Metales preciosos
por Ares Sen Kenlin
¿Por
qué, oh dioses? ¿Por qué precisamente yo? De los centenares de armaduras
sagradas que existen en el mundo, ¿por qué la mía?
Ochenta y ocho caballeros sirven a Atenea. Ochenta y ocho armaduras: doce de oro, veinticuatro de plata, cuarenta y ocho de bronce... y cuatro de metales extraños, más preciosos que el oro. O que, por lo menos, lo han sido en algún momento de la historia.
Hace
millones de años, cuando comenzaban a existir los hombres, sus principales
deidades eran el sol, la luna y las estrellas. Y, de cuando en cuando, había
piedras que caían del cielo como misteriosos mensajeros de los designios
celestes. Los hombres primitivos apenas se atrevían a acercarse a esas piedras
luego de que abrieran agujeros incandescentes en el suelo.
Y
algunas de esas piedras contenían metal. Un metal distinto a todos los
conocidos. Mucho más duro y resistente que cualquiera que conocieran. Más duro
que el cobre, más tenaz que el estaño, más rígido que el oro. Hace capaz de
resistir todo a la armadura con la que está forjado, volviéndola casi
indestructible. Y lo mismo hace con el carácter de su portador, infundiéndole
valor y voluntad inquebrantables. Metal divino proveniente del cielo: el hierro
meteórico, con el que se forjó la más antigua de las cuatro armaduras.
Ese
metal fue guardado durante centenares de milenios, más años de los que
cualquiera puede contar, hasta que llegó el momento de ser utilizado. Los
Caballeros de Atenea habían recibido la misión de vigilar el mundo, y cada uno
recibió la armadura de su constelación protectora. En ese momento, el hierro
caído del cielo fue llevado a la solitaria isla de Mu para ser forjado.
Esos
eran también los tiempos de la Atlántida: una tierra de magia y poder sin límites,
un país como nunca se ha visto. Su hijos estaban destinados a dominar al mundo,
y lo habrían hecho si no hubieran desafiado al Olimpo. Pero, antes de su caída,
dieron un regalo a Atenea. Ahí se custodiaba celosamente el secreto de un
elemento distinto a cualquiera, extraído de la misma naturaleza del universo
por magias que nadie más conocía, y que los siglos se han encargado de que
nadie llegue a saber. Y así, el que utilice la armadura que entregaron los
Atlantes a Atenea, recibirá parte del poder y la sabiduría que habitaban en
esa tierra. Metal divino robado al cielo: el oricalco, con el que se forjó la
segunda de las armaduras.
La
cuarta armadura... su historia es muy distinta a cualquiera que se haya conocido.
Esta armadura se forjó a sí misma cuando fue tiempo de que apareciera. El
metal con el que está hecha es más noble que ninguno, capaz de mantenerse incólume
donde otros han sido vencidos, capaz de mantener su identidad
ante todo. El platino, metal de la fidelidad y la tenacidad, heroico,
fuerte... invencible.
Pero,
oh, dioses, ¿Qué hice yo al Destino para que me odiara tanto?
El metal de la tercera armadura llegó al mundo en un periodo de transformaciones... cuando se requería alguien que lo ayudara a cambiar de forma con rapidez. Ahí surgió; de las piedras rojizas que teñían los ríos con un color sangre: un metal raro, difícil de obtener, completamente distinto a todo lo que se hubiera visto antes.
Y, dioses, no es que sea ingrato. No es un metal malo, pero parece una burla de mí mismo. Como yo, flexible y maleable. Como yo, ligero, fino, ágil. Como yo, relacionado con el rayo. Como yo... débil.
¿Por qué, oh, dioses, justo a mí?
Podría aceptar una armadura de cobre, de esmeralda, incluso de plomo.
Pero, oh, dioses....
¿Una armadura de aluminio?

(Nota
del autor: Efectivamente, cuando el aluminio se descubrió era muy difícil de
obtener y se consideró más valioso que el oro... XDDDD)