DEMASIADO

por Lady Niké Olimpo

 

Pocas veces en su vida se había sentido tan vacío. Pensándolo bien, nunca antes se había sentido tan vacío, tan solo. Y a su lado tenía a 3 hombres con los que había compartido muchas horas, muchas alegrías y muchas batallas. Y sin embargo, el cuerpo inerte frente a él lo hacía sentirse solo.

Y culpable.

El destino, la suerte, Dios o quién fuera, había decidido que él iba a morir esa día, en esa batalla. Pero al menos iba a hacerlo por una buena causa. Para salvar el mundo.

Lo había sabido desde mucho antes que iniciara la batalla, y había marchado hacia ella con ese único objetivo en la mente. Morir. Sacrificarse. Cumplir con su destino.

Como siempre, como en cada batalla, él y sus 4 compañeros habían marchado a la batalla dispuestos a morir si era necesario. Si era necesario. Pero en esta última afrenta, el había marchado dispuesto, y seguro, de que iba a morir. Por que era necesario. Nunca pensó en confesarlo a sus amigos, esos 3 hombres a su lado, más el cuarto que yacía inerte frente a él. Si se los hubiera confesado, no lo hubieran dejado intentar cumplir con su destino. Se amaban demasiado unos a otros, después de tantos años, tantas alegrías, tantas lágrimas compartidas. Se amaban demasiado, él los amaba demasiado y por eso había estado determinado a morir. Sacrificarse por ellos. Por el mundo que amaban.

Y sin embargo, falló. Fracasó en la misión que se le había encomendado desde que nació. Y era otro el que había muerto. Y era su culpa.

Se amaban demasiado.

Y por esa maldita amistad no habían podido ayudarlo a cumplir su destino. No pudieron ayudarlo a salvarlos. Se rehusaron a matarlo para salvarse a sí mismos. ¡Maldito amor!

¿Y qué habían conseguido después de todo?. Dejar que Seiya muriera. Sus amigos habían permitido que muriera al no matarlo a él. Y él, al no morir como debió, lo había matado.

El sol brillaba sobre sus cabezas. El Santuario estaba casi en completo silencio. Su diosa,  a costa de su cuerpo mortal, los había salvado de la destrucción infernal y ahora estaban a salvo en el Santuario. Podía sentirla, despidiéndose, hasta la próxima Era Oscura. Pero extrañamente eso no le dolía. Sabía que había regresado a donde pertenecía y que estaría bien. Ella también los amaba.

Y miraba el cuerpo de su amigo en silencio. Y lloraba en silencio. Y gritaba en silencio.

La guerra había terminado. Habían alcanzado la victoria. El sol brillaba de nuevo y los hombres estaban a salvo. Pero no todos. Cerró los ojos, no para contener las lágrimas, sino para dejarlas fluir libremente.

Desgraciadamente no pesaba solo una vida sobre su conciencia. Sino trece en total. Trece vidas. Trece valiosos guerreros. Algunos nobles y valerosos, otros sabios y poderosos, incluso algunos pecadores redimidos. Todos muertos. Y era su culpa.

Escuchó una voz que lo llamaba. Supuso que era alguno de sus amigos, pero no podía decir de cuál. De todas formas no entendía claramente lo que le decía. Tampoco podía ver sus rostros. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero además su vista le fallaba. Siempre se sentía así después de una guerra santa. Y, esta en especial, lo había lastimado bastante. Olviden los rasguños, los golpes, la herida en el pecho que debió matarlo, la sangre derramada. Lo lastimaba más su fracaso, sus manos manchadas con la sangre de trece grandes guerreros. Le quemaban los ojos y la mente. Le quemaban el alma. Seguían llamándolo. Pero la voz se escuchaba tan lejos.

Su propósito en este mundo había sido uno y solo uno. Amar, y salvar a los que amaba. Amar este mundo. Amar a sus protegidos, los humanos. Amar a sus enemigos, incluso. Amar a sus amigos, a su diosa. Amar y morir. Sacrificarse. Morir amando.

