No vale la pena. Él sabía a lo que se estaba exponiendo cuando ofreció aquél regalo.
Su
estúpido, estúpido error. Y mi aún más estúpido error aceptarlo, demasiado
preocupado por el bienestar de mi dueña y de las cartas a mi cuidado como para
pensar en las consecuencias de mis actos.
Bueno,
ahora tengo una buena prueba de ello.
Estoy
casi completamente rodeado por toda clase de ruidos, pero no logro distinguir
nada. No me es posible diferenciar los ruidos caóticos que me encierran, como
así tampoco puedo comprender bien lo que estoy viendo... está todo tan
borroso... ¿Acaso perdí mis anteojos en algún momento? ¿O es por culpa de
las lágrimas que se forman en mis ojos y caen, una tras otra, cada vez que
pestañeo, impidiéndome ver con claridad?
Siento
una ligera molestia en las rodillas... algo que se acerca al dolor. Creo que es
dolor. Estoy tan confuso que tardo unos instantes en darme cuenta que he caído
de rodillas, con tanta fuerza que la tela de mis pantalones se ha rasgado. ¿Es
que acaso tropecé y caí con tanta fuerza? ¿O fue mi propia iniciativa la de
terminar en esta posición?
No
logro explicármelo correctamente, porque todas mis fuerzas se concentran en
pensar... éste fue mi error.
Fue
mi error el haberte saludado como si nada hubiera ocurrido, a pesar de darme
cuenta de que te veías más somnoliento y cansado que de costumbre. Fue mi
error no hacer la relación instantánea de que era culpa mía ese estado, por
haberme excedido la noche anterior. ¿Es que tenía que desperdiciar tanto de mi
poder? ¿No podía al menos haberme restringido de usar mis alas? Mis apéndices
emplumados consumen mucha magia sólo para mantenerlos en su lugar, los esté
usando o no, y en muchos casos son simplemente superfluos... meros adornos...
pero aún así yo los mantengo, obstinadamente. Una vanidad metida muy dentro de
mi ser como para ignorarla a favor de aquél que se arriesgó a tanto sólo para
que yo pudiera seguir existiendo. Aquél que eres tú.
Oh,
sí, en algún momento me di cuenta de que te veías cansado, y dejé que se
reflejara en mi rostro... pero sólo me miraste de esa manera tan especial y me
dijiste que no tenía de qué preocuparme. Que habías elegido voluntariamente
ese destino y que no te importaba. En lo absoluto. Que no te importaba qué era
lo que tenías que dar a cambio, si con eso tan sólo evitaras perderme. Como me
lo dijiste muchas veces antes. Y como en todas las otras oportunidades, me sentí
feliz por esto, agradecido y querido, y acepté tus razones, aunque con una
punzada de dolor en mi pecho. Sonreí como siempre, y seguí conversando
contigo, poniendo poca atención al hecho de que cada vez te costara un mayor
esfuerzo mantenerte despierto, y que me contestaras con poco más que monosílabos.
Siempre fuiste tan poco comunicativo, que no lo encontré una causa de alarma...
Luego
fue la clase de deportes, en la que nos pidieron que ayudáramos en un partido
de fútbol para el cual habían faltado dos de los jugadores. Acepté en nombre
de ambos, suponiendo que como todas las otras oportunidades no te importaría
participar, y sin equivocarme. Parecías reanimado y feliz de poder jugar. Pero
te caíste apenas a unos minutos entrado el partido, y no te levantaste.
Fueron
momentos muy tensos. No les importó suspender el partido mientras yo te llevaba
a la enfermería de la escuela. La enfermera dijo que habías colapsado por un
excesivo esfuerzo, y que necesitabas descansar. Despertaste luego de un par de
horas, y no te agradó encontrarte confinado en el ambiente desinfectado de la
enfermería de la escuela, por lo que me pediste... prácticamente demandaste...
que te sacara de allí.
A
la sombra de un árbol en el patio interno de la escuela, y apoyándote en mí
como única manera de impedir otro colapso, pasamos unos momentos bastante
tranquilos. Para ese entonces había comenzado a preocuparme de verdad por ti,
pero decidí ignorarlo, pensando que tal vez sería demasiada carga para ti
soportar mi inseguridad además de tu propio cansancio.
