SANGRE DE PLATA

de Jenny (J. P.)

 

Yu Yu Hakusho pertenece a Yoshihiro Togashi, Studio Pierrot, Shueisha y quien corresponda, y esta historia es sólo el producto de una mente ociosa en busca de distracción de las obligaciones cotidianas; hecho por diversión y para diversión, sin fines de lucro. Yo soy sólo una pobre estudiante que tomó estos personajes prestados para huir de la tarea de la escuela y se muere de hambre, por favor no me demanden. Prometo devolver los personajes cuando termine esta historia... ahora bien, no pregunten en qué estado. ^^U

 

Me estiro cómodamente en mi, por el momento, seguro refugio. Éste consiste en una pequeña cueva con la entrada semi-oculta por vegetación variada de este extraño mundo al que llamamos Makai. Este extraño mundo al que llamo hogar. Curioso... siempre estoy yendo de un lado para el otro, pero aunque de vez en cuando he pasado prolongadas temporadas en un mismo sitio -generalmente reponiéndome de alguna que otra herida-, nunca consideré a alguno de esos sitios mi hogar. Ni siquiera el lugar donde nací es mi hogar. Considero mi hogar al Makai en general. En cualquier sitio estoy bien, en cualquier sitio me siento a gusto, tranquilo, casi seguro. Y digo casi, porque nunca estás del todo seguro en el Makai. Mucho menos si eres el ladrón más renombrado de este lado del Universo. Siempre hay youkai que están dispuestos a enfrentarse a ti, aunque tan sólo sea por poder decir que tuvieron una pelea con un miembro de tal o cual especie, si es que sobreviven, claro. Siempre hay youkai a los que le robaste algo y de los cuales debes mantener una prudente distancia.

Siempre hay youkai enfurecidos porque tú mataste a algún pariente/amigo/conocido, y buscan venganza. Y siempre hay cazadores... estúpidos cazadores de espíritus, que se creen lo suficientemente fuertes como para atraparte. Jáh! Más de uno murió en agonía en mis manos, por haberse creído que podrían atraparme.

No que me importaran sus miserables vidas, por supuesto. De hecho, hasta encontraba placer en matarlos.

Aunque hay uno, el más reciente, que realmente se merece el premio al más tenaz. Me viene siguiendo desde hace años, si bien nunca me alcanzó realmente, ni llegamos a enfrentarnos cara a cara. Me resulta casi cómico... No consigo despegármelo. Lo he intentado todo... desde ocultar mi rastro con diferentes clases de plantas que son especiales para esto, hasta pedirle un aventón a unos youkai alados que conocía, pero nada funcionó... antes de que pudiera considerarme del todo seguro, ese cazador insolente estaría pisándome los talones otra vez. Hasta probé de enfrentarlo y matarlo, pero nunca pude siquiera percibir su olor, ni verlo, ni oírlo. Imposible hacerlo si no lo encuentro. Tiene una especie de habilidad especial para mantenerse cerca pero a la vez lejos.

Ya me habían advertido de él. Una vez que localiza a su siguiente presa, no la abandona, y la sigue como si fuera su sombra, hasta conseguir eliminarla. Ese mismo cazador se encargó de matar a varios youkai extremadamente poderosos que yo conocía. Sin embargo, no creía en su poder, hasta que me eligió a mí como su presa.

Pero no me quejo... el estar constantemente huyendo le da un toque interesante a mi vida. Ahora que lo pienso, he estado huyendo prácticamente desde que nací.

Siendo sólo uno más entre tres hermanos y una hermana, mi madre no podía ponerme mucha atención, precisamente... ¿Mi padre? No lo sé... Tal vez aún esté por ahí, buscando otra youkai con la que pasar el rato, totalmente ajeno a las consecuencias de sus actos. No lo culpo. En todas estos siglos he hecho lo mismo unas cuantas veces. Unos cuantos cientos de veces.