Y fracasó. ¿Qué podía hacer ahora que había fallado? ¿Ahora que les había fallado a todos?

¿A sí mismo?

Ya no veía el cuerpo inerte de su amigo frente a él, ni sentía el aire en su rostro bañado de lágrimas. Ni siquiera sentía el aire en sus pulmones. Pero no le importaba mucho. Había cumplido con la primera parte de su propósito en la vida. Amaba intensamente a los que estaban a su lado, aunque ya no pudiera verlos. Sabía que también ellos lo amaban, porque  nadie puede amar intensamente sin despertar amor en los otros. Y cómo deseaba que no lo hubiesen amado tanto. Que le hubiesen facilitado morir. Ojalá no lo hubiesen amado.

Alguien lo había tomado por los hombros y lo sacudía, llamándolo. No podía verlo, no podía escucharlo. No podía respirar. Pero aún así supo que la persona que lo sacudía lo amaba. Tanto, que no había podido matarlo, aunque se lo suplicó. Ojalá no lo hubiese amado tanto. Alguien dijo algo sobre mucha sangre en el suelo, o algo así. Pensó que a lo mejor sus heridas habían empezado a cobrarse su vida, ahora que ya no estaban en ese infierno. Ahora que el Kamei ya no lo protegía. De haber sentido su cuerpo, hubiera sonreído con sarcasmo. Tal vez si iba a morir después de todo. Quizás no había cumplido su misión, y ahora el destino, o aquel que le encomendó su misión cuando nació, lo castigaba por haber fallado. Era el castigo que se merecía.

Moriría sin el honor del que muere en el campo de batalla. Moriría sin necesidad. Moriría y no salvaría a nadie. Pero sabía que estaba bien. Porque, aunque para aquellos que determinan el destino de los humanos, la muerte fuera el castigo que merecía, para él, la muerte era una bendición. Deseaba morir. Quería morir, para no ver las consecuencias de sus pecados. Quería morir y tener la oportunidad de pedir perdón a aquellos que habían muerto por su culpa. Decirles que los amaba, que lamentaba infinitamente haber fallado. Sonrió sin poder mover los labios. Al menos, moriría amando.

Repentinamente, sus sentidos se aclararon un poco. Pudo distinguir a sus amigos. Ikki sostenía su cabeza, llamándolo frenéticamente, con lágrimas en los ojos. Ni siquiera se había dado cuenta de que había caído al suelo. Hyoga estaba en cuclillas a su lado, parecía que lloraba. Un muchacho de largos cabellos oscuros estaba de pie al lado de Ikki, mirándolo con tristeza y lágrimas contenidas, y supuso que se trataba de Shiryu. Percibió el intenso sabor a sangre en su boca, el duro suelo bajo su cuerpo, y un súbito dolor en el pecho que sacudió su cuerpo en convulsión. Recordó que alguna vez había escuchado, que las personas moribundas recuperaban algo de fuerzas, justo antes de morir.

Miró las lágrimas en los ojos grises, los índigos y los azul cielo, y se mordió el labio. Ojalá no lo hubiesen amado tanto.

Los miró a todos, uno por uno, sonriendo con sus ojos, diciéndoles cuánto sentía haberles fallado. Haciéndoles saber que no era su culpa, sobretodo a Ikki. Que era el precio a pagar por haber fracasado como Andrómeda. Suplicándoles que lo dejaran ir, porque seguir viviendo sería morir en vida cada día. Diciéndoles cuánto los quería.

“Los quie...”

Sus ojos se nublaron y perdió los sentidos de nuevo. Pero alcanzó a escuchar la súplica de Hyoga para que no se fuera, el agradecimiento de Shiryu por haberlo conocido... y el beso fraternal de Ikki en su frente. Lentamente, y por sí solos, sus párpados cayeron.

La oscuridad lo rodeó, y dejó de sentir dolor. Dejó de sentir cualquier cosa. Una luz se vislumbraba a lo lejos aunque tenía los ojos cerrados y tenía la sensación de que estaba cayendo...

Quizás si las cosas hubieran sido diferentes... pero se habían amado demasiado.