Entonces
opté por hablar animadamente de una dichosa nueva tienda de pasteles que quería
visitar, parte para distraerte... y parte porque realmente quería ir. Yo y mi
estúpida obsesión por la comida.
La
caja con los pasteles que compramos para llevar quedó olvidada en la acera y
probablemente aplastada por la conmoción, pero ya no me interesa. Ni me
interesará nunca más. Si salimos de esta, juro, juro que jamás volveré a
probar un pastel, ni algo dulce, hasta dejaría de comer totalmente, no me hace
falta, después de todo... no me importaría tener que sacrificarlo todo... pero
por favor... que mi estúpido error no nos lleve tan lejos... que haya una
salida para esta situación. Algo para corregir mi error.
Mi
garganta me duele, y unos sonidos extraños, como los que produce un animal
herido, me llegan a los oídos. Sólo me sorprende un poco darme cuenta que son
míos.
Estoy
aferrando la tela de tu camisa, totalmente rasgada, y mis manos se sienten
resbalosas, húmedas y cálidas... ¿Es acaso por tu sangre?
Tu
pecho sube y baja trabajosamente, y puedo escuchar tu respiración sibilante,
inestable... ¿Cómo puede ser que la escuche, por sobre los gritos de la
multitud y los míos propios?
Fue
todo un error... sólo un error... un error seguido de otro error, toda mi
existencia.
No
podía contentarme con aquél momento de paz y tranquilidad, en el que estarías
recostado sobre mi hombro, dormitando alternativamente, por el extremo cansancio
del que yo fui la causa. No podía contentarme con dejarte descansar, abrigado
en el calor de mi cuerpo, que no estaría allí si no me lo hubieras dado en un
primer lugar... no. Necesitaba escucharte hablar, necesitaba ver aquella valiosa
y rara sonrisa en tus labios, necesitaba que me acompañaras, que te divirtieras
conmigo.
Pensando,
en algún rincón de mi mente, que eso te distraería y te haría olvidar de tu
cansancio.
Nos
dejaron salir más temprano, por lo que ocurrió en la clase de deportes. En ese
momento, cuando salíamos de la escuela, te veías casi normal. Bien despierto,
estable sobre tus pies, y escuchándome atentamente, como siempre.
Y
entonces pensé, oh, ¿Por qué no aprovechar el tiempo, e ir a la tienda de
pasteles ahora, ya que es el horario en el que preparan una tanda fresca?
Me
regalaste una sonrisa muy cansada cuando te lo propuse y aceptaste fácilmente.
¿Es que nunca me has negado nada? ¿No te das cuenta de que darme todo lo que
tienes, tu magia, tu vida, tu tiempo, tu corazón, es sólo un error?
Oh,
pero no te importó, y hasta dijiste que comprarías un par de pasteles extra
para llevarle a tu hermana y a la bestia devoradora de cosas dulces que es mi
compañero en la labor de proteger a las cartas y a mi dueña.
Era
un viaje corto, así que lo hicimos a pie. No nos tardamos demasiado para llegar
a la dichosa pastelería, pero me tomé mi tiempo para elegir los pasteles. Si
no hubiera estado tan estúpidamente distraído, me hubiera dado cuenta de que
te afirmabas con más fuerza de la necesaria en el mostrador, o que te
restregabas constantemente los ojos para permanecer despierto. O que me
contestabas con un movimiento afirmativo de la cabeza cada vez que te preguntaba
si te parecía bien que comprara tal pastel, o si a tu hermana le gustaría tal
otro. No me di cuenta de que habías llegado al límite de tus fuerzas, y
estabas cercano a colapsar nuevamente.
Sólo
un error, por supuesto. Un error más a la lista interminable de errores, que
comienzan con mi propia creación. Una creación fallida, que sólo puede
sobrevivir si parasita a alguien más, siendo total y absolutamente incapaz de
crear su propia magia, o siquiera sacarla de cosas más tradicionales, como la
comida. Un error que ni siquiera es humano, y que nunca pudo explicarse cómo
fue tan afortunado de ganarse tu corazón.
