Ha pasado ya la Saga de Hades y los caballeros que participaron en las guerras sagradas tienen una nueva oportunidad. 
Este fic da inicio a un ciclo de historias que pueden leerse en forma independiente, pero para poder disfrutarlas mejor, sería preferible que lo hicieras en orden, empezando por esta.

 

 

UN NUEVO COMIENZO

por Karin de Géminis

 

Un nuevo comienzo... esas fueron las palabras que usó el Patriarca para describrir esta situación tan extraordinaria, en opinión de todos, pero que para mí no lo era.

“Nos han dado la oportunidad de comenzar de nuevo, de que las rencillas, los odios y las traiciones hayan quedado en las tumbas vacías y de que ahora volvamos a cumplir con nuestra misión de protege la justicia; en otras palabras, nos han dado la oportunidad de un nuevo comienzo”.

Mientras escuchaba esas palabras huecas y carentes de sentido para mí, miraba los rostros de los demás: todos tenían la mirada de alguien que hubiera recibido una revelación que cambió sus vidas.  En mi opinión, la única forma de volver a comenzar de nuevo es si se pudiera volver a nacer... pero supongo que eso sería pedir demasiado.

Mientras estaba entre mis compañeros de armas, de repente sentí unos ojos que estaban mirándome de una manera especial... como sólo él podía hacerlo.  Yo conocía esa mirada, la había sentido muchas veces; además, los ojos eran idénticos a los míos.

Estaba nervioso, pero hice acopio de todas mis fuerzas y me volteé a mirarlo.  Ahí estaba él, entre sus compañeros y amigos, usando su armadura de Géminis, con ese rostro imperturbable y esos ojos que tal vez para los demás no mostraban nada, pero que decían miles de palabras para mí; casi podía escucharlo: “No tienes perdón por lo que hiciste Kanon, y ese nuevo comienzo no se aplica para ti; Eres un traidor y no puedes esperar perdón de nadie más, ni siquiera de mí”.

Saga... él siempre había sido el perfecto, el bueno, el noble, el modelo a seguir por todos, mientras que yo... era la “ oveja negra”, el ambicioso, el del mal comportamiento.  Todos estaban ciegos, y sólo yo pude ver el alma malvada que se escondía en su interior; se lo hice saber, pero no me escuchó, y en su lugar me encerró en una gruta, esperando que muriera.  Si alguien más lo hubiera hecho lo habría entendido, y creo que hasta justificado, pero él... por fuera estaba furioso, pero en el fondo (muy en el fondo) me sentí desilusionado de que me hubiera traicionado.  Siempre había sido así, siempre.

No, eso sería mentir; al principio no fue así.  Fue en ese momento cuando algunos recuerdos, que estaban sepultados desde hacía mucho tiempo atrás en un rincón de mi mente empezaron a emerger involuntariamente.

Éramos dos niños que habíamos empezado nuestro entrenamiento entre los aprendices, y siempre estábamos juntos.  Todo el mundo nos confundía, pero nunca nos importó eso;  como yo siempre me metía en problemas todos los demás aprendices querían golpearme, pero mi hermano siempre estuvo conmigo y siempre peleaba a mi lado.  Había ocasiones en las que tenía pesadillas, en las que veía a mi hermano convertirse en un monstruo que todo lo destruía (lo cual pasó); en esos momentos, despertaba aterrorizado y gritando; Saga venía corriendo hasta mi cama, se metía en ella y me tomaba la mano. “No pasa nada, es sólo una pesadilla”, me decía, y luego hacía que recostara la cabeza en la almohada y me acariciaba el cabello hasta que me quedaba dormido.  Cuando despertaba en las mañanas siempre dormía a mi lado, sujetándome la mano.

De todos esos recuerdos, hay uno, sin embargo, que no puedo apartar:  una vez, durante uno de los entrenamientos, me dieron un golpe tan fuerte que me fracturaron el brazo izquierdo.  Salí corriendo del entrenamiento, para que no me vieran llorando, a mí, al chico rudo y malo del Santuario.  Llegué al Cabo Sunion y me senté en una de las ruinas, sujetando mi brazo y llorando, maldiciendo al chico que me había lastimado.  Luego escuché unos pasos que se acercaban tímidamente donde yo estaba; me volví furioso, dispuesto a pelearme con el que venía burlarse de mí y me encontré con mi hermano.  Tenía los ojos llenos de lágrimas y me miraba con una enorme tristeza.  Se sentó a mi lado, sin decirme una sola palabra, y para mi asombro, agarró una roca y comenzó a golpearse el brazo izquierdo hasta que se lo fracturó.  Luego se volvió hacia mí, llorando y riendo a la vez y me dijo: “¿Lo ves? Somos iguales hasta en esto”.  No pude aguantar más y me abracé a él, llorando por el dolor y por la rabia que sentía;  Saga me abrazó y me dijo al oído:  “Sigue llorando, eso alivia el dolor”.

En ese tiempo habría dado la vida por mi hermano, pero como todo en la vida hay cambios.  A medida que íbamos creciendo empezamos a tener diferencias, todo por mi conducta.  Yo hacía lo que quería sin importarme lo que pasara luego, mientras que mi hermano se comportaba como un santo.  Esto hacía que nos compararan y que siempre prefirieran a Saga para todo... incluso para la armadura de Géminis.

Pero lo que nadie podía imaginar era el secreto tan terrible que había oculto en su interior y que nadie, excepto yo, conocía.  ¿Cómo no había de conocerlo, si todas las noches tenía unas pesadillas tan terribles que lo hacían sudar y quejarse, mientras hablaba con otra voz y su cabello cambiaba de color? ¿Cómo no saber que había otra persona en su mente, si yo hablaba a veces con él, y por una ironía del destino, a esa otra persona la conocía mejor que a Saga?.