Como sea, cuando tenía la edad suficiente como para poder cazar mi propia comida, mi madre me expulsó de su lado, al igual que a mis hermanos y hermana.

No la culpo. Sólo le resultábamos un estorbo. Tener que cargar con cuatro pequeños, ruidosos, molestos e inútiles youkai no es lo más recomendable si quieres pasar desapercibido en este mundo hostil. Y de pasar desapercibido depende la supervivencia. O, por el contrario, de hacerte una fama lo suficientemente grande como para mantener a buena distancia a tus enemigos. O pegarte aún más de ellos, dependiendo de quiénes sean los que tienes que tratar en la vida.

Mis hermanos eligieron el primer camino, mi hermana también. Yo preferí el segundo. Para conseguirlo lo probé todo. Empezando desde ser un escurridizo ladrón de naderías, hasta convertirme en el más afamado ladrón de tesoros de todo el Makai que haya pasado por la faz de esta tierra.

Nada mal, ¿eh? Considerando que me tomó cientos de años alcanzarlo... ¡¡Y sigo vivo para contarlo!!

Curioso, ninguno de mis hermanos puede decir lo mismo. No estoy seguro cómo ocurrió, pero en algún momento en los últimos trescientos años ellos dejaron de existir. No que me importe demasiado, por supuesto.

Mi hermana... bueno, todavía debe de andar por ahí... pero no tengo noticias de ella desde hace más de cien años.

Si pretendía pasar desapercibida, lo está consiguiendo.

Pero no me malinterpreten, no es que me preocupe por ellos, ni por ella... simplemente tenía curiosidad.

Tu sabes, mi raza tiene algunas cosas que son distintivas. Los ojos dorados son una de ellas. Mis dos hermanos y yo teníamos exactamente el mismo tono de ojos dorados.

Pero mi hermana no. Sus ojos eran rojos. Rojos como la sangre, de un color tan intenso que si los observabas te enviaban escalofríos a lo largo de tu columna. Lo que me hace pensar que alguno de mis progenitores debe de haber tenido sangre de otra raza. Por lo tanto, no soy tan puro como se puede creer a primera vista, un miembro de una raza escurridiza, escasa, casi inexistente, casi un mito. Sólo soy un mestizo.

Y también quería ver qué tan bien les había ido en el camino que eligieron. Pero por lo que pude observar, el camino que elegí era el correcto. Mi vida ha estado cargada de emoción tras emoción, asalto tras asalto, huida tras huida. Y eso te mantiene vivo.

Porque si uno es un ladrón, especialmente uno de mi nivel, tiene que estar constantemente huyendo. De todas esas categorías de criaturas que mencioné anteriormente, y de muchas otras, que ni valen la pena nombrar.

Y por supuesto, tiene que hacerse a la idea de que está destinado a sufrir pérdidas.

Las cuales, muchas veces, son aún mayores que las ganancias.

Por eso es importante no apegarse demasiado a lo que se tiene. Cuando era poco más que un adolescente, pretendía conservar todo lo que robaba, y más de una experiencia amarga he tenido que soportar por cometer ese error. El mismo error que cometen muchos otros ladrones, y que a la larga les termina costando la vida. El verdadero secreto de ser ladrón, lo comprendí más tarde, es hacer hasta lo imposible por conseguir algo, y luego estar listo para dejarlo ir de inmediato, si es necesario. Porque con haber conseguido robarlo ya tienes tu premio. Aunque no me malinterpreten... Sí guardo muchas de las cosas que robé, una fortuna nada despreciable. Sólo que no las cargo conmigo a todas partes. Las tengo escondidas en un lugar seguro, custodiado por plantas que saben qué hacer en caso de intrusos.

De todas maneras, no conviene apegarse a nada. Si perdiera esas cosas también, estoy listo para seguir adelante, sin siquiera detenerme a lamentarlo.