Mi
pecho me duele a pesar de que no soy yo quien está sufriendo, y puedo darme
vagamente cuenta de que alguien me está hablando con una voz tranquila,
tratando de calmarme, alguien está tironeando de mí, insistentemente. Quieren
que me separe de ti, que les deje lugar... ¿Lugar para qué?
No
logro comprender nada... el dolor es demasiado intenso... ¿Es que acaso puedo
sentir tu dolor, o es el mío propio? ¿Se supone que una criatura mágica
sienta dolor? Reflejo tantas cosas erradamente, que no sería extraño que lo
hiciera...
Como
irradiaba entusiasmo al salir de aquella tienda con la caja bajo el brazo y tú
siguiéndome unos pocos pasos atrás. Estaba hablando de algo, probablemente de
los pasteles y del té que prepararía en cuanto llegáramos a tu casa para
comerlos en compañía de tu familia. Pero tú ya no me estabas escuchando, ¿cierto?
Tenías
esta expresión extraña, como si me estuvieras viendo pero no pudieras verme al
mismo tiempo. El cansancio ya era demasiado para ti. Era como si caminaras
dormido.
El
semáforo cambió de luz y me apresuré a cruzar la calle, suponiendo que venías
detrás de mí, mientras yo seguía hablando. Sólo un error.
Cuando
llegué a la acera y me volteé, tu te habías quedado en la calzada opuesta,
congelado, casi tambaleándote por el sueño.
Grité
tu nombre, súbitamente preocupado, y pareciste recuperar la conciencia, el
tiempo suficiente para dar un par de pasos apresurados a la calle para venir
hacia donde yo estaba, pero no el suficiente para darte cuenta que el semáforo
había cambiado en esos valiosos instantes.
Cuando
me diste tu magia perdiste la habilidad de ver a tu madre, perdiste fuerzas,
perdiste vitalidad. Perdiste tu don, aquel maravilloso don heredado de tu madre,
mediante el cual simplemente sabías lo que estaba ocurriendo a tu alrededor,
sin necesidad de estarlo viendo u oyendo.
Para
ti, perder ese don fue como quedarte ciego y sordo al mismo tiempo. Tuve que
observar cuando te alterabas casi al borde del infarto solamente porque tu
hermana se había aparecido para pedirte helados, o porque una anciana se nos
acercó por detrás para preguntarte la hora. Tuve que observar tu mirada nostálgica
cada vez que miraras hacia el parque o un lugar que solías frecuentar,
claramente extrañando la presencia de los espíritus a los que tratabas de
ayudar cada vez que podías.
Y
tuve que observar, con horror, cuando no pudiste esquivar un auto que llevaba
demasiado velocidad, y que tenía el paso libre por la luz del semáforo. No lo
podías sentir, y no te habías acostumbrado a depender de tus sentidos a tiempo
para darte cuenta del peligro.
Los
frenos chirriaron, pero ya era demasiado tarde. Te golpeó ese auto, y luego
otro más.
Quedaste
tendido en la mitad de la calle, y antes de que me pudiera dar cuenta, había
saltado de la acera, y me había lanzado a tu lado, ignorando el hecho de que
bien podrían atropellarme a mí también en el proceso.
Tu
respiración es sibilante y tu ropa está toda arruinada. Tus piernas están
torcidas en un ángulo extraño, al igual que tu brazo derecho. Tu cabello está
pegajoso con la sangre que fluye libremente hacia la acera desde alguna parte en
tu cabeza, y algo sobresale de tu pecho, pero me niego a pensar que sean tus
costillas, que han atravesado tu pulmón. Aunque eso explicaría el que te
cueste tanto respirar, y que tu mano sana busque la mía, temblorosa.
Aprietas
mi mano con toda la fuerza que tienes, y me horrorizo al darme cuenta que no es
mucha. Usualmente tienes una mano firme, estable pero con una fuerza
impresionante. Ásperas, eso sí, pero que a pesar de las apariencias, son increíblemente
gentiles y hábiles cuando quieren serlo. Suave como un susurro para una
caricia, o para cumplir una tarea delicada con precisión milimétrica.
Llevo
tu mano a mi rostro, importándome poco y nada que la sangre se mezcle con mis lágrimas,
mientras de mi pecho siguen saliendo estos sonidos extraños, ahogados, que no
logro identificar como míos.