Creí que si le daba a conocer todo lo que yo pensaba, me iba a apoyar y a estar de mi lado, pero ¿qué hizo? Me golpeó y me encerró en una prisión para que muriera, porque sabía que él era igual a mí y eso lo atemorizaba demasiado.  Estaba furioso con él por su traición, pero en el fondo estaba desilusionado.

Lo demás es, como dicen, historia antigua y no vale la pena seguir recordando.  Aparté la mirada de él, y cuando acabaron los tontos discursos seguí a Poseidón y a los otros generales al templo del mar; antes de partir le dirigí una última mirada: no me quitaba los ojos de encima.

El Santuario del Mar... supongo que debido al mismo acontecimiento (para no decir milagro) que nos había traído a la vida el lugar estaba completamente reconstruido: el Templo de Poseidón, los 7 Pilares y el Pilar Principal.

Volver a usar las escamas del Dragón Marino fue extraño, pero más extraño aún fue volver a estar al pie del pilar del Atlántico del Norte como su guardián.  Desde que habíamos vuelto me comportaba como una sombra: caminaba constantemente sin hablar con nadie, y si escuchaba a alguien me ocultaba hasta que se iba.  A veces podía ver a los otros Generales Marinos conversando animadamente, pero nunca me acercaba a ellos, ni siquiera un poco. ¿Cómo iba a hacerlo, si había sido yo quien los había usado y los había enviado a la muerte?

Cuando el Emperador convocaba a sus Generales a consejo yo nunca iba, y cuando se retiraban me acercaba a él sin verlo a los ojos; supongo que entendía lo que me pasaba porque nunca objetó nada.  Luego salía del Templo deslizándome entre las sombras, como una más de ellas.  A veces podía ver a alguno de los Generales que venía a buscarme al Pilar, pero me escondía hasta que se iba; no era cobardía, es que... simplemente no podía verlos.

Así siguieron las cosas hasta un día en que llegó el mismo Julián a buscarme.

-Hola General, al menos pude encontrarte- me dijo.  Yo no había sentido su presencia (la verdad estaba distraído escribiendo el nombre de mi hermano en la arena), por lo que me llevé un susto mayúsculo.

-Emperador Poseidón, no te escuché llegar-  murmuré.

-Vine sin hacer ruido, además estabas ocupado- dijo, bajando la vista a la arena.

Estaba avergonzado pero no comenté nada.

-He enviado varias veces a Tetis a buscarte pero nunca te encuentra, ¿por qué?

-Me gusta caminar y siempre estoy en movimiento- le dije.

-Ya veo- contestó, y se sentó al pie de la escalinata.

No sabía qué hacer, así que me senté a su lado.

-No sólo caminas- me dijo – tú te escondes de todos.

No lo miré, sino que me quedé quieto.

-No puedes engañarme, sé lo que pasa: te escondes de todos, no hablas con nadie, no vas al consejo; en pocas palabras, no quieres que nadie se te acerque.

-¿Hay alguien en este mundo que querría hacerlo?

-Tal vez, pero no lo sabrás si no das el primer paso.

-Disculpa Poseidón, pero después de lo que hice no creo que quieran verme, excepto para matarme- le contesté, con toda la amargura que llevaba dentro.

-¿No recuerdas lo que el Patriarca mencionó?- preguntó.

-Sí, pero eso no se aplica conmigo.

-Kanon, yo provoqué inundaciones que mataron a miles de personas y en verdad quiero creer en un nuevo comienzo. Ya comencé ¿sabías?, fui a pedirle a Atena y a Hilda perdón por lo que hice, y ellas me perdieron el miedo y el rencor que tenían. Sé que es muy difícil pero alguien tiene que dar el primer paso- y sin decir más se levantó y se fue.

Esa noche tuve una pesadilla (como todas las noches) y me levanté a caminar; mientras lo hacía no dejaba de pensar en lo que Julián me había dicho.

-Esa frase me tiene harto, nadie jamás querrá acercarse a mí; es como siempre.

Tan absorto estaba en mis pensamientos que no ví a dos figuras que estaban cerca.

-Parece que alguien no puede dormir tampoco- dijo una.

Me paré de pronto y ví a las dos figuras: Sorrento de Sirene y Biann de Caballo Marino.

Me quedé parado, seguramente con una cara de asombro que no se podía ocultar. Quería dar media vuelta y salir corriendo, pero no podía moverme, y aunque parezca imposible, estaba temblando.  Ellos no dejaban de mirarme, pero en sus ojos pude notar que no había odio ni rencor, y que me miraban con tranquilidad.

-Hola Kanon, ¿no puedes dormir?- dijo Biann.

-Ah...no, no puedo- casi no me salieron las palabras.

-Nosotros tampoco, así que salimos a caminar...por cierto, ¿dónde te metes? Hemos ido a buscarte varias veces a tu pilar pero nunca te hallamos- dijo Sorrento, mirándome con mucha tranquilidad.

No podía creer lo que estaba escuchando: yo había condenado a estos dos guerreros a la muerte, y sin embargo me hablaban como si fuéramos amigos. Estaba tan asombrado que no pude decir ni un palabra; ellos lo comprendieron seguramente, porque me sonrieron.

-Por cierto, mañana hemos planeado cenar todos juntos en el pilar de Isaac; él va a cocinar. ¿Irás, verdad?

-Debes ir Kanon, estaremos todos- dijo Sorrento.

No podía creer lo que estaba oyendo, y sólo pude atinar a murmurar:

-Sí, claro, iré. Muchas gracias.

Me miraron sonrientes y siguieron su camino. Me quedé parado, no podía creer lo que había oído: esos dos guerreros me invitaron a estar entre ellos, a que formara parte de ellos.