Aunque la misma regla se aplica a todo aquello que no sea material. Amigos, compañeros... todo lo terminas perdiendo, así como alguna vez lo tuviste.

Algunos te dejan, otros los dejas, otros mueren, o tú mueres y ellos no. Algunos te traicionan, otros tú los traicionas. Puedes unirte a una banda de ladrones, como lo he hecho, y luego abandonarla... o incluso traicionarla, si con eso obtienes lo que quieres.

Otro desafío, otra meta a perseguir.

¡Ch'! ...ese cazador de nuevo. Puedo sentirlo. Es inexperto, puedo sentir su presencia aún a mucha distancia, lo que me da tiempo de huir.

Pero lo que me perturba es que no puedo percibirlo físicamente. Como siempre...

Aunque es una pena, esta cueva era bastante cómoda, me hubiera gustado quedarme un par de días más.

Pero en fin... nada dura para siempre.

Me pongo de pie y salgo de la cueva cautelosamente, cuidando que mis colas no se queden enredadas en las plantas de la entrada. Tampoco es cosa de andar dejando evidencia de mi paso por aquí...

Al salir, la luz me lastima los ojos, por haber estado en aquella suave penumbra tan acogedora por tanto rato, pero tras unos segundos me acostumbro. Me concentro y finalmente detecto la dirección en la que está el cazador. Hacia el norte, no muy lejos, pero tampoco tan cerca como para necesitar hacer una huida precipitada. Siempre manteniendo oculto mi youki, hago que plantas de aromas confusos llenen la cueva que minutos antes hacía de mi guarida, para que le sea imposible a aquél cazador siquiera poder encontrar uno sólo de mis plateados cabellos que pudiera haber quedado olvidado, y que le podría dar otra pista acerca de mí.

No le iba a dar esa satisfacción.

Una vez hecho esto, y habiéndome asegurado de que el cazador no estaba cerca, comienzo a alejarme de aquella cueva que parecía ser tan buen escondite.

No me duele abandonarla, he tenido que abandonar cosas mucho más valiosas en pos de una huida segura. Ya sea esto tesoros, pergaminos mágicos, amigos, compañeros o lo que fuera...

Husmeo el aire con cuidado, mientras, a buen paso, me retiro en completo silencio al resguardo de la sombra de los árboles del Makai. Casi puedo sentir cómo las plantas me abren paso y luego lo cierran a mis espaldas, haciéndome el trabajo más fácil a mí y más difícil a aquél que pretende atraparme. Al final, ellas son las únicas que se mantienen fieles a mí.

Aunque tal vez no para siempre...

Como sea. Siempre tuve esta facilidad de comunicación con las plantas, y lo he usado para mi ventaja. El hecho de poder hacer que crezcan a mi antojo me es muy útil a veces. Y eso me hace pensar... tal vez tenga sangre de los youkai que viven de y para las plantas. Nunca se los ve, pero siempre están ahí. Quién sabe... tal vez sea por eso que las plantas me tienen tanto respeto y me obedecen. Y a cambio, son respetadas por esta criatura que en apariencia será pura, pero que no lo es.

Eso me hace recordar a aquellos que tuve que abandonar. Uno de ellos murió empalado por plantas, pero no las culpo por ello. Al fin y al cabo, los malditos que les dieron la orden de hacerlo murieron lentamente y en profunda agonía en mis garras, uno a uno, luego de aquél episodio. Me tomó muchos años, pero ninguno de ellos queda hoy en día para contarlo.

Kuronue... me caía bien. Era un ladrón muy experto. Pero al parecer no había aprendido del todo la regla del nunca apegarse a nada, puesto que murió intentando recuperar su colgante. Nunca supe qué significaba para él, pero cometió un error imperdonable y sufrió las consecuencias.

Y yo que pensaba que con él había encontrado a un compañero de robos perfecto... ¡Psé! Tuve que dejarlo ir, como a tantas otras cosas. Pero su pérdida fue una de las cosas que más me dolieron.