...no
estoy seguro si he llorado alguna vez. ¿Lloré cuando murió mi creador?
Reconozco el mismo dolor... ¿Pero acaso fue tan violento? ¿Acaso me arrancó
toda mi fortaleza de un solo golpe, como en esta oportunidad? ¿Acaso tomó
posesión de mi cuerpo, mi alma, mis fuerzas, de la misma manera en que lo está
haciendo ahora?
Estás
tratando de decirme algo, puedo darme cuenta. Me acerco a tus labios, esforzándome
por escuchar, aunque puedo escucharme a mí mismo diciéndote con voz temblorosa
que no te esfuerces, que todo estará bien, que la ayuda llegará pronto... a
pesar de que sé que no será así. Ya es demasiado tarde. Puedo sentirlo.
Tus
ojos oscuros están fijos en los míos, aunque opacados por el dolor y mis
propias lágrimas, y aunque no logro comprender tus palabras -tu voz está tan
rasgada... ¿es que ya no puedes respirar correctamente?-, ellos me comunican lo
que quieres decirme.
No
pidas disculpas, te lo ruego... fue mi error. Sólo mi error. Sólo un error.
Sin
importarme lo que vaya a ocurrir, me dejo caer sobre ti cuando lo siento,
sollozando como un niño, aferrándome a tu cuerpo como lo haría un náufrago a
la última astilla en el océano.
Tu
magia está desapareciendo. La siento latir en mi interior con cada vez menos
fuerza, debilitándose, nuestra conexión afinándose como un hilo, cada vez más,
y más, hasta quedar tan débil que sé que se cortará en cualquier momento.
Mis
sollozos adquieren un cáliz mucho más desesperado entonces, y trato, por todos
los medios, de aferrarme a esa conexión. De revertir la magia que me otorgaste,
en la absurda esperanza de que si te la devuelvo, tal vez puedas mantenerte vivo
unos segundos más...
Para
mí, el chasquido es casi audible cuando la conexión se corta. Tu pecho sube y
baja una vez más, y luego se queda totalmente inmóvil.
Sacudo
la cabeza de un lado a otro, definitivamente superada mi capacidad de resistir
el dolor. Esto no puede estar pasando, no otra vez. No puede haberse cortado la
conexión con la vida de aquél a quien amo, nuevamente. No puede ser.
No
puede ser que ya no vuelva a ver tu sonrisa, como ya no volví a ver la de él,
no puede ser que ya no vuelva a escuchar tu voz, como nunca más escuché la de
él, ni sentir la calidez de tu magia latiendo en mi interior, como una vez lo
supo hacer la de él.
Me
doy cuenta de que me estoy debilitando rápidamente, ahora que ya no hay una
fuente de magia para mí. Toda la magia que estaba reflejando ahora se está
perdiendo, porque no soy capaz de contenerla.
Soy,
después de todo, sólo un error... no puedo hacer nada bien, ni siquiera
conservar lo último que me diste.
Ya
ni siquiera tengo voz para gritar. Son sollozos silenciosos los que me sacuden,
mi cabeza hundida en tu pecho, mi mano todavía aferrando la tuya, sin poder
evitar sentir que tu cuerpo está cada vez más frío.
Como
en un sueño, siento aproximarse a toda carrera una presencia que me es muy
familiar, por ser tan parecida a la tuya y una a la que estoy vinculado, pero no
de la manera en que estaba a la tuya.
Se
detiene a poca distancia, y los gritos que la acompañan los reconozco
inmediatamente, aunque estoy demasiado inmerso en mi propio dolor para
importarme el dolor de alguien más. Aunque sea el de mi propia dueña.
Porque
es tu hermana, Sakura, quien acaba de llegar, y suma su propia gota de dolor al
cuadro. Sintió que algo estaba mal, e inevitablemente debe haber sentido tu
magia desaparecer.
Ahora
está a mi lado, y me pregunto vagamente cómo pudo llegar en tan poco tiempo...
¿Es que acaso había presentido que algo andaba mal contigo antes de que
efectivamente ocurriera? ¿O usó alguna carta para llegar más rápidamente? De
todos modos, ya es demasiado tarde.