Jamás me había acercado a ellos; cuando llegaron yo no me molesté en conocerlos. De hecho, ni siquiera sabían mi verdadero nombre, sólo el que les había dado: Dragón del Mar. Ellos no me importaban en ese entonces, y sin embargo querían que formara parte del grupo ¿por qué?. “Un nuevo comienzo”.

Salí corriendo, necesitaba desaparecer o por lo menos correr; esa frase me martillaba la cabeza, era peor que un ataque de muchos enemigos. No recuerdo dónde llegué, sólo sé que en la oscuridad tropecé y caí al suelo, y ahí, por primera vez en muchos años me eché a llorar.

Me quedé dormido y tuve un sueño, en el que veía mi hermano que me llamaba. Cuando desperté me dí cuenta que durante mi carrera había llegado al templo de Poseidón; me levanté, y cuando me iba a ir, oí una voz que me llamaba; era Julián.

-Buenos días Kanon, ¿qué haces aquí tan temprano?

-Buenos días, la verdad no sé, anoche corrí y me tropecé aquí.

-¿Corriste? ¿Por qué?- me preguntó extrañado.

Entonces se lo conté todo; era extraño, nunca había hablado tanto con Julián en el pasado (de hecho, nuestras conversaciones sólo duraban unos cuantos minutos, y eran órdenes). El me miró complacido y cuando terminé de hablar me dijo:

-Felicidades, ahora lo que debes de hacer es ir con ellos.

-¿Pero qué les voy a decir?

-Sólo deja que tu corazón hable, él se encargará.

-Mi corazón... hace mucho tiempo que no habla.

-Pues creo que ya es hora de que lo haga, y también es hora de que tú lo escuches.

Fui a bañarme y a caminar como de costumbre, y no dejaba de pensar en lo que Julián me había dicho.  Cuando por fin llegó la noche me encaminé al pilar del Océano Ártico. Me estaba acercando cuando escuché risas, así que me oculté para mirar: todos los Generales, incluidos Julián y Tetis estaban ahí, riendo y conversando entre sí, mientras Isaac de Kraken cocinaba unos pescados y otras cosas en una fogata. Al verlos quise dar media vuelta e irme, pero luego decidí que debí enfrentar lo que fuera, al menos por una vez en la vida.

Respiré profundamente y me acerqué; los otros me miraron y guardaron silencio. En ese momento hubiera deseado que la tierra me tragara, pero me quedé ahí parado. Luego uno se levantó: era Crisaor; venía con su gran lanza dorada, y por un momento creí que iba a golpearme y a hundirme su arma, pero en vez de eso, sucedió algo impensable, al menos para mí: me sonrió, me tendió la mano y dijo:

-Bienvenido, ven con nosotros.

Ví los rostros de todos: estaban tranquilos y no me odiaban. No pude soportarlo más: caí de rodillas y empecé a llorar como un niño, mientras repetía:

-Lo lamento, yo... no quería... lo siento.

Todos me miraron, y luego Krista me levantó y dijo:

-Descuida, todo quedó en las tumbas vacías.

Fue extraño, pero por primera vez en mi vida parecía que formaba parte de un grupo, y que no era la sombra de alguien.  Nunca había estado así con ellos, hablando, riendo, comiendo; cuando finalmente nos despedimos era como si mi vida (o parte de ella) volviera a comenzar. “Un nuevo comienzo”.

A partir de ese momento todo fue diferente: hablaba con todos y ahora me reunía con ellos en el consejo. Inclusive llegué a tener un amigo, por primera vez en toda mi vida: Biann de Caballo Marino.

Pasábamos mucho tiempo juntos, y él me contó de su vida y su historia; yo también lo hacía (en parte), pero siempre que llegaba a la parte de Saga me quedaba sin palabras y evadía el tema.

-Pienso que deberías hablar con él- me dijo una tarde que estábamos sentados entre unos corales.

-Hablar con él, ¿estás loco?- le dije.

-¿Por qué? Es tu hermano, y si no estás unido a él no lo estarás con nadie.

-¿Después de lo que hice? ¿Crees que va a querer tan siquiera mirarme?

-Bueno, si no lo intentas no lo vas a saber.

-Hablas igual que Poseidón.

-Porque se te nota: tú extrañas a tu hermano aunque no lo quieras admitir, y la inquietud que te hace caminar todas la noches- dijo mirándome- es que estás deseando buscar alguna forma de poder hablarle.

-No es cierto- le dije molesto.

Cuando nos separamos en la noche le dí vueltas a lo que Biann me había dicho.

-Locuras- me dije a mí mismo.

En los días que siguieron las cosas fueron mejorando, pero empecé a tener sueños en los que veía a Saga llamándome; deseaba saber qué significaban pero no tenía forma de saberlo; lo peor era que estaba muy distraído y no me concentraba en nada.  También Julián actuaba muy raro, porque salía del Santuario con Sorrento sin decir nada a nadie, y cuando regresaba no nos informaba dónde habían estado; si le preguntábamos a Sorrento sólo se limitaba a encogerse de hombros y a decir: “Cosas de familia”. Las salidas se prolongaron un tiempo y después se terminaron; pensamos que las “cosas de familia” estaban resueltas cuando un día nos llamó a su templo y nos dio una asombrosa noticia:

-En dos meses habrá una fiesta en mi casa y todos están invitados.

No podíamos creer lo que estábamos oyendo, y todos, excepto Sorrento, nos quedamos mudos.

-¿Bueno? ¿No tienen nada que decir?- dijo Julián.

-¿Puedo preguntar por qué nos invitas?- preguntó Kassa.

-Bueno, será una gran fiesta y quiero que mis amigos estén allí.