Con el pasar del tiempo me resigné, y desde entonces he estado actuando solo, salvo raras y casi inexistentes ocasiones.

Ya me lo habían dicho. Quién, no lo recuerdo, pero me lo dijeron alguna vez.

"Lo único de lo que puedes estar por completo seguro, es que morirás. Más tarde o más temprano, eso dependerá de ti y de los demás, pero morirás."

Bueno, ya lo tengo en mente. Lo he aprendido por experiencia ajena, pero se gravó profundo en mi mente. Quién sabe... tal vez este cazador, que se deja sentir, pero nunca ver, oler u oír, sea quien finalmente termine con mi vida. Pero tengo una carta sorpresa escondida en la manga...

Siempre he huido, y hacerlo una vez más no va a cambiar nada. Sólo que, de ser necesario, huiría al otro mundo. Aquél al que llaman el Ningenkai. Quién sabe, tal vez me esperen otros desafíos allí. Otras metas a perseguir.

Me detengo a la orilla de un arrollo de agua clara a escuchar. A sentir. El cazador no se siente por ningún lado, tal vez ya lo haya perdido.

Al menos por un rato.

Me inclino para tomar un sorbo de agua, bajando la guardia por unos instantes. Grave error.

Contemplo con genuina sorpresa cómo el agua se tiñe de rojo, y un dolor agudo, intenso, me golpea desde el lado derecho de mi cuerpo. Una flecha es la causante. Una muy buena. No sólo el dolor que me infringe esta herida me impide hacer una huida rápida, sino que la flecha está drenando mi energía, de manera tal que me sea imposible luchar.

Me volteo para encontrarme cara a cara con mi cazador. Aquél que por fin ha obtenido su premio.

O mejor dicho, mi cazadora.

Con el rostro sereno, impasible, me observa a una distancia que podría ser cortada con dar sólo un paso, con el arco tenso y una nueva flecha en posición. Una flecha que apunta directo a mi corazón.

Al verla, no puedo evitar hacer una mueca de sorpresa. Sabía que su presencia me era familiar, desde un principio, pero nunca había podido reconocerla. Y era necesario conocerme a fondo como para ser capaz de perseguirme tanto tiempo, siempre manteniéndose cerca, pero nunca dándome lugar a enfrentarla, a eliminarla.

-"Ha pasado tiempo, hermana."-

El mismo cabello plateado. Las mismas orejas. Las mismas colas. Las mismas manos. La misma sangre. Pero ojos totalmente distintos a los míos, rojos como la sangre, como dos rubíes perfectos, que me mantienen la mirada, reflejando la serenidad absoluta de su propietaria, enviando la familiar corriente de escalofríos a lo largo de mi columna vertebral.

-"No sabía que te habías unido a ese bando."- Me arriesgo a continuar.

-"Pagan bien."- Fue su simple y comprensible respuesta, el arco siempre manteniéndose tenso y listo.

-"Me pregunto cuánto te pagarán por mi cabeza."- Arriesgo, no pudiendo evitar encontrar la ironía en todo el asunto. Tengo una flecha clavada en un costado, la sangre se escurre entre mis dedos sin que nada pueda hacer para evitarlo, y es mi propia hermana quien se ha encargado de ponerla ahí. Pero aún así me animo a hablar en tono tranquilo, familiar, con aquella que, lo sé, me quitará la vida. Al menos, *esta* vida.

-"Lo suficiente."- Contesta ella, siempre serena, nunca apartando sus ojos de los míos.

Sin darme otra advertencia, suelta la flecha, y ésta se clava justo en mi corazón.

Me arqueo por el dolor, y siento el sabor de la sangre en mi boca. Sin embargo, le sostengo la mirada, sin apartarla por un instante. Ya ha bajado su arco, sin molestarse en poner otra flecha en él. Ya tiene la presa asegurada, me es imposible luchar, no necesita más precauciones.