Pero
alguien más está gritando, y me toma unos instantes darme cuenta quién es...
Shaoran, el chico chino, ¿verdad?
No
te agradaba. Siempre tuviste celos de él, porque sabías lo que terminaría
ocurriendo entre él y tu hermana... No entiendo sus palabras, pero parece estar
tratando de tranquilizar a Sakura... ¿Para qué? Ya nada tiene sentido, no sin
ti a mi lado.
Pero
parece ser que ella comprende lo que él le está diciendo porque sus lamentos
se detienen instantáneamente, aunque no su dolor, que me satura sumado al mío
propio, y puedo sentir la magia provenir de la llave.
En
un instante toda la calle está durmiendo, y el chico chino me obliga a separar
la vista de ti para hablarme.
¿De
qué? Ya nada tiene importancia. Gesticula exageradamente, pero no comprendo sus
palabras. Ah... Está señalando la mano con la que aferro a la tuya.
Casi
por inercia sigo con la mirada sus gestos, y comprendo qué es lo que me quiere
hacer notar, y que ha hecho que Sakura ponga a dormir a toda una multitud en
plena luz del día sin detenerse a meditarlo. Algo que puede distraerla sólo
unos instantes del inevitable y profundo dolor que le provoca la muerte de su
hermano... Dios, esas palabras duelen...
Mi
mano se ve transparente. Estoy desapareciendo.
Mecánicamente
comprendo qué es lo que quieren hacer. Ella no quiere perderme, me considera
parte de su familia. Y está dispuesta a vincularme a su magia antes de que sea
demasiado tarde, que a este ritmo será en apenas unos segundos.
Es
suficiente el dolor de perder a su amado hermano, no quiere tener que sumarle el
dolor de perderme a mí también, y sabe que tiene que apresurarse si quiere
evitar que ello ocurra.
Puedo
sentir su magia, usualmente tan gentil, casi forzándome a unirme a ella para
que no desaparezca, pero no se lo permito.
Me
mira sorprendida a través de su rostro surcado de lágrimas y lo intenta de
nuevo, pero yo sólo la miro a los ojos y niego con la cabeza.
No
voy a hacerlo. No voy a pasar por esto otra vez. No voy a vincularme a nadie más,
sólo para causar su muerte. No voy a cometer otro error.
Su
magia deja todo indicio de sutileza para tratar de obligarme a aceptarla, por la
fuerza, pero me encierro en mí mismo, en los pocos poderes que me quedan y la
rechazo, casi con violencia.
Le
duele, puedo sentirlo. También a mí me duele. Pero me duele mucho más tu mano
progresivamente más fría en la mía, y las palabras que resuenan en mis
sentidos. El recuerdo de tus latidos, la caricia de tu magia corriendo por mi
ser, el susurro de tu amor sobre mi piel y dentro de mi corazón. Todas ellas
eran palabras para mí, palabras que se habían fundido en mi interior, como lo
hicieron las palabras que llevaron a mi creación alguna vez.
Más
lágrimas surcan mis mejillas cuando cierro los ojos, y me dejo caer nuevamente
hacia ti, encerrándome por completo en mi dolor y mi perdición, sumergiéndome
en un abismo profundo de dolor y oscuridad.
No
quiero saber de nada más, no quiero seguir existiendo. Lentamente estoy
perdiendo la noción de todo, salvo del dolor que me rodea.
Sakura
aprenderá a vivir sin mí, no necesita un parásito que vaya a consumirla y
entristecerla, abrumándola con un dolor que no sanará, como nunca sanó el
dolor de haber perdido a mi creador.
Nunca
debí haber existido, y en estos momentos sólo se está produciendo lo que era
de esperarse.
Los
errores terminan inevitablemente en la autodestrucción y yo soy, después de
todo, sólo un error.
FIN
Les
*dije* que era triste. Es lo que sale luego de pegarme una sobredosis de
ANGST... nunca, nunca, lean más de quince fanfics plagados de ANGST en un día...
es una experiencia traumática. :P
Como
siempre, recuerden que toda clase de comentario, crítica, corrección,
sugerencia, opinión, pregunta, o lo que quieran, será siempre bien recibido en
jenny_cz@starmedia.com