Nos impresionó que nos llamara “amigos”, y le hicimos una respetuosa inclinación antes de irnos.  Todos estaban muy animados, pero a mí no me hacía nada de gracia esa fiesta; y no era por la idea de asistir, sino porque la mansión Solo está muy cerca de Cabo Sunión.

-Yo no iré- le dije a Biann una tarde mientras entrenábamos.

-¿Por qué? No todos los días te invitan a la fiesta de una de las familias más ricas del mundo.

-No me gustan las fiestas- dije, mientras destruía una roca.

-No me engañas; no quieres ir porque cerca de la mansión está el Cabo Sunión, y cerca del cabo está el Santuario, y en el Santuario está tu hermano.

-Bueno tal vez- le dije mientras me sentaba en la arena; eso de tener un amigo a veces es complicado.

Biann se sentó a mi lado y me pasó el brazo por los hombros.

-No te preocupes, yo estaré a tu lado y no te voy a dejar solo.

Lo miré a los ojos y le dí gracias al cielo por tener a Biann.

-Gracias, amigo.

La mansión Solo... definitivamente no tiene nada que envidiarle a un palacio, ni en tamaño ni en riqueza.

Dos semanas antes de que empezara la fiesta Julián nos instaló en su mansión como a huéspedes de honor, y dio órdenes a la servidumbre de que debían tratarnos como de la familia.  No podíamos quejarnos: paseos en yate, cabalgatas por las playas privadas, manjares, vinos, autos... La familia se mostró recelosa el primer día (¿cómo no iban  a estarlo, si vieron llegar al “amo Julián” con 7 sujetos muy grandes y algunos con caras de pocos amigos?) pero sólo el primer día; al segundo se calmaron, más cuando vieron que nunca dejábamos a Julián solo ni un momento, y que él estaba más animado con nosotros y se mostraba más contento; al tercer día nos trataban como a parientes; era curioso: antes nos reuníamos para planear la conquista del mundo, y ahora nos reuníamos con las primas y tías mayores de Julián para tomar el té con repostería y hablar del último paseo en yate.

Los demás estaban encantados de estar allí, pero a mí no me agradaba.  Cuando llegamos el primer día faltó poco para que saliera corriendo, y si no lo hice fue porque Biann me sujetó la mano; aparte de eso, no podía quitar la vista del Cabo Sunión, y me imaginaba ver a mi hermano ahí, como lo había visto la última vez que estuvimos juntos.  Cuando nos llevaron a nuestras habitaciones (solicité una con vista al cabo, lo cual preocupó a Biann y a Julián) me asomé a la ventana y contemplé el cabo como si fuera un enemigo implacable, y me hubiera quedado allí de no haber sido por Biann, que entró a mi habitación y me hizo sacado de ella.

En el día estaba con los demás, y debo confesar que me divertía mucho, tal vez como nunca antes en mi vida; sin embargo, cuando llegaba la noche tenía muchas pesadillas, y me despertaba asustado y bañado en sudor; entonces me sentaba en la ventana, miraba el cabo y los viejos recuerdos llegaban uno tras otro.  “Saga”, murmuraba.

El día de la fiesta fue de mucha animación, y todos los sirvientes estaban muy ajetreados con los preparativos de la fiesta.  Ese día permanecí en mi habitación, y por alguna extraña razón estaba muy inquieto.  Pensaba en esa fiesta, en Saga, en Cabo Sunión... en fin, en todo; me había quedado dormido cuando oí que golpeaban a mi puerta; me levanté a abrir y no podía creer lo que mis ojos veían: Biann estaba ahí, vestido de frac.  La verdad se veía muy bien.

-¿Biann, eres tú? ¿Qué te pasó?- le dije bromeando: él siempre me había dicho que odiaba los formalismos.

-Ja, ja muy gracioso, además quiero verte a ti.

-Pues no te daré la oportunidad- le dije, yendo hacia la ventana.

-¿No? ¿Por qué?

-Porque no iré a esa tonta fiesta.

-¿De qué hablas? Todos están casi listos, y además Julián cuenta con nosotros.

-Yo no quería venir en primer lugar, y además tengo el presentimiento de que algo pasará.

-Lo único que va a pasar es que Julián se sienta incómodo y que nosotros lo estemos aún más. Mira: te prometo que estaré siempre a tu lado, pero vayamos unas cuantas horas a la fiesta y luego nos retiramos, ¿de acuerdo?

-Está bien- siempre me convencía.

Me duché y me puse el traje que habían encargado especialmente para mí: cuando me vestí, me miré en el espejo y la verdad me gustó lo que ví.

Me reuní con los demás, que ya estaban vestidos y estábamos conversando cuando se abrió una puerta y vimos a Tetis, vestida con un traje blanco, y la verdad se veía muy hermosa.

-Buenas noches Generales- nos saludó- si gustan pueden pasar por aquí.

La seguimos y llegamos a un enorme salón con una gran pista de baile. Julián nos saludó y nos dijo que podíamos estar a nuestras anchas.

Los invitados empezaron a llegar y se empezó a animar la fiesta, pero yo casi no disfrutaba: estaba muy inquieto y si no hubiera por Biann me hubiera ido enseguida.

Ya había bailado con varias mujeres (todas ellas primas de Julián),  y conversaba con Sorrento cuando llegó Biann, que estaba bailando, muy agitado.

-¿Qué te pasa Biann? Parece que viste una aparición- dijo Sorrento.

-Pues... casi, casi.

-¿Qué te pasa?- le pregunté inquieto.

-Acaba de llegar un mujer acompañada de 3 hombres.

-¿Y?- preguntó Sorrento bebiendo un poco de vino.

-Pues esa mujer no es otra que Atena, y quienes la acompañan son Caballeros Dorados, y... - dijo mirándome - uno de ellos es igual a ti.