Sintiendo la fuerza que siempre me caracterizó escapárseme entre los dedos, caigo de rodillas, nunca dejando de sostenerle la mirada. Esta relajada, tranquila. Se ve espléndida, como siempre. Al fin y al cabo, ella también pertenece a esta raza de criaturas escurridizas y hermosas. Ella también es un youko plateado. Sus largos cabellos y sus magníficas colas se mueven suavemente en la brisa, mientras que el sol comienza a ocultarse, y todo lo tiñe de rojo. Sus cabellos, su ropa, su piel, toda ella, parecen teñirse de sangre. Del mismo color que sus ojos.

Mis cabellos, mi ropa, mi piel, también se tiñen de ese color, pero con sangre genuina.

-"Felicitaciones, hermana. Tantos años de persecución han valido la pena."- Ya la vida se me escurre entre los dedos, al igual que la sangre, y al igual que mi fuerza. Apenas puedo mantener los ojos abiertos.

Mientras siento cómo mis ojos se cierran, siendo lo último que veo un mundo teñido de rojo, de sangre, y especialmente aquellos ojos, y voy buscando un pasaje entre este mundo y el Ningenkai, me contesta.

-"Lo sé, hermano"-

Por fin localizo uno, y en ese mundo comienzo a buscar una mujer ningen que tenga un embarazo reciente, para tomar el lugar de su hijo. Voy buscando una familia en la que insertarme. Preferentemente una familia donde no tenga hermanos, y mucho menos hermanas. La encuentro.

-"Ya lo sé, Kurama."-

Pero ya no puedo oírla.

FIN

Notas de la autora:

Bueno, qué puedo decir... Este fic fue escrito en una noche de insomnio, chateo y webeo... No planeaba escribirlo, es más, ni siquiera pensaba escribir nunca un fic de Yuu Yuu Hakusho, pero mientras discutía con una amiga los misterios de esta serie (¡Hola Marce!) y navegaba a la pesca de imágenes que no conociera, me topé con un par de interrogantes que no tenían respuesta en la serie original. Entre ellos, había dos que me picaban muy profundo, y uno de ellos era quién había sido el cazador/los cazadores de Kurama. En la serie original no lo aclaran, y he leído muchas versiones hechas por fans, pero ninguna me había gustado realmente. Y como no podía ser de otra manera, Inspiración me susurró al oído la pregunta ¿Y por qué no hacer tu propia versión de los hechos? La situación era ideal. Del pasado de Kurama se sabe poco y nada, y eso me daba piedra libre a inventar todo lo que no supiera de esta serie. Y ahora viene lo irónico: pensaba escribir este fic basándome en el otro interrogante, dejando éste libre para desarrollarlo en otro momento. Es más, la primera frase ni siquiera la estaba diciendo Kurama cuando la escribí... pero en cuanto pasé a lo siguiente, las cosas se deformaron por sí solas, y me encontré escribiendo este fic. Como no había desarrollado mucho la idea previamente, lo fui creando en el momento... es más, ni siquiera sabía quién iba a resultar ser el cazador de Kurama hasta que llegué a esa parte.

¿Extraño, no les parece? Como sea, a mis "lectoras de las indias" este fic cortito les gustó, así que me puse las pilas, y ahora estoy escribiendo otro fic, que sería algo así como una continuación de éste. Se llama "Vínculo entre Almas", y si se quedaron con las dudas de qué ocurrió luego con la hermanita de Kurama, les recomiendo leerlo. ^__-

Y si se lo estaban preguntando... el interrogante en el que quería basar inicialmente este fic fue contestado, pero en un Sidestory del fic que continúa a éste. "Compañeros de Trabajo", se llama. ^^

¿Preguntas? ¿Comentarios? ¿Críticas? ¿Sugerencias? ¿Peticiones de notas de autora más cortas? ¡Envíenmelas a jenny_cz@starmedia.com! Que no muerdo. ^__-