Me quedé helado al oír esas palabras: Atena estaba ahí, peor aún, Saga estaba ahí cerca, muy cerca de mí.  De pronto lo comprendí todo: las salidas de Poseidón eran para ver a Atena y organizar este... encuentro entre mi hermano y yo.  Instintivamente empecé a mirar a mi alrededor con el temor de volver a ver sus ojos clavados en mí; cuando ví que no estaba cerca, sujeté a Sorrento del brazo.

-Dile a Poseidón que lo veré en la biblioteca.

Debía de tener un aspecto amenazador, porque se fue sin decir nada; luego me volví hacia Biann.

-Vayamos a la biblioteca.

Nos escabullimos del salón y entramos a la gran biblioteca; mientras esperábamos a Julián, Biann se puso a leer un diario que estaba en el escritorio.  En cuanto a mí... parecía un animal enjaulado, dando vueltas por el lugar.

-No soporto más, vámonos.

-Pero Poseidón...

-Lo veremos luego, si me quedo un minuto más me volveré loco.

Salimos por una de las ventanas de la biblioteca, llegamos a la playa y empezamos a caminar.  Fue entonces que le conté todo a Biann: mi entrenamiento en el Santuario, la relación con Saga, la forma en que me encerró en la cárcel de Cabo Sunión y cómo estuve a punto de morir de no haber sido por el cosmos de la pequeña Atena, y cómo encontré el tridente de Poseidón.  Nunca antes había hablado con alguien como hablé con Biann, y en cierta forma eso me liberó un poco el nudo que tenía desde hacía muchísimos años atrás.

-No lo imaginaba- dijo Biann después que terminé de hablar.

-Pues ya lo ves - le contesté.

-Imaginaba que tu vida no había sido sencilla, y que tu hermano y tú habían tenido problemas en el pasado, pero esto... es difícil.

-¿Ya ves por qué no puedo verlo?

-Pues...sí y no.  Entiendo que no quieras verlo, pero no entiendo tu inquietud.

-Yo tampoco amigo mío, yo tampoco.

Estaba amaneciendo cuando llegamos a la mansión, y por suerte ya había acabado la dichosa fiesta.  Uno de los sirvientes nos dijo que Julián se había retirado a dormir y que los demás estaban en sus habitaciones.

Cuando escuché que Julián estaba en su habitación quise entrar en ella y obligarle a hablar, pero Biann me detuvo; seguro me leyó el pensamiento.

-No harás nada hasta que hayas dormido.

Me dormí casi enseguida, y tuve el mismo sueño de siempre: estaba en una playa y al otro lado del mar estaba mi hermano llamándome; yo corría y corría pero nunca lo podía alcanzar.  Cuando me desperté era más de mediodía.  Bajé a la terraza y ya estaban todos ahí; sirvieron el almuerzo y todos comentaban que la fiesta estuvo excelente, que las personas los trataban como de la familia (la tía abuela Irma dijo que éramos unos sobrinos lejanos) y demás, cuando de pronto Kassa se volvió a mí y dijo:

-Por cierto, conocimos a tu hermano.

Me quedé pálido y sin poder moverme.  En ese momento tuve deseos de irme, pero me detuve cuando llegó Poseidón; ni siquiera le dí tiempo de sentarse: me levanté y lo sujeté por el brazo.

-Debemos hablar, Emperador.

Los demás se levantaron al ver que no estaba totalmente en mis cabales, pero Poseidón los calmó con un gesto y luego me miró.

-Claro, vamos.

Por seguridad, Sorrento y Biann vinieron con nosotros.  Entramos a la biblioteca y cerramos la puerta.

-Atena no vino por casualidad ¿verdad?.  Ustedes organizaron esa “farsa” ¿cierto?.  ¡Responde!

Julián me miró sin decir nada.

-Sabías lo que pensaba, lo que sentía, y aún así lo hiciste venir, ¿por qué?.  ¡Exijo saber la verdad!

-Atena me lo pidió como un favor.

-¿Un favor?  Explícate.

-Atena me envió un mensaje pidiendo que nos encontráramos; ella quería venir al templo Submarino pero preferí ir yo al Santuario.

“Entonces me dijo que Saga estaba muy mal y que ella sabía que era por ti; me dijo que ustedes se habían visto en la reunión y que no podían quitarse los ojos uno del otro.  Yo mencioné cómo estabas tú y entre los dos acordamos hacer una fiesta para que ambos se reunieran y se hablaran; eso es todo”.

-Fue una tontería- le dije.

-Saori me dijo que Saga pensó lo mismo, pero luego vino porque deseaba verte.

Me quedé frío: Saga quería verme y vino por su propia voluntad a buscarme, a mí, su hermano descarriado.

-No, es imposible; no lo creo- dije.

Por toda respuesta, Poseidón se acercó al escritorio, abrió una de las gavetas, sacó un sobre y me lo entregó.  Al verlo palidecí: esa letra era de Saga.

-Antes de retirarse, Saga me llamó aparte y me dijo:  “Sabía que no nos íbamos a encontrar, así que te pido un favor: dale esto y dile que no lo destruya hasta que lo haya leído”.  Le prometí que te lo daría y lo hice; ahora depende de ti.

Luego salió junto con Sorrento y Biann y cerró la puerta.  Me quedé mirando ese sobre sin darme cuenta de nada más, pensando en Saga e imaginando el enorme esfuerzo que tuvo que hacer para escribir.  Quería destruir ese sobre, pero la curiosidad pudo más.  Lo abrí y decía:

“Yo tampoco quería venir, pero algo me decía que debía hacerlo, aunque sé que no te voy a encontrar.  Necesito hablarte, dime dónde quieres que nos encontremos.  Iré donde tú digas.  Saga”.

No podía creer lo que había leído: mi orgulloso hermano me pedía que nos encontráramos en algún lugar porque deseaba hablarme.  Me senté en un sofá y de pronto los viejos recuerdos llegaron todos a la vez.  No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que sentí una mano en mi hombro y al darme cuenta ví a Biann frente a mí.

-¿Todo está bien? Como no salías decidí entrar.

Por toda respuesta le entregué la carta; la leyó y dijo:

-¡Es grandioso!.  Por supuesto que vas a aceptar, ¿cierto?

-Pues...

-No me vengas ahora con que no lo vas a ver porque no te lo acepto.  Escucha: él te ha pedido que se encuentren, y esta es la mejor oportunidad que tienen para hablar; si no aceptas, te arrepentirás por el resto de tu vida.

Mientras Biann hablaba iba pensando en todo eso, y la verdad me estaba convenciendo.

-De acuerdo, lo veré.

Cuando Julián y los otros Generales se enteraron de mi decisión, empezaron a pensar en el mensaje.

-¿Y qué le podemos decir?- decía Isaac.  Había escrito varios mensajes, pero los había desechado todos.

-Debe ser algo que no le quepa a nadie dudas del encuentro – respondía siempre Krista.

-No es necesario escribir un discurso- exclamaba Eo, que leía uno por uno los papeles que Isaac desechaba- creo que unas pocas palabras bastan.

-Por favor, no se han visto en años; el mensaje tiene que ser perfectamente claro- respondía Isaac.

-Mejor un mensajero- sugería Sorrento.

-No, no es lo mismo- decía Kassa.

Aquello era cómico: siete de los más poderosos guerreros del mundo discutiendo sobre cómo escribir una respuesta.  Yo los escuchaba y todas las ideas me parecían buenas pero no me podía decidir; Poseidón nos miraba sonriendo.

-Bueno, el que tiene que ir a hablar es Kanon, ¿por qué no dejamos que él escriba la respuesta?- dijo Biann.

Todos los ojos se volvieron hacia mí, y me sentí asustado.

-Yo no escribo muy bien, y no tengo inspiración.

-Pero son tus sentimientos- dijo Julián.

Así que agarré la pluma y escribí una línea en una hoja; luego se la leí a todos; sólo tenía 7 palabras:

“Iré al Santuario en una semana.  Kanon”.

Por la expresión de sus ojos, ví que los había convencido.  Cogí un sobre, metí la hoja y lo sellé.

-Y ahora, ¿quién lo lleva?- preguntó Tetis.

Todos nos volvimos a ver.

-Yo lo hago- dijo Biann; tomó el sobre de mi mano y se fue.  Cuando ví a Biann irse, de pronto tuve un desasosiego tremendo y m levanté para alcanzarlo y quitarle ese tonto telegrama, pero los otros se abalanzaron sobre mí y me sujetaron hasta que se fue.

Luego vino la espera...lo peor de todo.  Estábamos en una de las salas de la mansión, algunos conversando, otros entretenidos con juegos de mesa y otros leyendo.  En cuanto a mí... para variar no dejaba de caminar por todo el lugar.

-Vas a hacer un surco- me dijo Sorrento, que jugaba a las cartas con Kassa y Julián.

Iba a contestarle cuando escuchamos unos pasos y entró Biann; no hay que decir que me abalancé sobre él.

-¿Qué pasó? ¿Entregaste la carta? ¿Te dejaron entrar al Santuario? ¿Viste a Saga? ¿Hablaste con él?.

-Calma, calma, te lo diré todo- dijo Biann.

“Cuando llegué al Santuario me dejaron pasar, como si estuvieran esperando un mensaje.  Me llevaron a la presencia del Patriarca, que dijo que Atena y los Caballeros de Bronce estaban en Oriente por unos pocos días.  Le mencioné lo que había pasado y le entregué tu carta.  El Patriarca la tomó y se la dio a lord Arless, que salió a entregarla. El Patriarca me preguntó por ti y dijo que deseaba verte pronto.  Había salido del palacio del Patriarca y me dirigía hacia acá cuando escuché que me llamaban; me volteé y ví un rostro igual al tuyo.  Supuse por un momento que eras tú, que tal vez me habías seguido, pero luego me dí cuenta de que se trataba de tu hermano.  Llegó corriendo hacia mí y me preguntó:

-¿Eres un General Marino?

-Sí, me llamo Biann de Caballo Marino.

-No te ví en la fiesta.

-Estaba con Kanon caminando por la playa.

Al oír esto se le iluminaron los ojos.

-Dime algo, ¿quiere verme?

-Si leíste su nota sabrás la respuesta.

-Lo hice, pero... la verdad, ¿quiere verme?

-Sí.

Se le iluminaron mucho más los ojos, y sonrió.

-Dile que lo estaré esperando- y se fue.”

Me quedé sin habla: mi hermano deseaba verme y preguntaba por mí.  Todos estaban complacidos, y yo... bueno, creo que estaba contento (por no decir feliz).

Mientras se acercaba el día pude notar que había un cambio en mí: las pesadillas se acabaron totalmente, dormía profundamente por las noches, y ahora pasaba mucho más tiempo con los demás.  Incluso la familia Solo se dio cuenta del cambio: ahora pasaba más tiempo con ellos y empecé a aceptar sus invitaciones (que antes rehusaba) para ir a eventos y otras cosas por el estilo junto con los demás.

-Joven Kanon, ¿querría acompañarnos a tomar el té en el yate esta tarde?. Le consulté a los otros jóvenes pero tienen diversos compromisos.- me dijo una mañana la tía abuela Helena.

-Señora, será un gran placer.

Los otros me miraron burlonamente, y cuando estábamos en el gimnasio, Biann me dijo:

-No sabes en lo que te metiste.

-¿Por qué?- le pregunté extrañado.

-Porque la tía abuela Helena nos está buscando novias, así que organiza fiestas y demás para presentarnos a las hijas, hermanas, sobrinas y primas de sus conocidos.- dijo Sorrento desde la piscina.

-Yo no sabía eso- protesté. – Lo voy a cancelar.

-¿Bromeas?.  Si lo haces la tía abuela Helena se pondrá muy triste y va a llorar con tanto sentimiento que te vas a sentir como el peor ser sobre el planeta.- dijo Biann, bajando de la bicicleta estacionaria.

-¿Y ahora qué hago?

-Pues ir, y no te quejes de que no sabías: te lo conté varias veces pero no prestabas la más mínima atención.

Cuando llegaba la noche contemplaba un rato Cabo Sunión, e imaginaba a Saga en él.  Cuando llegó el día, me sentí terrible desde que abrí los ojos al amanecer.  De pronto sentí que todo el mundo estaba en mis espaldas y que me aplastaba.  Escuché unos golpes en mi puerta y supuse que era alguien del servicio.

-Saldré más tarde.

Por toda respuesta, la puerta se abrió y entró Biann.

-Me supuse que estabas despierto.- dijo.

-Me siento muy enfermo, no puedo levantarme de la cama: suspendamos todo, puedo contagiar a alguien.- le dije cubriéndome con las mantas totalmente.

Por toda respuesta me quitó las mantas.

-No seas payaso, estás nervioso.  Ahora te vas a levantar, vas a desayunar con todos y te vas a preparar para ver a tu hermano.

Me levanté, me duché y bajé a la terraza; desde que llegué todos se portaron geniales y me hablaban muy amigables, preguntando cómo estaba y cómo me sentía; les dije que estaba perfectamente, pero era mentira, como todos se dieron cuenta: el jugo de naranja casi no me pasó, y la comida no podía hacer que bajara por mi garganta.  Luego, Julián se puso de pie y dijo:

-Bien Kanon, yo también iré al Santuario para hablar con Atena y el Patriarca; pongámonos en camino.

Cuando escuché eso me eché a temblar.  Me levanté de la mesa y lo seguí.  Cuando íbamos a salir de la mansión Biann y Sorrento nos alcanzaron.

-¿Vienes tú también, Biann?- le preguntó Julián.

-Sí, señor.- contestó.

-¿Y por qué?

-Bueno, el lugar me gustó y quise volver a visitarlo- exclamó Biann, cerrándome un ojo.  Yo sabía lo que decía: no iba a dejarme solo.  Tal vez mi hermano me había dado la espalda y tal vez me esperaba algo similar, pero mi amigo no me iba a abandonar.  Sentía ganas de llorar, y seguramente Julián se dio cuenta, porque sonrió y dijo:

-De acuerdo, será bueno que vengas.

Cuando íbamos caminando le pasé el brazo por los hombros y le dije:

-Gracias, amigo.

Él me miró y sonrió.

-De nada.

El Santuario de Grecia...hacía años que no había pisado ese suelo de día; era como lo recordaba: seco, caluroso, lleno de ruinas antiguas... lleno de recuerdos antiguos.  Desde que pisamos ese lugar fue como si me hubieran clavado un peso enorme: no podía caminar, y me sentí como si fuera un prisionero que vuelve a su celda después de estar afuera mucho tiempo.  Biann lo notó y no se separó de mí ni un momento, y era el que me hacía caminar.  A la entrada de las 12 Casas nos encontramos una figura que nos esperaba: Mu de Aries; me puse tenso, dispuesto a esperar cualquier cosa.  Le hizo una inclinación a Julián, y dijo:

-Bienvenido Emperador; Atena me envió para ser tu guía.

Al escuchar eso sonreí irónico: yo había estado en ese lugar desde que recordaba, desde antes incluso que él; más bien yo podía ser su guía.  De seguro me leyó los pensamientos, porque se volvió hacia mí.

-Hola Kanon, gusto de verte.

-Igualmente, Mu.

Empezamos a subir las escaleras, y al pasar por las casas empecé a recordar cuando combatí contra Hades, y luego empecé a recordar mi vida en ese lugar.

-Han reconstruido Mu.- le dije, intentando hablar de algo.

-Así es.

Cuando finalmente llegamos al recinto del Patriarca estaba a punto de desmayarme y quise salir corriendo, pero Biann y Sorrento me sujetaron y entramos.  Todos los caballeros estaban allí, y todas las miradas estaban clavadas en mí; me sentí muy mal, pero seguí caminando.  Cuando llegamos frente a Atena y el Patriarca volví a sentir esos ojos idénticos a los míos clavados en mí.

Por un momento me sentí aterrorizado, pero luego volteé a verlo: ahí estaba Saga, con esos ojos clavados en mí.  Pareció como si el mundo hubiera desaparecido y sólo estuviéramos él y yo.  Todos se dieron cuenta  de eso, por lo que Atena dijo:

-Sería bueno que los que tienen que hablar lo hagan con absoluta tranquilidad.

Al oír esa voz me volví

-Es cierto; no te preocupes Kanon, todo estará bien.

-Tú también Saga.- dijo lord Arless.

Saga dio un paso adelante y me miró; esa era su antigua manera de decir: “Vamos”; yo lo seguí y por primera vez en años caminamos al lado uno del otro.   No nos dijimos una sola palabra; caminamos y ambos nos dirijimos al mismo lugar: nuestro antiguo campo de entrenamiento cuando éramos niños.  Cuando llegamos le dí una mirada, procurando que no hubieran recuerdos que saltaran de pronto, y me volví a él:

-Bien, aquí estoy ¿qué querías decirme?

No me contestó, y eso me molestó.

-¿Qué pasa? ¿El gran Saga no va a hablarle a su hermano descarriado? ¿O es que no has escogido las palabras?

Siguió sin mirarme, y me puso furioso.

-Lo sabía, eres demasiado perfecto para tu hermano malvado; pero mejor no me juzgues porque eres igual a mí. ¿O es que no recuerdas todo lo que hiciste?.  Somos iguales... pero diferentes, porque tú te pudiste perdonar pero yo no. ¡¿Por qué me encerraste para morir?!  Si hubiera sido otro no habría importado, pero tú... lo único que tenía en la vida...

Siguió sin contestar y sin mirarme.  Estaba absolutamente furioso y fuera de control, así que me fui contra él, le agarré el hombro y le dí vuelta para mirarlo y poder golpearlo, pero entonces ví algo inaudito: Saga estaba llorando.

Le solté el hombro, como si hubiera sujetado un trozo de metal ardiendo.  Me miró con los ojos llenos de lágrimas y dijo:

-Te extrañé.  Lo siento mucho.

No podía creer lo que había escuchado: mi orgulloso hermano me pidió perdón y dijo que me había extrañado.  No podía creerlo, y menos lo que hizo.  Saga me miró, cayó de rodillas y sollozaba:

-Lo siento... no sé por qué lo hice... lo siento hermano.

Había pensado en muchísimas cosas: iba a soltar todo mi rencor y mi odio guardados por tanto tiempo... pero al verlo así no pude soportarlo: caí de rodillas a su lado y empecé a llorar.

-Yo también lo siento.

Fue entonces cuando nos dimos un abrazo, como cuando éramos niños y nos amábamos.  Nos abrazamos y empezamos a sollozar, diciendo cosas que nadie más excepto nosotros podíamos entender.  No sé cuánto tiempo pasó, lo que sé es que me levanté, me sequé las lágrimas y lo levanté del suelo.

-Vamos, no nos quedemos aquí.

Empezamos a caminar y hablamos de todo: nos contamos nuestras vidas desde la última vez que nos vimos, dónde habíamos estado y lo que habíamos hecho en todos esos años.  Sin darnos cuenta llegamos a las gradas que conducían a la cárcel de Cabo Sunión.  Al ver el lugar Saga se quedó inmóvil y palideció.

-No quiero ir allá, no he ido desde... aquella vez.

Le dí un abrazo.

-Tenemos que hacerlo.

Bajamos hasta la cárcel y la contemplamos un rato en silencio.  Saga avanzó unos pasos, la miró y cayó de rodillas sollozando:

-¿Qué fue lo que hice?.  ¡Intenté matarte, a ti, lo único que tengo en la vida, como si fueras un criminal!  ¡Yo, el gran juez que te encerró, fui un ser peor que traicionó a todos y se traicionó a sí mismo!  ¡No merezco vivir!  ¡No merezco vivir!.

No podía seguir soportando eso: era el dolor de Saga y el mío, retenidos por años, que ahora salía en toda su expresión.  Yo tenía un dolor similar pero no lo mostraba tanto, sin embargo, al ver a Saga... empecé a llorar, deseaba consolarlo pero no sabía cómo; en eso ví una gran roca en el suelo, y sin pensarlo un segundo la agarré y me dirigí a él.

Tenía el rostro cubierto con sus manos, así que se las separé, y para su asombro, me golpeé muy fuerte el pecho con la roca.

-¿Por qué lo hiciste?- me preguntó.

Yo le sonreí entre mis lágrimas.

-¿Ya ves?.  Somos iguales hasta en esto.

Saga me miró y de pronto recordó lo que había sucedido hacía años, cuando éramos niños y me había fracturado el brazo.  Se abalanzó sobre mí y me abrazó con todas sus fuerzas mientras recostaba su cabeza contra mi pecho y lloraba; yo lo abracé y nos quedamos así hasta que el sol se ocultó.  Luego nos levantamos y empezamos a caminar hacia el Santuario.

-¿Te dolió?- me preguntó.

-Un poco- le contesté.

Llegamos a la casa de Géminis y Saga me pidió que me quedara.

-Claro, pero debo ver a Poseidón.

Subí a las habitaciones de Julián y lo ví a él y a los otros conversando.

-¿Y bien? ¿Salió todo bien?- me preguntó Biann.

-Sí, todo salió bien.  Nos reconciliamos.

-Me alegro por ti- dijo Julián.

-Emperador, gracias por todo.  Yo...- vacilé.

-No te preocupes, estaré bien.  Ve con tu hermano; por cierto, nos quedamos una semana.

-Gracias, mi señor.

Volví con Saga, quien se puso feliz con la noticia.  Esa misma noche tuve una pesadilla (no la tenía hacía días) y me desperté gritando y asustado.  Casi al instante sentí la mano de Saga sobre mi hombro y luego se metió en mi cama, me tomó la mano y me habló:

-No pasa nada, es sólo una pesadilla.

Luego hizo que recostara la cabeza en la almohada y me acarició el cabello; ese acto tuvo el mismo resultado de hacía años: me quedé dormido.  Al amanecer desperté y ví a Saga dormido junto a mí, sujetándome la mano.

Nos quedamos una semana en el Santuario y luego regresamos a la mansión Solo, no sin antes pedirle perdón a todos.

Volvimos al Templo Submarino y he estado ahí con los demás, pero ocasionalmente voy a visitar a mi hermano o él viene a verme, solo o acompañado por alguno de los Caballeros Dorados.

Cuando esto empezó pensé que todo era tontería, pero por fin puedo entender las palabras que dijo el Patriarca, aquella vez cuando hablaba ante una multitud:

“un nuevo comienzo”.

FIN